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sábado, 5 de mayo de 2012

Pelea


Desde ahora se los digo: a mí no me vengan con santas peleas.

No me endilguen el cuentito de que el tal Cotto nos representa dignamente, poniendo el nombre de Puerto Rico en alto –eso lo hacen las misses; no se me confundan.  Tampoco me vengan con que ese boxeador viene de cuna humilde y nos sirve como ejemplo a la superación –yo también he sido pobre y nadie me hace recibimientos en el aeropuerto.

Cada vez que se acerca una de esas peleas, tengo que padecerlas con tristeza, como un terrible dolor de muelas.  Entre el descontrol que inicia en los supermercados, el humentín de las barbacoas y el gritoneo insufrible de los fanáticos, a los boricuas se les desborda la pasión al celebrar la proeza: esta noche, uno de los suyos se sube a un cuadrilátero para jartarse a pescozones con otro cristiano.  De inmediato se ponen creativos: sacan la televisión para la marquesina –otros, los más jodones, alquilan proyectores e improvisan un “drive-in”, proyectando las imágenes del “pay-per-view” sobre la pared de la casa.  Arman el griterío desde las seis de la tarde y, cinco horas después, están ajuma’os como el trapo ‘e la plancha y le aúllan a todo lo que se menea.  Peor aún, celebran como si el ganador (o el perdedor, quien también se mete su buena torta) les fuera a regalar parte del botín.

Sí, porque lo que se gana esa gente es, realmente, el resultado de un descarado atraco.  ¿Veintiséis millones pa’l que gana y catorce para el que pierde?  Si yo hubiera sabido que sólo necesitaba dominar el delicado arte del puño para ganarme la gloria eterna, el carro europeo y la casa de lujo, me habría ahorrado muchas pestañas quemadas.  Y hasta diría "haiga" como quien dice "buenas tardes".

Ya sé que me puedo buscar enemigos acérrimos al despotricar contra este evento que provoca titulares de periódicos y enviados especiales para una cobertura suspiro a suspiro.  La verdad, no me interesa: si el tal Cotto y su contrincante Flor de Mayo (o como se llame) se parten las almas en el ring, allá Marta con sus pollos.  No me interesa, punto.  No me importan los análisis de mis amigos –peor aún, ¡de mis amigas!—sobre quién debe o no ganar este “combate”.  Ahora bien, de todo ese mamarracho que coloca el puertorriqueñismo al mismo nivel de la estupidez, lo que más me indigna es la cantada del himno nacional.  ¿Qué es eso?

Acordarse del amor patrio –con mano en el pecho y todo—en pleno bullicio boxístico es absolutamente inaceptable.  ¿Quién me explica que, en medio de un evento rodeado de apuestas, licores, mujeres y bulla, se convoque a la tierra de Borinquen donde he nacido yo?   Si se tratara de una competencia olímpica, pues ahí más o menos lo enfrentamos, pero, ¿en una pelea arreglá por promotores, en Las Vegas del carajo, donde habrá más borrachos y locos que gente cuerda?  Por favor, quien se inventó ese embeleco debería sustituirlo por un espectáculo artístico menos oficial y más callejero.  Después de todo, la gente se comporta como si verdaderamente estuvieran mirando una trifulca desde la acera, sonsacando al Energúmeno Interior que les habita y olvidándose por completo de los buenos modales.

Hay que conformarse: ya la pelea es inevitable y los buenos boricuas beberán, comerán, gritarán y joderán a cuenta del santo matadero que disfrutarán como si se les fuera la vida en ello.  Ojalá que el tema no termine en un salpafuera de los de a de veras –de esos jelengues que se forman entre borrachos impropios, malos perdedores o una triste combinación de ambas circunstancias.  Confío en que mis vecinos bajen el tono y entiendan que a mí la dichosa pelea me importa un soberano carajo.  Como a ellos tampoco les importará que hoy sea cinco de mayo: apuesto a que, entre sangüichitos, chicharrones y costillitas, también se echarán sus fajitas, sus nachos y sus Coronas como si no más fueran oriundos de Cholula, estado de Puebla.  

Órale, güey.  Pa' que se te hinche el corazón no más.

lunes, 20 de julio de 2009

Saludos, saludos

No, no es que me adelante a las navidades: es que me anticipo a la gripe.

Para empezar, escribo con máscara. Yo no sé si el programa antivirus de la computadora será suficiente para protegerme. Me tildarán de exagerado, pero más vale cobarde vivo. Si antes le tenía terror a los estornudos en público, ahora ni me los quiero imaginar. Pero la penuria ha sido larga y difícil, porque esto de llevarse bien con una gripe insidiosa no es cáscara de coco.

En realidad exagero y con razón. Honro mi puertorriqueñismo diciendo que esto es el acabose, que aquí no nos salva ni el médico chino y que estamos a dos curvitas del Apocalipsis. Claro, hay que decretar así, con grandiosidad. No se puede dormir en las pajas diciendo que ésas son boberías, ni que el virusito ése se lo inventaron en un laboratorio para que una farmacéutica se forrara de chavos, no. Esto es castigo divino, punto y se acabó.

Según mi herencia boricua, también soy algo hipocondríaco. Y tan pronto como empezaron a sonar los tiros, me picó la garganta. Cuando prendí la televisión y vi la cara de mangó verde que traía el doctor Rullán en la conferencia de prensa, sentí el primer retortijón de tripas. Tres segundos más tarde repasé mi vida en las pasadas 48 horas. ¿Dónde estuve? ¿A quién toqué? ¿A quién besé? ¿En dónde pagué? ¿Qué hice con el cambio? ¿Me toqué la nariz? ¿Me comí las uñas? ¿Me rasqué la calva?

Aunque la piquiña resultó ser alergia y el malestar estomacal se me alivió con un palo de Pepto-Bismol, no bajé la guardia. Me raspé los tres noticieros principales y leí todas las páginas de la Internet con información local. Continué mi repaso minucioso de acciones y reacciones: ¿Con quién hablé? ¿Dónde me senté? ¿Quién se sentó antes que yo? ¿Qué hice cuando me paré? Entonces fue que descubrí mi pecado: saludé a alguien con besos y abrazos. Ahora sí: estoy jodido.

Ahí fue que empezaron a llegar los mensajes. De todas partes. Alguien escribió las “tablas de la ley” –en realidad, un e-mail de esos de cadena— y la regó como un estornudo. En el documento de marras, se explica con mocos, toses y otras señales el cómo, cuándo, dónde y por qué de esta gripe de los demonios.

Y ahí, justo en el punto número 8, se documenta mi desgracia:

P: ¿Cuál es la forma como entra el virus al cuerpo?
R: Por contacto al darse la mano o besarse en la mejilla y por la nariz, boca y ojos.


Tooooomaaaaaa, Jorgito. Bueno que te pase, por besucón. Es que nadie ha dicho que estar ahí pegado como lapa, demostrándole cariño a la gente, es una buena forma de demostrar la amistad. Aprende de los chinos: ellos no se saludan de mano. Se hacen reverencias de lejitos. Y podrán morir de cualquier otra cosa, menos de esta porquería. Por eso es que han tenido tiempo para fabricar tanta ropa, aparatos, utensilios. No andan por ahí embracetados como los boricuas, que hasta para el baño cargamos con la familia.

Entonces, que el espíritu de Bruce Lee te ampare de toda enfermedad, y practica el saludo saludo, vengo a saludal/como los chinitos/me voy a inclinal. Manita con manita y reverencia. No está nada mal; se ve distinguido, sobrio, hasta algo chic. Si Carla Bruni lo pusiera de moda y apareciera publicado en Hola o en Vanidades, de pronto las chicas culifruncidas que aparecen en las páginas sociales del periódico serían unas generalas de cinco estrellas. Y ni hablar de los caballeros: nada de apretones trogloditas ni ese nuevo esperpento de saludo-con-la-mano-derecha-abrazo-con-la-izquierda-y-chocamos-los hombros… ¿Qué reguero es ése? No no no, hay que imitar a los orientales: distancia y categoría.

Pero todavía no entiendo: si estoy así, de lo más precavido saludando en plan Dalai Lama, y de pronto me da por estornudar, ¿qué hago? ¿Continúo la reverencia con las manos en la cara? ¿Me volteo para el otro lado y salgo corriendo?

Ay no, esto es muy complicado. Mejor paso por antipático y le doy derecha a todo el que me quiera estrechar la mano. Total, ya mismo llegan los cuatro jinetes a repartir fuetazos y a empezar el juicio. No nos salva ni el cloro.

miércoles, 15 de julio de 2009

Desafiando a los genios

Ayer tenía cita con el cardiólogo. Si no me morí del infarto, es porque todavía no me toca.

Me refiero a la prueba:

MARTES, 1:45 p.m. – Con la certeza de que el consultorio del médico queda a escasos diez minutos de mi casa, salí a las dos menos cuarto. Pero cuál no sería mi sorpresa al encontrarme que, en el expreso, había un tapón de los veinte mil infiernos. Dos carriles atacuñados de carros que no se movían, y yo era el último en la cola (hasta que aparecieron 18 millones de automóviles detrás de mí).

Para adelantarme entre entre el tapón, hice más maromas que un cirquero: me metí por el paseo, cortándole a los 38 mil camiones que discurrían por el carril derecho. La amenaza de los drones anaranjados se hizo realidad a la altura del primer puente, así que tuve que meterme a la línea de tránsito tradicional a puros empujones. La señora de moño y espejuelos que igualmente se colaba a mi derecha, montada en un Toyota verde, me miraba con cara amenazante. Por supuesto, el cristal de su auto tenía una pegatina que la respaldaba: “CUIDADO: Este vehículo le pertenece a Cristo”. Y yo me encomendé a Moisés: dejé a la doña atrás cuando el mar Muerto de chatarra se abrió para cederle el paso a una ambulancia. Lero lero.

Media hora después, descubrí la causa. Unos eficientes empleados del Departamento de Transportación y Obras Públicas decidieron remover un pedacito de carretera que no cubría ni diez metros. Cuando pasé por el área cercada, sólo había dos personas trabajando, y una brigada de diez o doce observaba y chisteaba (para variar), sin importarles el maremágnum que se desataba a su alrededor. Admito que, al verlos, aplaudí con delirio: así se hacen las cosas en este país, con diligencia y buen sentido.

EL MISMO DÍA, 6:02 p.m. – Con la presión arterial en su sitio y buenas nuevas del médico, me senté a ver las noticias. El tema de las vistas de confirmación de Sonia Sotomayor al Tribunal Supremo de los Estados Unidos ya no era tan importante: ahora estamos de alarma por una muerte asociada al infame virus AH1N1. Las caras largas de los miembros del equipo de gobierno evidenciaban preocupación, y el Gobernador Fortuño anunciaba cifras que, de pronto, se convertían en una absoluta sorpresa. Casi 300 casos bajo sospecha, y 35 confirmados. El contagio se da ahora de persona a persona, lo que nos expone a todos y todas en cada renglón de la vida cotidiana.

De pronto, toooodo el mundo se acordó que existía la gripe de los demonios. Unas semanas antes, se había alborotado el gallinero por el primer –y al parecer, único—caso sospechoso; un hombre que había regresado de un viaje en crucero y que vive en Ponce. Recuerdo que, en esos días, me tocaba cita con la ortodoncista y, antes de pasar a la revisión, la amable muchacha me pidió que entrara al baño a desinfectarme. La paranoia colectiva arrasaba con todo lo que pudiera servir como germicida. Besar a un amigo/a era un intento de suicidio. Entrar a un baño público era un absoluto desafío a la sensatez.

¿Y qué pasó? Todo el mundo bajó la guardia. Verano pa’ quí, jaleo pa’llá, que la pelea de Cotto, que la noche de San Juan… ¿Y la gripe? Bien, gracias. Nos olvidamos del jelengue porque, en realidad, pasó a último plano. Y de pronto, el monstruo resucita, cobrando vidas como una seria amenaza. Al ver la noticia, vuelvo a aplaudir: de verdad que, cuando mi gente se quiere botar, se bota.

EL MISMO DÍA, 11:16 p.m. – Después de reirme un rato con el mano a mano entre Magdalena La Pelúa y Yolandita La Mala, reiteré el malsano placer de las noticias locales. Los refritos del principio no me perturbaron; ya sabía la historia de la gripe y toda la alarma. Entonces, anuncian las notas policíacas, y salto del asiento. Resulta que, a plena luz del día, un hombre con la sangre alcoholizada perdió el control de su vehículo y fue a parar al mismo medio de la laguna San José, en Condado. El individuo –a quien de seguro se le espantó la borrachera y, de paso, el ángel de la guarda—pudo salir ileso del percance aunque, según el reporte noticioso, “remover el vehículo del lugar del accidente no fue tarea fácil”.

Regreso al punto de partida, porque en algún sitio me perdí. Vamos a ver si entiendo: un hombre anda por la calle con 0.15 por ciento de alcohol en la sangre cuando los ciudadanos normales y corrientes estamos en las faenas del diario vivir. (O, como en mi caso, estamos atrapados en un tapón, tratando de llegar a la oficina del cardiólogo). Entonces, atontado por la embriaguez, le entra el espíritu de Acuamán y decide volar por encima del puente Dos Hermanos para lanzarse al agua en busca del galeón que ayudará a financiar los Juegos Centroamericanos. Es posible. ¿O sería que la juma le provocó tanto calor que, por sus pantalones, decidió zambullirse a nadar y, de paso, lavar la guagua?

No, no, si es que hasta me puse de pie para ovacionar la hazaña.

Al final del día comprendí una verdad extraordinaria: la genialidad boricua no tiene parangón. No hay quién nos ponga un pie al frente en eso de ser los mejores. Porque lo somos, en lo bueno. Y en lo malo, ni hablar. Cada día nos botamos más en eso de hacernos únicos, perfectos, insustituíbles.

El desafío, en todo caso, es adivinar qué ocurrirá mañana que sea más cabrón que lo que pasó ayer.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Después de la lluvia

Hace nueve días, la historia de muchos boricuas cambió para siempre. Inundados por las aguas inmisericordes del fenómeno atmosférico que se nos montó encima por más de cien horas, los perjudicados de este violento ataque de la naturaleza han sufrido el impacto físico, mental y emocional de una absoluta catástrofe. Además de perderse vidas, bienes y propiedades, ese monstruo cruel que destruyó carreteras, casas y siembras es ahora un fantasma horrendo que angustia cada noche a quienes han visto de cerca su cara. Por lo que he visto a través de los noticieros, imagino que no debe ser una sensación muy agradable.

Como siempre se repite por un profundo agradecimiento (o quizás una excesiva confianza), somos un país bendecido. En este caso, el comentario es aceptable: prácticamente no nos pasó nada en comparación con el impacto de otros fenómenos que sí nos han golpeado fuerte. Y ni hablar si intentamos compararnos ligeramente con la desgracia que todavía sufren los hermanos haitianos y dominicanos, cuya suerte cotidiana pende de la generosidad de quienes alivien su necesidad con algún donativo de lo que les sobra. A pesar de los daños sufridos aquí en el país, la generosa mano amiga de FEMA –menos dadivosa y más burocrática que antes—ya se extiende como un consuelo hacia los desafortunados. Aunque no sea la panacea, aliviará a quienes enfrentan el proceso de sobrevivir.

No obstante, lo que me ha dejado verdaderamente atónito es comprobar, con mis propios ojos, el “frenesí hasta el final” que proclamó ayer el periódico El Nuevo Día en su portada. En una foto que escribe volúmenes sobre la inexplicable conducta puertorriqueña, en una tienda de zapatos baratos, un grupo de consumidores danza como gallinas sin cabeza frente a un despliegue de mesas de especial, mientras un gran letrero “No Tax” se yergue sobre ellos como un blasón infame.

Hoy tuve que recoger unos medicamentos y no quedó más remedio que acudir a una de estas “mega tiendas” del país en compañía de mi mamá. Tras cumplir el encargo, siempre surge la necesidad del reabastecimiento doméstico, así que nos desplazamos por el local sin mucha prisa. Entonces, al pasar por el departamento de productos electrónicos, quedé bruto. Pensé que el cuento reseñado por el periódico de que una persona había comprado veinticinco televisores, gracias a la moratoria del impuesto de ventas, era una exageración. Pero la prueba estaba ante mí: los anaqueles estaban vacíos. Sólo quedaban algunas muestras de piso que, curiosamente, proyectaban un programa sobre la precaria vida de las focas en el Polo Norte a plazos incómodos.

¿Cómo es posible que mis hermanos y hermanas boricuas hayan sucumbido, otra vez, a la tentación del auto-engaño? ¿Cómo se explica que muchos se creyeran el estúpido ahorro del siete por ciento?

Para ambas preguntas, no tengo respuesta ni explicación. Sólo puedo concluir que las prioridades están un poco desubicadas. Y bravo por la diversidad. No todo el mundo puede practicar la mesura en estos tiempos de incertidumbre económica. Para que se proteja el folclor boricua, es imperativo que compremos lo que no necesitamos, sólo por la sensación de ahorro aunque sea, a simple vista, un engaño bochornoso. Se hace obligatorio mover la economía a son de tarjetazos, y acabar con los vistosos despliegues de chucherías porque para eso están, para adquirirlas. Aunque no sean de primera necesidad. Aunque no sea justo. Aunque sea un capricho.

Abrumado por la imagen, regresé a casa, tratando de recordar cuándo, en mi cuarentosa edad, había visto algo similar. Pero no pude. Entonces, quise pensar que habría ocurrido si, en lugar de estas lluvias torrenciales, hubiéramos recibido el impacto inmisericorde de un huracán de cuatro pares. Quise cerrar los ojos e imaginar, por un instante, la peor de las desgracias, recurriendo al recuerdo del huracán “Georges” en 1998. Cancelé todo sonido alrededor e intenté imaginar en que, de verdad, un descomunal esperpento nos había partido por el medio a fuerza de viento y agua. Que nos se habría espantado la bendición que muchos, por agradecimiento sincero o descarada confianza, proclaman cada vez que llaman a los programas de opinión por la radio. Y que, después de la lluvia, ahora nos quedaba la soledad, la miseria, la incertidumbre…

Es inútil. La cegadora luz del gigantesco televisor LCD en casa de mi vecino no me deja.