En estos días de “vacaciones”, es curioso recorrer las calles del pueblo donde me crié desde una perspectiva diferente. No es que me haya alejado demasiado tiempo, pero la prisa no me permite ver con detenimiento el entorno juanadino que ahora, con más calma, puedo disfrutar.
¿Disfrutar dije? No, la verdad es que no: desde que empecé a caminar por las calles de esta ciudad, haciendo mis gestiones cotidianas a pie para no gastar gasolina, he visto una revolución. De personas, de costumbres, de actitudes, de todo. Definitivamente, éste no es el pueblito donde crecí y estudié, sino un lugar que desconozco por completo.
Para empezar, la gente ha cambiado mucho. Cuando miro alrededor, sólo veo desconocidos que mi memoria no alcanza a descifrar. Tampoco es que tenga amnesia: puedo reconocer a alguno que otro juanadino. Pero la sensación que siento al mirarles es como si fueran partes de un rompecabezas que, luego de terminarlo, desarmé y guardé en la caja del olvido. Ahora, cuando intento recomponerlo, la verdad es que no podría; las piezas no corresponden a mis recuerdos. Veo rostros distintos, en su mayoría: caras densas, obtusas, marcadas por el tiempo inmisericorde. Por supuesto, tampoco soy un niño, pero tengo que admitir que, al recordarme rodeado de esas gentes lejanas, me repaso frente al espejo. ¿De verdad me veré así de matao?
También observo nuevas prácticas: hacer compras con el uniforme del trabajo parece ser una tendencia de moda muy común entre hombres y mujeres. Posiblemente, he visto más gente uniformada en los supermercados y en las tiendas que en sus puestos de trabajo. ¿Serán desempleados que no han perdido la costumbre de usar su ropa del diario o, por aquello de la crisis, han incorporado la vestimenta a las tácticas de mercadeo?
Entre recuerdos de gente que no conozco y personas uniformadas que cargan bolsas con papel de inodoro, lo mejor de todo ha sido encontrarme dentro de un “reality show” en plena fila del banco. En medio del circo folclórico que resulta ser la odiosa fila bancaria, nunca pensé que me encontraría frente a ellas, las “Real Housewives” juanadinas.
En mi mente, ellas son perfectas para el susodicho programa, y por razones muy sencillas: entre los dubis, las chanclas, las medias blancas y los tatuajes, son exquisitas y extraordinarias. Una –la llamaré “Mari”—viste de negro cerrado en un modelito informal, justo para el delicioso clima veraniego. Sin quitarse las inmensas gafas que gritan DOLCE & GABANNA desde cada una de sus patas, “Mari” atiende llamadas desde su BlackBerry con cierto desdén muy estudiado. La otra –llamémosle “Tuti”—acaba de llegar, a sólo treinta segundos del último “poof” de fijador sobre su extraordinaria melena pelirroja, perfectamente acicalada. “Tuti” rebusca en su enorme cartera (que, como las gafas de “Mari”, grita COACH COACH COACH a cuello pelao) y se ubica detrás de la doña con rolos y un bolso rebosante de jabones y toallas sanitarias. “Tuti” resopla y se indigna: de inmediato, otea el horizonte en busca de “La Chica” –léase, La Empleada Del Banco Que Es Mi Amiguita Y La Quiero Muchas Veces Cuando Hay Mucha Fila Para Que Me Cuele—para ver si puede librarse de la serpiente humana que llega a la puerta.
Pero el asunto no progresa: los empleados se tardan, la espera se alarga. Y yo observo.
Desde su puesto en la fila, “Mari” sigue atada a su poderoso celular 3G. Con sus uñas manicurísimas, roza la pantalla cuatro o cinco veces y gobierna a todos. Ordena colores para el gabinete nuevo, verifica que las ordenes hayan llegado, pelea con la “muchacha” –léase La Que Limpia En Casa Porque Yo Estoy Muy Ocupada—porque no ha levantado a los nenes y le instruye qué combinaciones de ropa deben vestir para cuando ella termine de hacer sus diligencias. El premio, por supuesto, será ir de “shopping”, a Plaza (Del Caribe; Las Américas requiere otra preparación minuciosa). Mientras tanto, “Tuti” conversa con “La Chica” –de hecho, así le llama: “Chica” pa’ aquí, “Chica” pa’ allá—y le cuenta vida y milagros de sus hazañas con el campamento de los nenes que la tienen loca... A todo esto, sacude su melena perfecta para deslumbrar a su estimada amiga, pero el ataque del pelo perfecto no le funciona: de pronto, la empleada bancaria sigue camino del almuerzo, y “Tuti” vuelve a su puesto, detrás de la señora con los rolos y las toallas Nosotras Plus.
Entonces, ¡oh sorpresa!: "Mari" y "Tuti" se descubren.
Nenaaaa, no te vi, miente la primera. Ni yo tampoco, miente la segunda. Ay qué bella, dice una. Vengo del biuti, responde la otra. Nena, estás flaca, insiste la primera. Con este ajoro, admite la segunda. Chica y qué haces por ahí, reclama la primera. Resolviendo los enredos de mi marido, se excusa la segunda. Y por ahí para abajo, sigue la perorata: las Real Housewives juanadinas alardean sus alegrías y sinsabores, sus desengaños y sus preocupaciones, delante de su audiencia cautiva. “Tuti”, por supuesto, se adelanta hasta el lugar de “Mari” en abierta bichería, dando pelo con la excusa de compartir las anécdotas universitarias de sus respectivas hijas “Lorraine” y “Stephanie” en una cháchara eterna de risotadas, en un idioma que sólo ellas entienden.
En eso, la cajera bancaria llama a “Mari” –gracias a Dios—y “Tuti” tiene que volver al sitio de origen, buscando en su cartera gritona un nuevo entretenimiento para su vida extraordinaria.
“Tuti” resopla, resignada, mientras “Mari” se despide de lejitos, igual que Lucé Vela en Día de Reyes. La cara de la doña con los rolos vale millones: ha presentido un intento de colarse que quedó en el olvido porque, como buena Real Housewife, la bicha ni siquiera se le acercó a la salida.
Entonces, cuando miro el televisor que nadie mira, me río solito. Ay Vigoreaux, qué bobo eres, pienso. Si pusieras una cámara en la fila, tremendo show que tendrías en BravoTV.