Desde ahora se los digo: a mí no me vengan
con santas peleas.
No me endilguen el cuentito de que el tal
Cotto nos representa dignamente, poniendo el nombre de Puerto Rico en alto –eso
lo hacen las misses; no se me confundan. Tampoco me vengan con que ese boxeador viene
de cuna humilde y nos sirve como ejemplo a la superación –yo también he sido pobre
y nadie me hace recibimientos en el aeropuerto.
Cada vez que se acerca una de esas peleas, tengo
que padecerlas con tristeza, como un terrible dolor de muelas. Entre el descontrol que inicia en los
supermercados, el humentín de las barbacoas y el gritoneo insufrible de los
fanáticos, a los boricuas se les desborda la pasión al celebrar la proeza: esta noche, uno de los suyos se sube a un cuadrilátero para jartarse a pescozones
con otro cristiano. De inmediato se
ponen creativos: sacan la televisión para la marquesina –otros, los más
jodones, alquilan proyectores e improvisan un “drive-in”, proyectando las imágenes
del “pay-per-view” sobre la pared de la casa.
Arman el griterío desde las seis de la tarde y, cinco horas después,
están ajuma’os como el trapo ‘e la plancha y le aúllan a todo lo que se
menea. Peor aún, celebran como si el
ganador (o el perdedor, quien también se mete su buena torta) les fuera a regalar
parte del botín.
Sí, porque lo que se gana esa gente es,
realmente, el resultado de un descarado atraco.
¿Veintiséis millones pa’l que gana y catorce para el que pierde? Si yo hubiera sabido que sólo necesitaba dominar el delicado arte del puño para ganarme la
gloria eterna, el carro europeo y la casa de lujo, me
habría ahorrado muchas pestañas quemadas. Y hasta diría "haiga" como quien dice "buenas tardes".
Ya sé que me puedo buscar enemigos acérrimos
al despotricar contra este evento que provoca titulares de periódicos y
enviados especiales para una cobertura suspiro a suspiro. La verdad, no me interesa: si el tal Cotto y
su contrincante Flor de Mayo (o como se llame) se parten las almas en el ring,
allá Marta con sus pollos. No me
interesa, punto. No me importan los
análisis de mis amigos –peor aún, ¡de mis amigas!—sobre quién debe o no ganar
este “combate”. Ahora bien, de todo ese
mamarracho que coloca el puertorriqueñismo al mismo nivel de la estupidez, lo
que más me indigna es la cantada del himno nacional. ¿Qué es eso?
Acordarse del amor patrio –con mano en el
pecho y todo—en pleno bullicio boxístico es absolutamente inaceptable. ¿Quién me explica que, en medio de un evento
rodeado de apuestas, licores, mujeres y bulla, se convoque a la tierra de Borinquen donde he nacido yo? Si se
tratara de una competencia olímpica, pues ahí más o menos lo enfrentamos, pero,
¿en una pelea arreglá por promotores, en Las Vegas del carajo, donde habrá más
borrachos y locos que gente cuerda? Por
favor, quien se inventó ese embeleco debería sustituirlo por un espectáculo
artístico menos oficial y más callejero. Después de todo, la gente se comporta como si verdaderamente estuvieran mirando una trifulca desde la acera, sonsacando al Energúmeno Interior que les habita y olvidándose por completo de los buenos modales.
Hay que conformarse: ya la pelea es
inevitable y los buenos boricuas beberán, comerán, gritarán y joderán a cuenta
del santo matadero que disfrutarán como si se les fuera la vida en ello. Ojalá que el tema no
termine en un salpafuera de los de a de veras –de esos jelengues que se forman entre borrachos impropios, malos
perdedores o una triste combinación de ambas circunstancias. Confío en que mis vecinos bajen el tono y
entiendan que a mí la dichosa pelea me importa un soberano carajo. Como a ellos tampoco les importará que hoy sea
cinco de mayo: apuesto a que, entre sangüichitos, chicharrones y costillitas, también se echarán sus fajitas, sus nachos y sus Coronas
como si no más fueran oriundos de Cholula, estado de Puebla.
Órale, güey. Pa' que se te hinche el corazón no más.