Espero que, when you receive this letter, estén bien de salud, going back to Bethlehem (o donde sea que ustedes viven) después de traernos muchos regalos.
Este año me sentía very, very happy porque nuestro Governor Fortuno había decidido que, in honor of you guys, otra vez haría un big party para traernos gifts and treats. El asunto parecía estar bien awesome: ellos prometieron regalos para todos los good boys and girls de Puerto Rico en tres specific places, San Juan, Yabucoa and Utuado.
No había que preocuparse: la Secretary of the Family había dicho que todo el mundo tendría sus gifts, so no será necesario que la gente would spend the night out in the cold para hacer la fila, risking their lives allá en la calle. Eso fue como un relief para todos: I remember cómo eran las cosas years before, en los años de Doña Sila y Don Aníbal. Aquello era un nightmare; había que irse hasta la Fortaleza Street en el Old San Juan y dormir allí en la dirty street toda la noche para entrar hasta la Governor’s House y que nos dieran unos gifts and candy ahí bien porquería.
Lo más mejor de todo era que tendríamos una White Christmas brutal, igual que en Plaza Las Américas. Yo pensé que a lo mejor sería Santa Claus el que nos traería ese special treat, pero no. Iban a ser ustedes and I know why: because ustedes son magicians y pueden hacer que, aún en esta tropical island of Puerto Rico que hace tanta calor, disfrutáramos de ese beautiful Winter scenery. Yo hasta me emocioné mucho, pensando cómo sería todo. Everything covered en blanco, just picture perfect (except for those jíbaros cantando lelolais or whatever, like I care, tan charros…)
It was going to be perfect, Reyes Magos. Hasta que lo dañaron todo. ¿Pero por qué? Why?
Yo no entiendo. Es como si never in the life hubieran visto these things, por favor. Como si nunca hubieran ido a Disney –como yo, que ya he ido con mis papás y mis abuelos seven times—o a los cruceros que son tan cool. Y claro, ahora están blaming al f-ing Government, pero es que son ellos: esas mujeres preñás de uñas largas who wonder around with those tight pants y esos dubis en la cabeza y esos hombres de cejas finitas, que siempre usan esas big t-shirts y esas gorras all twisted. Those awful people que viven por ahí en las barriadas que son los que siempre joden todo (Sorry por el francés, Magicians, pero I can’t say it other way).
A mí me da mucha pena with you guys. Después de ese very long, exhausting travel desde la India, que ustedes vienen con esos camels que están very hungry y comen yerba in every single house –aunque en casa no, porque nosotros les ponemos milk and cookies, como nos enseñó Titi Madrina when we spent Christmas at her big house in Orlando cuando yo era chiquito. It’s not fair que les pase esto, when all was going to be so happy. El Governor y su esposa y sus three kids no se merecían esto.
I am very sorry for what happened, de verdad. Si el año que viene you guys no vienen para acá, I don’t blame you at all: en este país it’s so difficult to live la vida cool que deberíamos tener, así con todo clean and beautiful and happy.
Anyway, thanks for reading this letter. Gracias y que tengan feliz Navidad.
Atentamente,
Bryan José*
PS Dice mi mamá que next year volvemos a la fila, a ver si finally cogemos una laptop.
*Nombre ficticio; no corresponde al del niño que aparece en la foto.
Foto: PRIMERA HORA/Teresa Canino
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jueves, 6 de enero de 2011
sábado, 3 de julio de 2010
Bochorno
El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere.
Albert Camus, La peste
Hace exactamente una semana, la llama olímpica de los Juegos Centroamericanos llegó a la isla, procedente de México. En esa soleada tarde, el gobernador Luis Fortuño acudió de buen talante, vestido de guayabera y en actitud patriótica. El Primer Ejecutivo desfiló por la pista del aeropuerto de Aguadilla acompañando a un joven vestido a la usanza de los sacerdotes de Teotihuacán (¿o sería un taíno?). Caminando con aire digno junto al Mister Universe indígena, Fortuño disimulaba malamente su vergüenza: o le incomodan los taparrabos o el folclor en exceso lo despeina.
En esa misma ceremonia, el Presidente del COPUR, David Bernier, se guilló de cheerleader al tomar los micrófonos para dirigirse a la audiencia. Acercándose ya la fecha del compromiso que le ha provocado tanta ilusión, el entusiasmo de Bernier era obvio y, a partir de él, lanzó una pregunta emocionada: “¿Cuántos de ustedes quieren escuchar La Borinqueña?” (en obvia referencia a nuestro himno nacional que, por si no se entera, todavía existe). “Eeeee”, le respondieron dos o tres gatos, con aplausos tímidos: he escuchado ovaciones más escandalosas en cumpleaños de nene chiquito.
Por un momento, creí que la gente no entendió la pregunta de Bernier. Entonces, me acordé: es que, sin alcohol ni navidades de por medio, a los boricuas nos abochorna ser puertorriqueños. De hecho, muchas veces he escuchado a gente de este país –incluso a gente amiga, muy patriota—que se revuelcan de vergüenza ajena cuando ven el exacerbado espíritu boricua desplegado en el Desfile Puertorriqueño. Para algunos, sacar una monoestrellada en público responde a varias razones: Ricky Martin está en concierto, los independentistas están en campaña, o eres un j*dío cocolo de los años ochenta.
Esa actitud de desarraigo patrio nos debería causar bochorno absoluto. A todos, y ahora más que nunca, después de las desgraciadas escenas que, frente al Capitolio boricua, nos muestran una pizca del enfrentamiento que muchas otras naciones viven a diario. Muy bien lo mencionó la relacionista profesional Jennifer Wolff en su columna de El Nuevo Día: la responsabilidad de estar al frente, en defensa de nuestro país, es compartida.
Pero no: esa responsabilidad salta por ahí como gallina sin cabeza y, lo que es peor, etiquetada por los viejos aprendizajes. Los que nos gobiernan andan por ahí abochornándose de sus propios compatriotas, a quienes hay que enseñarles a respetar a son de macanazos: de hecho, esos que nos aleccionan con firmeza son los “héroes”, dice el patético Roberto Arango (el hombre de la carta maravillosa).
Y, con todo e incidentes, nosotros nos reímos: por el happy hour en el Capitolio (¡palos gratis!) o por la pena de Maripily (tanta hambre en el mundo y botando el pepper steak). Pues claro, y yo lo hice, a carcajadas, como ocurre en cada desgracia nacional que manifiesta, de plano, el innegable ingenio boricua que llega con la rapidez del text message. Risueño y un tanto apático, observo con indignación de clóset las barbaridades cotidianas de nuestra folclórica islita, y sigo pa’lante con el resto del ganado, con los cristales cerrados y de lejitos. Es cierto que he gritado todas las malas palabras que me sé (y me he inventado) ante los desatinos de este gobierno tan absurdamente democrático, pero no he salido a marchas, ni he ido a escalinatas, ni he olido el gas pimienta. Pues, me acuso: soy cobarde. Me enseñaron a evitar, un verbo que mi madre aún repite, evocando a su vez el consejo de la madre que le enseñó a huir ante cualquier confrontación.
Por eso, leer una y otra vez la historia de Betty Peña y su hija Elisa Ramos me ha causado un profundo bochorno. Mientras yo miraba por la televisión el merecumbé como si fuera una película, ni imaginaba que eran ellas las protagonistas. Pero no me salvé de los golpes: esa mujer valiente me ha dado el pescozón de vergüenza más grande que he sentido en mi vida. Con su acción vertical y firme, ella hizo lo que muchos deberíamos: hacer coro ante la injusticia y entender que se amarra uno a la tierra que ama con su presencia contundente, frente a los que se enjuagan la boca con el padrenuestro de la democracia.
Dicen que "moro viejo, mal cristiano"; quizás ya no tenga remedio y siga, como buen cobarde, vivo y de lejos. Pero no me olvido de nombres ni de caras: las de Betty y Elisa, y muchas más, de hombres y mujeres que dan la cara sin bochorno alguno cuando se trata de alzar, con orgullo, esta bandera nuestra. Yo también tengo la mía y estoy empezando a izarla, poquito a poco, cada vez con menos vergüenza.
Lo siento, Mami: esta vez, no voy a evitarlo. Venga, Bernier, que yo empiezo el coro: "La tierra de Borinquen donde he nacido yo..."
Albert Camus, La peste
Hace exactamente una semana, la llama olímpica de los Juegos Centroamericanos llegó a la isla, procedente de México. En esa soleada tarde, el gobernador Luis Fortuño acudió de buen talante, vestido de guayabera y en actitud patriótica. El Primer Ejecutivo desfiló por la pista del aeropuerto de Aguadilla acompañando a un joven vestido a la usanza de los sacerdotes de Teotihuacán (¿o sería un taíno?). Caminando con aire digno junto al Mister Universe indígena, Fortuño disimulaba malamente su vergüenza: o le incomodan los taparrabos o el folclor en exceso lo despeina.
En esa misma ceremonia, el Presidente del COPUR, David Bernier, se guilló de cheerleader al tomar los micrófonos para dirigirse a la audiencia. Acercándose ya la fecha del compromiso que le ha provocado tanta ilusión, el entusiasmo de Bernier era obvio y, a partir de él, lanzó una pregunta emocionada: “¿Cuántos de ustedes quieren escuchar La Borinqueña?” (en obvia referencia a nuestro himno nacional que, por si no se entera, todavía existe). “Eeeee”, le respondieron dos o tres gatos, con aplausos tímidos: he escuchado ovaciones más escandalosas en cumpleaños de nene chiquito.
Por un momento, creí que la gente no entendió la pregunta de Bernier. Entonces, me acordé: es que, sin alcohol ni navidades de por medio, a los boricuas nos abochorna ser puertorriqueños. De hecho, muchas veces he escuchado a gente de este país –incluso a gente amiga, muy patriota—que se revuelcan de vergüenza ajena cuando ven el exacerbado espíritu boricua desplegado en el Desfile Puertorriqueño. Para algunos, sacar una monoestrellada en público responde a varias razones: Ricky Martin está en concierto, los independentistas están en campaña, o eres un j*dío cocolo de los años ochenta.
Esa actitud de desarraigo patrio nos debería causar bochorno absoluto. A todos, y ahora más que nunca, después de las desgraciadas escenas que, frente al Capitolio boricua, nos muestran una pizca del enfrentamiento que muchas otras naciones viven a diario. Muy bien lo mencionó la relacionista profesional Jennifer Wolff en su columna de El Nuevo Día: la responsabilidad de estar al frente, en defensa de nuestro país, es compartida.
Pero no: esa responsabilidad salta por ahí como gallina sin cabeza y, lo que es peor, etiquetada por los viejos aprendizajes. Los que nos gobiernan andan por ahí abochornándose de sus propios compatriotas, a quienes hay que enseñarles a respetar a son de macanazos: de hecho, esos que nos aleccionan con firmeza son los “héroes”, dice el patético Roberto Arango (el hombre de la carta maravillosa).
Y, con todo e incidentes, nosotros nos reímos: por el happy hour en el Capitolio (¡palos gratis!) o por la pena de Maripily (tanta hambre en el mundo y botando el pepper steak). Pues claro, y yo lo hice, a carcajadas, como ocurre en cada desgracia nacional que manifiesta, de plano, el innegable ingenio boricua que llega con la rapidez del text message. Risueño y un tanto apático, observo con indignación de clóset las barbaridades cotidianas de nuestra folclórica islita, y sigo pa’lante con el resto del ganado, con los cristales cerrados y de lejitos. Es cierto que he gritado todas las malas palabras que me sé (y me he inventado) ante los desatinos de este gobierno tan absurdamente democrático, pero no he salido a marchas, ni he ido a escalinatas, ni he olido el gas pimienta. Pues, me acuso: soy cobarde. Me enseñaron a evitar, un verbo que mi madre aún repite, evocando a su vez el consejo de la madre que le enseñó a huir ante cualquier confrontación.
Por eso, leer una y otra vez la historia de Betty Peña y su hija Elisa Ramos me ha causado un profundo bochorno. Mientras yo miraba por la televisión el merecumbé como si fuera una película, ni imaginaba que eran ellas las protagonistas. Pero no me salvé de los golpes: esa mujer valiente me ha dado el pescozón de vergüenza más grande que he sentido en mi vida. Con su acción vertical y firme, ella hizo lo que muchos deberíamos: hacer coro ante la injusticia y entender que se amarra uno a la tierra que ama con su presencia contundente, frente a los que se enjuagan la boca con el padrenuestro de la democracia.
Dicen que "moro viejo, mal cristiano"; quizás ya no tenga remedio y siga, como buen cobarde, vivo y de lejos. Pero no me olvido de nombres ni de caras: las de Betty y Elisa, y muchas más, de hombres y mujeres que dan la cara sin bochorno alguno cuando se trata de alzar, con orgullo, esta bandera nuestra. Yo también tengo la mía y estoy empezando a izarla, poquito a poco, cada vez con menos vergüenza.
Lo siento, Mami: esta vez, no voy a evitarlo. Venga, Bernier, que yo empiezo el coro: "La tierra de Borinquen donde he nacido yo..."
domingo, 18 de octubre de 2009
Respeto
“Men are respectable only as they respect.”
Ralph Waldo Emerson
En estos días, están de moda disidentes y simpatizantes. Por una parte, los que apoyan el movimiento civil en repudio a las acciones del gobierno de turno, celebran el triunfo de una masiva convocatoria a la marcha del pasado jueves. Por otra, los que defienden el comportamiento del Gobernador y su equipo de trabajo, obviamente continúan su esfuerzo de convencer al pueblo sobre la autenticidad de sus acciones.
Ubicarse a un lado o al otro es un ejercicio válido, fundamentado en la garantía constitucional de la libertad y (se supone que también) obligado por las convicciones profundas de una ciudadanía consciente. Por tanto, disentir o simpatizar, según el tema, debería hacerse en un marco de civilidad, gallardía e inteligencia, demostradas tanto en los hechos como en las palabras.
Eso ocurriría, claro está, en un mundo ideal, donde todos conociéramos y practicáramos constantemente el respeto hacia los valores más profundos de una sociedad completa. Sin embargo –y esto lo digo con sobrada lástima—en este país cada vez se nos hace más difícil inclinarnos hacia un lado o al otro de la balanza. No sé si es que la pasión se nos desborda al punto de la efervescencia ciega, o es que nos tiramos pa'l monte más rápido de lo que se supone: lo cierto es que, cuando observo y escucho comentarios de una y otra parte sobre aquel, éste o el otro asunto, me quedo tonto ante la evidente imposición del criterio que no ceja, la idea que se impone, la voluntad que no doblega.
No soy analista político ni me interesa. Sólo soy un ciudadano particular que, por razón de mi trabajo, estoy medianamente al tanto de los asuntos cotidianos. Pero hasta un ciego puede ver que, en los últimos tiempos, las acciones del gobierno actual se acercan a niveles insospechados de profunda estupidez. A lo mejor sus intenciones son tan ciertas como las letanías del desmadre: “es inevitable”, “es doloroso”, “es la medida para salvar al país del desastre”.
Tampoco soy disidente rabioso; no es mi estilo. Más que blanco o negro, paseo por el gris, quizás cómodo, tal vez seguro. Por eso, observar la disidencia me cautiva, al comprender que es el balance justo para contrarrestar la otra parte –generalmente arrolladora y hostil, aún en su discurso oficial. No obstante, me aterra pensar que los límites del ciudadano común –ora tirando huevos con mala puntería, ora diciendo palabrotas en espectáculos televisivos—haya cruzado líneas imborrables que desencajan por completo a la autoridad.
De ambos lados, no hay duda, se ha faltado el respeto.
Históricamente, los gobernantes –de todos los colores y partidos—se han despachado con la cuchara grande, atribuyéndose poderes que emborrachan y trastocando mandatos conferidos por el voto del pueblo. De igual forma, el pueblo se ha volcado muchas veces en contra del abuso de poder, con expresiones firmes de rechazo, amparados por la necesidad de comunicar su indignación. Pero aquí y ahora, los límites han llegado al punto del no regreso: los que mandan se imponen con mayor contundencia, y los que resisten ya no aguantan los golpes con actitud blandengue.
Así las cosas, tengo que decirlo, y sin rodeos. No me gusta la actitud prepotente del Gobernador Fortuño. Cada día me convence menos su imposición de criterios a fuerza de repetición vacía, intentando convencer al pueblo con verdades fofas e imbéciles. Tampoco celebro la hijeputada de René Pérez. La firme resistencia al mangoneo politiquero de rigor debe combatirse con armas mucho más contundentes que una mala palabra simpática, dicha al gallinero para buscar el aplauso.
Pero más que el malestar que me causan estos dos ejemplares, me preocupa la actitud colectiva, disidente o simpatizante de uno u otro bando. La hostilidad marcada, el insulto fácil, la descortesía burda, el desafío contumaz, todos trepan por las paredes de nuestra casa común, instalándose en esquinas amplias y oscuras, esperando atacar a la menor provocación. El niño reta a la madre con la mirada encendida, la señora acelera y habla sin que le importe torta, el policía amedrenta con multa y macanazo a la primera, la senadora se cuelga del tubo con la voluntad del pueblo. Mientras tanto otros y otras siguen abajo --por vejez, pobreza, sexualidad o mala suerte-- porque, cruz y raya, en este baile no les toca.
Las líneas que se rebasaron esta semana, de uno y otro lado, serán difíciles de restaurar. Los ejemplos representados por los líderes de opinión preocupan e incomodan. ¿Y qué hacemos entonces? Reclamar el respeto. Rescatarlo e implantarlo como norma, sin excepción, para todos y todas: los que gobiernan, los que resisten, los que opinan y los que observan.
Es lo único que nos queda. No lo perdamos.
Ralph Waldo Emerson
En estos días, están de moda disidentes y simpatizantes. Por una parte, los que apoyan el movimiento civil en repudio a las acciones del gobierno de turno, celebran el triunfo de una masiva convocatoria a la marcha del pasado jueves. Por otra, los que defienden el comportamiento del Gobernador y su equipo de trabajo, obviamente continúan su esfuerzo de convencer al pueblo sobre la autenticidad de sus acciones.
Ubicarse a un lado o al otro es un ejercicio válido, fundamentado en la garantía constitucional de la libertad y (se supone que también) obligado por las convicciones profundas de una ciudadanía consciente. Por tanto, disentir o simpatizar, según el tema, debería hacerse en un marco de civilidad, gallardía e inteligencia, demostradas tanto en los hechos como en las palabras.
Eso ocurriría, claro está, en un mundo ideal, donde todos conociéramos y practicáramos constantemente el respeto hacia los valores más profundos de una sociedad completa. Sin embargo –y esto lo digo con sobrada lástima—en este país cada vez se nos hace más difícil inclinarnos hacia un lado o al otro de la balanza. No sé si es que la pasión se nos desborda al punto de la efervescencia ciega, o es que nos tiramos pa'l monte más rápido de lo que se supone: lo cierto es que, cuando observo y escucho comentarios de una y otra parte sobre aquel, éste o el otro asunto, me quedo tonto ante la evidente imposición del criterio que no ceja, la idea que se impone, la voluntad que no doblega.
No soy analista político ni me interesa. Sólo soy un ciudadano particular que, por razón de mi trabajo, estoy medianamente al tanto de los asuntos cotidianos. Pero hasta un ciego puede ver que, en los últimos tiempos, las acciones del gobierno actual se acercan a niveles insospechados de profunda estupidez. A lo mejor sus intenciones son tan ciertas como las letanías del desmadre: “es inevitable”, “es doloroso”, “es la medida para salvar al país del desastre”.
Tampoco soy disidente rabioso; no es mi estilo. Más que blanco o negro, paseo por el gris, quizás cómodo, tal vez seguro. Por eso, observar la disidencia me cautiva, al comprender que es el balance justo para contrarrestar la otra parte –generalmente arrolladora y hostil, aún en su discurso oficial. No obstante, me aterra pensar que los límites del ciudadano común –ora tirando huevos con mala puntería, ora diciendo palabrotas en espectáculos televisivos—haya cruzado líneas imborrables que desencajan por completo a la autoridad.
De ambos lados, no hay duda, se ha faltado el respeto.
Históricamente, los gobernantes –de todos los colores y partidos—se han despachado con la cuchara grande, atribuyéndose poderes que emborrachan y trastocando mandatos conferidos por el voto del pueblo. De igual forma, el pueblo se ha volcado muchas veces en contra del abuso de poder, con expresiones firmes de rechazo, amparados por la necesidad de comunicar su indignación. Pero aquí y ahora, los límites han llegado al punto del no regreso: los que mandan se imponen con mayor contundencia, y los que resisten ya no aguantan los golpes con actitud blandengue.
Así las cosas, tengo que decirlo, y sin rodeos. No me gusta la actitud prepotente del Gobernador Fortuño. Cada día me convence menos su imposición de criterios a fuerza de repetición vacía, intentando convencer al pueblo con verdades fofas e imbéciles. Tampoco celebro la hijeputada de René Pérez. La firme resistencia al mangoneo politiquero de rigor debe combatirse con armas mucho más contundentes que una mala palabra simpática, dicha al gallinero para buscar el aplauso.
Pero más que el malestar que me causan estos dos ejemplares, me preocupa la actitud colectiva, disidente o simpatizante de uno u otro bando. La hostilidad marcada, el insulto fácil, la descortesía burda, el desafío contumaz, todos trepan por las paredes de nuestra casa común, instalándose en esquinas amplias y oscuras, esperando atacar a la menor provocación. El niño reta a la madre con la mirada encendida, la señora acelera y habla sin que le importe torta, el policía amedrenta con multa y macanazo a la primera, la senadora se cuelga del tubo con la voluntad del pueblo. Mientras tanto otros y otras siguen abajo --por vejez, pobreza, sexualidad o mala suerte-- porque, cruz y raya, en este baile no les toca.
Las líneas que se rebasaron esta semana, de uno y otro lado, serán difíciles de restaurar. Los ejemplos representados por los líderes de opinión preocupan e incomodan. ¿Y qué hacemos entonces? Reclamar el respeto. Rescatarlo e implantarlo como norma, sin excepción, para todos y todas: los que gobiernan, los que resisten, los que opinan y los que observan.
Es lo único que nos queda. No lo perdamos.
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Gobernador Fortuño,
René Pérez,
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