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lunes, 29 de septiembre de 2008

Después de la lluvia

Hace nueve días, la historia de muchos boricuas cambió para siempre. Inundados por las aguas inmisericordes del fenómeno atmosférico que se nos montó encima por más de cien horas, los perjudicados de este violento ataque de la naturaleza han sufrido el impacto físico, mental y emocional de una absoluta catástrofe. Además de perderse vidas, bienes y propiedades, ese monstruo cruel que destruyó carreteras, casas y siembras es ahora un fantasma horrendo que angustia cada noche a quienes han visto de cerca su cara. Por lo que he visto a través de los noticieros, imagino que no debe ser una sensación muy agradable.

Como siempre se repite por un profundo agradecimiento (o quizás una excesiva confianza), somos un país bendecido. En este caso, el comentario es aceptable: prácticamente no nos pasó nada en comparación con el impacto de otros fenómenos que sí nos han golpeado fuerte. Y ni hablar si intentamos compararnos ligeramente con la desgracia que todavía sufren los hermanos haitianos y dominicanos, cuya suerte cotidiana pende de la generosidad de quienes alivien su necesidad con algún donativo de lo que les sobra. A pesar de los daños sufridos aquí en el país, la generosa mano amiga de FEMA –menos dadivosa y más burocrática que antes—ya se extiende como un consuelo hacia los desafortunados. Aunque no sea la panacea, aliviará a quienes enfrentan el proceso de sobrevivir.

No obstante, lo que me ha dejado verdaderamente atónito es comprobar, con mis propios ojos, el “frenesí hasta el final” que proclamó ayer el periódico El Nuevo Día en su portada. En una foto que escribe volúmenes sobre la inexplicable conducta puertorriqueña, en una tienda de zapatos baratos, un grupo de consumidores danza como gallinas sin cabeza frente a un despliegue de mesas de especial, mientras un gran letrero “No Tax” se yergue sobre ellos como un blasón infame.

Hoy tuve que recoger unos medicamentos y no quedó más remedio que acudir a una de estas “mega tiendas” del país en compañía de mi mamá. Tras cumplir el encargo, siempre surge la necesidad del reabastecimiento doméstico, así que nos desplazamos por el local sin mucha prisa. Entonces, al pasar por el departamento de productos electrónicos, quedé bruto. Pensé que el cuento reseñado por el periódico de que una persona había comprado veinticinco televisores, gracias a la moratoria del impuesto de ventas, era una exageración. Pero la prueba estaba ante mí: los anaqueles estaban vacíos. Sólo quedaban algunas muestras de piso que, curiosamente, proyectaban un programa sobre la precaria vida de las focas en el Polo Norte a plazos incómodos.

¿Cómo es posible que mis hermanos y hermanas boricuas hayan sucumbido, otra vez, a la tentación del auto-engaño? ¿Cómo se explica que muchos se creyeran el estúpido ahorro del siete por ciento?

Para ambas preguntas, no tengo respuesta ni explicación. Sólo puedo concluir que las prioridades están un poco desubicadas. Y bravo por la diversidad. No todo el mundo puede practicar la mesura en estos tiempos de incertidumbre económica. Para que se proteja el folclor boricua, es imperativo que compremos lo que no necesitamos, sólo por la sensación de ahorro aunque sea, a simple vista, un engaño bochornoso. Se hace obligatorio mover la economía a son de tarjetazos, y acabar con los vistosos despliegues de chucherías porque para eso están, para adquirirlas. Aunque no sean de primera necesidad. Aunque no sea justo. Aunque sea un capricho.

Abrumado por la imagen, regresé a casa, tratando de recordar cuándo, en mi cuarentosa edad, había visto algo similar. Pero no pude. Entonces, quise pensar que habría ocurrido si, en lugar de estas lluvias torrenciales, hubiéramos recibido el impacto inmisericorde de un huracán de cuatro pares. Quise cerrar los ojos e imaginar, por un instante, la peor de las desgracias, recurriendo al recuerdo del huracán “Georges” en 1998. Cancelé todo sonido alrededor e intenté imaginar en que, de verdad, un descomunal esperpento nos había partido por el medio a fuerza de viento y agua. Que nos se habría espantado la bendición que muchos, por agradecimiento sincero o descarada confianza, proclaman cada vez que llaman a los programas de opinión por la radio. Y que, después de la lluvia, ahora nos quedaba la soledad, la miseria, la incertidumbre…

Es inútil. La cegadora luz del gigantesco televisor LCD en casa de mi vecino no me deja.