Ayer, en muchas casas, reviviendo el ritual institucionalizado por los peregrinos que conquistaron el territorio de Norteamérica, comimos pavos ajenos como si fueran nuestros. El atracón en memoria de aquella primera ceremonia de acción de gracias se multiplicó con generosidad, a pesar de lo mala que aparenta estar la situación económica. Por supuesto, las variantes criollas al menú desabrido del norte añaden calorías al festín de marras, como preámbulo a atracones de mayor envergadura durante las próximas ocho semanas.
Igualmente adoptado del ritual establecido por los mercaderes del norte, el famoso “viernes negro” es, sin dudas, la tradición más nefasta que hemos adquirido en los últimos años. No recuerdo exactamente cuándo fue que empezó este jaleo de copiar el estilo zonzo de los estadounidenses para emprender el sacrificio de un madrugón estúpido, un desenfreno bárbaro y una carrera alocada hacia las megatiendas. Al llamado de los especiales engañosos, y con la bonanza económica temporal de un bono que se esfuma más rápido de lo que llega, los consumidores pierden la chaveta de la peor manera.
Nunca, ni por equivocación, he caído en las redes de esa trampa funesta. He escuchado cuentos ajenos, cercanos y distantes, que parecen sacados de una historia de terror. Y cuando miro las reseñas mediáticas, cuyas fotos e imágenes capturan la locura desfasada de los boricuas –muchos de ellos todavía aletargados por la hartera de pavo— me quedo bruto.
Aún con todo lo que he sabido por relatos incontables, todavía dudaba que la entrega anual de la "venta del madrugador" sobrepasara los desmadres de años anteriores. Es que no, no es posible: el horno no está como para galletas y es necesario actuar con sensatez.
Entonces, al mirar las reseñas periodísticas, pensaba en las escenas de Blindness, la regia adaptación fílmica del “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, dirigida por Fernando Meirelles. Las imágenes destacadas en la primera plana de los telediarios retrataban un ambiente impresionante: la locura, el descontrol, la lucha cruel, la inhumanidad vívida, palpable, descabezada… La única diferencia es que, evidentemente, en esta versión boricua del filme, los personajes no luchaban por sobrevivir, sino por comprar. Como dementes.
Aún así, me resistí a creer lo visto, todavía pensando con la ingenuidad de aquellos indígenas que se acercaron al banquete aderezado por los mismos puritanos que luego les quitarían hasta las plumas. Pero cuando veo a una mujer preñada que salta sobre una valla para desafiar la autoridad policíaca, me digo: "¿Será posible que haya tanta gente idiota?"
Pues sí, al parecer. Porque no sólo es el salto de la preñada, sino el cuento de los espejuelos rotos, la historia de los zapatos perdidos, el relato de la señora diabética, la cuenta de varias personas arrestadas, el desenfado de los buscabullas, los hombres y mujeres trepados a los mostradores, marcando territorio… El escenario increíble de las filas eternas, los empujones insensatos, las amenazas fútiles, los policías ineptos… Y, al final, el resultado increíble: los carros repletos del botín anhelado: televisores LCD, juegos electrónicos, reproductores “blu-ray”, computadoras, “MP3 players”…
Todo ello captado por los lentes periodísticos, las cámaras televisivas, los micrófonos y los celulares, transmitido en directo como si fuera un evento digno de ser retratado. Bueno, sí, lo es: hay que captarlo para que nos veamos, como puros animales, corriendo hacia el matadero del consumismo como si no hubiera futuro. Locos y locas por adueñarnos del estado aparente de poderío económico, amasando aparatos en nuestras casas para insuflarnos de vanidad ante los vecinos celosos.
Ayer, tomados de la mano y con el Dios en la boca, agradecíamos por la vida, las bendiciones y la esperanza. Hoy, como gallinas sin cabeza y escupiendo maldiciones, corrimos hacia la estupidez, la vergüenza y la ignominia.
Y tengo que reírme, aunque no quiera, porque la ironía no tiene desperdicio: mientras escribo estas líneas, un altavoz impertinente interrumpe la quietud de la urbanización. El estruendo promueve más especiales para el fin de semana, porque la gran venta del madrugador no termina: los especiales se extienden hasta el domingo… De fondo, el pegajoso estribillo del éxito de Luis Enrique musicaliza la imprudente invitación a continuar la debacle iniciada esta madrugada, a son de una nefasta diana.
El ingenuo musicalizador del comercial ambulante no pudo escoger una pieza mejor: no más de recordar lo que vivimos ayer y mirar con incredulidad lo que fuimos capaces de hacer hoy… De verdad que no sé lo que pasará mañana.
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