Para Genoveva, porque te lo debía.
Para Maika, porque te lo prometí.
En septiembre pasado, Juan Carlos de Castro Font fue encontrado muerto en su apartamento de Miramar. La noticia se propagó de inmediato, más por la notoriedad que acompaña a su hermano ex senador que por la naturaleza del incidente. Aún así, los hechos se despacharon con rapidez, quizás porque el asunto se esclareció sin mayores dilaciones. El fenecido explicó sus razones para privarse de la vida en una extensa nota y la familia pidió distancia para sufrir en privado el dolor de la pérdida.
Hace apenas unos días, en medio de las euforias provocadas por nuevas reinas y alegados divorcios, la muerte de Jorge Steven López Mercado ocupó un pequeño espacio de la atención pública. El asesinato del joven es absolutamente espantoso por sus implicaciones. No se trata de un número más en la larga lista de crímenes violentos que, con pinta de récord Guiness, nos anotamos este año. Poco a poco, se desvela con timidez la posibilidad de que el muchacho haya sido víctima de un crimen de odio, desatado por una aparente transacción de compraventa sexual.
A ojos vistas, parecería que ambos casos no tienen un punto de comparación. En el primero, el suicida dejó claro que la pérdida irreparable de personas importantes en su vida le sumió en una profunda depresión. En el segundo, la investigación apenas comienza, aunque la Policía y el FBI se esfuerzan por esclarecer el crimen con prontitud. Sin embargo, aunque disímiles en apariencia, hay un denominador común para el manejo de ambos casos frente a la opinión pública: tanto Juan Carlos como Jorge Steven eran homosexuales, y la presentación de las notas relacionadas con estos hechos refleja un velado recelo, un temor subyacente que no deja de impresionar.
La nota publicada se pierde en una esquina del periódico. El reportaje se diluye entre noticias de inauguraciones de hoteles. Es como si existiera una consigna silenciosa: “de lejitos, si es posible”, o “mientras menos, mejor”. Pero lo que está a la vista no necesita espejuelos. Y no es que auspicie el regodeo morboso ante la muerte que contamina nuestros espacios mediáticos. En ambos casos, es preciso denunciar los hechos de forma contundente, para revelar el profundo significado que implican en nuestra experiencia vital.
Todavía, a estas alturas, hablar sobre lo que sienten y padecen los ciudadanos y ciudadanas que integran la comunidad GLBTT es jugarse una carta peligrosa. Existe el temor de que, por hablar del tema, seamos señalados/as, vejados/as, juzgados/as y castigados/as, por aquello del dime con quién andas y La Comay te arrancará el pellejo. De igual forma, la denuncia plantea el hecho de que, al reconocer las circunstancias de ambos, se toquen fibras profundas que disparan pestañeos rápidos, miradas esquivas y tics descontrolados en hombres y mujeres de todos los credos, partidos y opiniones.
De eso no se habla, punto. Mejor es mirar la cara hinchada de Miguel Cotto, que fue a por lana y salió trasquilado. Por supuesto, la estúpida derrota del macharrán es mucho más importante que a un maricón lo hayan decapitado, desmembrado, quemado y abandonado en un monte oscuro de Guavate. Total, como dijo el agente Ángel Rodríguez Colón a las cámaras de Univisión, “la gente que se mete a esto sabe que eso le puede pasar”. Claro, igualito que les pasa a las mujeres que se prostituyen o a los niños que coquetean con el glamour del punto. De esa vida licenciosa sólo se sale de dos formas: por suicidio o asesinato.
Reclamar sensibilidad ante estos temas probablemente tal vez sea un grito más que se pierde en el estruendo de la garata pública cotidiana. No obstante, cuando releo ambas notas, sé que no vale callarse: la muerte de Juan Carlos y Jorge Steven no debe quedar como una estadística más. Ambas situaciones, aún disímiles en apariencia, deben ser observadas con atención por el significado profundo que revelan en su fondo común. Porque si triste es reconocer la violencia que nos arropa, mucho peor es admitir que una persona ha perdido la vida, sin importar las circunstancias, sólo por no ser lo que los demás quieren. Por vivir de espaldas a la voluntad impuesta por senadores, tribunales e iglesias. Por no encajar en la campaña turística que propone un país de embuste. En fin, por ser único/a, distinto/a y diferente.
De cómo vivieron estos seres, y todos aquellos y aquellas que, como ellos y ellas, han recibido el estigma del rechazo, quizás no valga la pena reiterar. Juzgar si fueron perfectos o si decidieron mal en sus amores y dolores no nos toca. Pero su partida nos reclama alzar la voz a favor de la justicia, y enfocarnos en una misión social verdadera: educar, comprender, tolerar, reconocer, entender, aceptar y, sobre todo, convivir.
Pues, ea, que se diga, a viva voz, con ganas, con firmeza. Ellos, aún imperfectos y desatados, existieron junto a nosotros como seres humanos, iguales a ti, a mí, a ella, a él; a todos y todas. Habrán muerto, sí, quizás de la peor manera, y eso nos toca el alma. Pero si hablamos de ellos, aunque no nos guste como vivieran, permanecerán como ejemplo de lo que una sociedad sincera nunca debe permitir.