En mis tiempos, padecer el síndrome del culillo era un absoluto pecado. Cualquier exabrupto infantil como andar a saltos en una tienda, remenearse en un asiento durante una visita o hablar como lavandera sin tabaco en la escuela era resuelto de inmediato por los adultos encargados del menor culpable. Si se observaban con demasiada repetición –particularmente en lugares públicos o las famosas “casas ajenas”—tales comportamientos podían ser castigados con regaño, pela o ambas penas a discreción del tribunal (paterno).
Sin embargo, el terrible mal parece que se ha convertido en el comportamiento de rigor de muchos niños y jóvenes. No sé si se deba al exceso de combos con papas y refresco, las horas muertas frente a un videojuego o la sobreexposición a publicidad lumínica. Lo cierto es que, en tiempos de mi padre, este comportamiento descontrolado que exhiben las generaciones en desarrollo me rompe la cabeza. ¿Será posible que no se den cuenta de lo mucho que joroba la paciencia?
Nada más imagínese este cuadro: estamos a punto de presenciar el concierto de Gilberto Santa Rosa en el Centro de Bellas Artes de Santurce. Como adultos responsables, llegamos a tiempo, nos acomodamos en nuestros asientos numerados y conversamos socialmente hasta que el apagón general de la sala indica el comienzo del espectáculo. Hasta ahí todo marcha bien, excepto por las interrupciones provocadas por quienes, distraídos por la estúpida preocupación nacional sobre la pelea de Miguel Cotto, presumieron que la función comenzaría a las ocho de la noche.
Entre los que interrumpieron con su tardanza, llegó él. Apenas rozaba los veinte años, e iba vestido impecablemente con su uniforme de gala: camisa filoteada a fuerza de almidones impregnados por alguna abuela alcahueta, pantalones oscuros de mezclilla que intentan una imagen elegante, y una infame correa blanca combinada con unos horrendos zapatos de enfermero. Pero el problema del chamaco no es su atuendo; por favor, eso es lo de menos. Tan pronto el recién llegado ocupa el asiento a mi derecha, me somete a su extraño comportamiento que mi santa madre diagnosticaría de inmediato: hormigas en el fondillo.
A partir de ese momento, y por las próximas dos horas, mi atención oscila entre lo que ocurre en el escenario y una preocupación profunda: o este infeliz se metió algo antes de entrar o, por el amor de Cristo, nunca ha visto gente. El remeneo constante, los aplausos destemplados, las llamadas telefónicas en pleno concierto y los besuqueos impropios a la novia idiota que le ríe las gracias se convierten en espectáculo paralelo a la presentación del Caballero de la Salsa. Y estoy más que seguro que el muy necio ni cuenta se dio.
¿Cuándo fue que el culillo de antes se convirtió en un problema de ahora? Tan pronto como los especialistas en conducta determinaron calificarlo como “déficit de atención e hiperactividad”. Con permiso de los expertos en psicología, creo que este asunto tiene, además de un componente clínico innegable, un arraigo en la pérdida significativa de las buenas costumbres.
En mis tiempos, que no son tan remotos, al muchacho “desinquieto” o a la nena “presentá” no le dejaban pasar ni una. A la primera seña de indisciplina, el papá o la mamá le sonaban un pescozón para quitarle el “lucimiento”. Entonces, si te atacaba la angustia de sufrir el asiento durante una visita a los parientes de Morovis, o padecías de movimientos descontrolados durante el sermón del cura, acángana, te aplicaban la ley del cantazo. Cocotazos, pellizcos y otras torturas afines se administraban sin piedad, a veces delante de la gente, en otras después de la amenaza contundente: “Espera a que lleguemos a casa.” Y si ése era el caso, olvídate, que la sentencia era segura: no te escapabas de la mano firme que te enseñaba (de la peor manera) a comportarte como Dios manda.
Pero ahora todo se explica con el dichoso “ADD”. Por causa de este síndrome, el muchacho o la chica se regodea en su actitud chillin’, haciendo entradas triunfales con todos los ruidos imaginables, despachándose por los espacios comunes como si nadie existiera, concentrado en su mundillo tonto mientras hace lo que no debe donde no se puede. Y, oh mísero de ti si osaras llamarle la atención: te arriesgas al insulto, la burla o la desgracia, en el peor de los casos. Porque ellos y ellas son dueños del mundo, el suyo y el ajeno, pero si cruzas la línea e invades su espacio, podría ser una experiencia muy desagradable.
¿Y no se supone que las reglas de urbanidad se enseñen en el espacio formativo del hogar? ¿No es tarea de los padres y madres educar a sus hijos e hijas para que respeten las reglas mínimas de convivencia en sociedad?
Ni tengo idea. Sólo sé que el vecino de mi asiento en el teatro hizo de todo menos atender un espectáculo entretenido y bien presentado por causa de su culillo imprudente. Me imagino que, al culminar la noche, se colgaría la novia tonta del brazo con un guille brutal, cruzando la calle para buscar su carro nuevo, hablando por el celular con los panas, contándoles lo mucho que gozó en el concierto. De seguro, cruzaría la avenida como las reses porque la calle es suya, igual que todo el universo.
Mañana, es probable que la abuela alcahueta le planche otra camisa para que vaya a la escuela, a aprender de todo menos educación básica.