El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere.
Albert Camus, La peste
Hace exactamente una semana, la llama olímpica de los Juegos Centroamericanos llegó a la isla, procedente de México. En esa soleada tarde, el gobernador Luis Fortuño acudió de buen talante, vestido de guayabera y en actitud patriótica. El Primer Ejecutivo desfiló por la pista del aeropuerto de Aguadilla acompañando a un joven vestido a la usanza de los sacerdotes de Teotihuacán (¿o sería un taíno?). Caminando con aire digno junto al Mister Universe indígena, Fortuño disimulaba malamente su vergüenza: o le incomodan los taparrabos o el folclor en exceso lo despeina.
En esa misma ceremonia, el Presidente del COPUR, David Bernier, se guilló de cheerleader al tomar los micrófonos para dirigirse a la audiencia. Acercándose ya la fecha del compromiso que le ha provocado tanta ilusión, el entusiasmo de Bernier era obvio y, a partir de él, lanzó una pregunta emocionada: “¿Cuántos de ustedes quieren escuchar La Borinqueña?” (en obvia referencia a nuestro himno nacional que, por si no se entera, todavía existe). “Eeeee”, le respondieron dos o tres gatos, con aplausos tímidos: he escuchado ovaciones más escandalosas en cumpleaños de nene chiquito.
Por un momento, creí que la gente no entendió la pregunta de Bernier. Entonces, me acordé: es que, sin alcohol ni navidades de por medio, a los boricuas nos abochorna ser puertorriqueños. De hecho, muchas veces he escuchado a gente de este país –incluso a gente amiga, muy patriota—que se revuelcan de vergüenza ajena cuando ven el exacerbado espíritu boricua desplegado en el Desfile Puertorriqueño. Para algunos, sacar una monoestrellada en público responde a varias razones: Ricky Martin está en concierto, los independentistas están en campaña, o eres un j*dío cocolo de los años ochenta.
Esa actitud de desarraigo patrio nos debería causar bochorno absoluto. A todos, y ahora más que nunca, después de las desgraciadas escenas que, frente al Capitolio boricua, nos muestran una pizca del enfrentamiento que muchas otras naciones viven a diario. Muy bien lo mencionó la relacionista profesional Jennifer Wolff en su columna de El Nuevo Día: la responsabilidad de estar al frente, en defensa de nuestro país, es compartida.
Pero no: esa responsabilidad salta por ahí como gallina sin cabeza y, lo que es peor, etiquetada por los viejos aprendizajes. Los que nos gobiernan andan por ahí abochornándose de sus propios compatriotas, a quienes hay que enseñarles a respetar a son de macanazos: de hecho, esos que nos aleccionan con firmeza son los “héroes”, dice el patético Roberto Arango (el hombre de la carta maravillosa).
Y, con todo e incidentes, nosotros nos reímos: por el happy hour en el Capitolio (¡palos gratis!) o por la pena de Maripily (tanta hambre en el mundo y botando el pepper steak). Pues claro, y yo lo hice, a carcajadas, como ocurre en cada desgracia nacional que manifiesta, de plano, el innegable ingenio boricua que llega con la rapidez del text message. Risueño y un tanto apático, observo con indignación de clóset las barbaridades cotidianas de nuestra folclórica islita, y sigo pa’lante con el resto del ganado, con los cristales cerrados y de lejitos. Es cierto que he gritado todas las malas palabras que me sé (y me he inventado) ante los desatinos de este gobierno tan absurdamente democrático, pero no he salido a marchas, ni he ido a escalinatas, ni he olido el gas pimienta. Pues, me acuso: soy cobarde. Me enseñaron a evitar, un verbo que mi madre aún repite, evocando a su vez el consejo de la madre que le enseñó a huir ante cualquier confrontación.
Por eso, leer una y otra vez la historia de Betty Peña y su hija Elisa Ramos me ha causado un profundo bochorno. Mientras yo miraba por la televisión el merecumbé como si fuera una película, ni imaginaba que eran ellas las protagonistas. Pero no me salvé de los golpes: esa mujer valiente me ha dado el pescozón de vergüenza más grande que he sentido en mi vida. Con su acción vertical y firme, ella hizo lo que muchos deberíamos: hacer coro ante la injusticia y entender que se amarra uno a la tierra que ama con su presencia contundente, frente a los que se enjuagan la boca con el padrenuestro de la democracia.
Dicen que "moro viejo, mal cristiano"; quizás ya no tenga remedio y siga, como buen cobarde, vivo y de lejos. Pero no me olvido de nombres ni de caras: las de Betty y Elisa, y muchas más, de hombres y mujeres que dan la cara sin bochorno alguno cuando se trata de alzar, con orgullo, esta bandera nuestra. Yo también tengo la mía y estoy empezando a izarla, poquito a poco, cada vez con menos vergüenza.
Lo siento, Mami: esta vez, no voy a evitarlo. Venga, Bernier, que yo empiezo el coro: "La tierra de Borinquen donde he nacido yo..."
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sábado, 3 de julio de 2010
domingo, 2 de noviembre de 2008
Ninguno
Esta semana, el ejercicio de mi columna cibernética responde a un encargo particular de mi mamá. Ella me ha pedido que reaccione, en nombre de nuestra familia, a una serie de incidentes en los que mi hermano Carlos (mejor conocido como “Kit Carson”) estuvo involucrado y que se relacionan de forma directa con la campaña política. No puedo desatender el pedido de Mami, porque obedece al deseo sincero de aclarar nuestra postura con relación a este tema que, les prometo, no volveré a tocar.
Hace unos días, alegadamente, alguna persona del Partido Popular se dirigió a mi hermano con epítetos denigrantes, llamándole “anormal” (o algo así, según lo que he escuchado). Tal como suele ocurrir en los infiernos grandes, la noticia se corrió como la pólvora y, ya convertida en chisme, estaba en boca de todos. Cuando me enteré, la situación había trascendido al punto de haberse discutido en foros públicos, incluyendo programas radiales de gran audiencia.
Como no estaba aquí, no puedo señalar a nadie, aunque más de una persona se nos haya acercado para comentar (más bien, curiosear) sobre el infortunado suceso.
Sin embargo, lo que sí sé es que, luego de este asunto, algunos líderes del Partido Nuevo decidieron asumir una postura de “reivindicación” para con mi hermano, zarandeándolo como estandarte de las injusticias alegadamente cometidas por el candidato que busca la reelección. La aspirante a la alcaldía por los azules habló con mi madre para “contarle” las gestiones que había realizado –sin permiso alguno—para denunciar públicamente el alegado atropello contra mi hermano, montada en su alegado interés por ayudar a las personas con “necesidades especiales”.
Ese asunto me consta. He visto fotografías en las que mi hermano, rodeado del alto liderato municipal del partido azul, aparece con su típica sonrisa ausente, protagonizando un evento que, para su limitado razonamiento, es una corona de gloria.
Admito que el incidente me ha provocado repulsión. Si es cierto que el candidato rojo se expresó de forma denigrante, ya sea contra Carlos o cualquier persona que tenga un impedimento físico o mental, se trata de un ataque bajo, sucio e imperdonable. Pero igualmente es reprochable que, a fin de ganar simpatías, la candidata azul se aproveche de la circunstancia para crear un evento mediático que opere en su favor, sobre todo sin contar con la aprobación de mi madre, quien funge como tutora legal de todos los asuntos relacionados con mi hermano.
Además de repulsión, el tema me produce una gran tristeza. No por mí, ni por mi familia, ni mucho menos por Carlos, sino por lo que refleja este desgraciado incidente. En principio, es lamentable que, en aras de la lucha política, algunas personas se disparen maromas imbéciles con las que intentan disimular su ansiedad de poder. Me amarga la boca saber que la contienda política nacional se ejecute de una manera tan insulsa, vana y estúpida. También me incomoda saber que compañeros de los medios de comunicación, colegas de la profesión que ejerzo hace más de dos décadas, han repetido este chisme sin acercarse a los involucrados, obviando toda consideración a la ética periodística. Si esto nos ocurre a nosotros, ¿qué pasará con quienes no tienen la oportunidad de defenderse?
Sé que muchas personas admiran a Kit Carson por su talento como líder cívico y su desempeño a través de los medios de comunicación. No obstante, a pesar de sus indudables logros, en situaciones como ésta Carlos reacciona como un niño inocente. Su entendimiento no le da para comprender la seriedad de ciertos asuntos, ni se percata de que es utilizado para adelantar causas que a él no le competen. Como familia, nunca hemos detenido su desarrollo, aunque le hayamos advertido muchas veces que evite vínculos con la política, porque no creemos en la militancia activa ni mucho menos en seguir insignias o colores.
Por eso, no soy quien para intervenir con las decisiones de Carlos. A pesar de su condición, él ejerce su propio criterio para vivir como mejor le parece. Ha escogido una vida pública con la que pretende lograr un reconocimiento a su superación que, sin lugar a dudas, es motivo de esperanza para muchas personas, y de orgullo para nosotros. Sin embargo, esa determinación tiene otra consecuencia: el sufrimiento que toda mi familia enfrenta cada vez que sufre una decepción pública. Porque son muchas, muchas las veces que quienes han vitoreado a Kit Carson como un héroe, luego lo echan a un lado y lo denigran cuando no les sirve de nada. Así lo han hecho, a través del tiempo, los rojos y los azules, sin excepción.
Lo que sí puedo controlar es mi opinión sobre este asunto, y ejercer mi derecho al voto conforme a la sensación que me provoca este incidente. Así escogeré, según mi conciencia, al candidato o candidata que mejor represente la verdadera esperanza para el futuro de nuestro país.
El problema es que, hasta ahora, ninguno vale la pena.
Hace unos días, alegadamente, alguna persona del Partido Popular se dirigió a mi hermano con epítetos denigrantes, llamándole “anormal” (o algo así, según lo que he escuchado). Tal como suele ocurrir en los infiernos grandes, la noticia se corrió como la pólvora y, ya convertida en chisme, estaba en boca de todos. Cuando me enteré, la situación había trascendido al punto de haberse discutido en foros públicos, incluyendo programas radiales de gran audiencia.
Como no estaba aquí, no puedo señalar a nadie, aunque más de una persona se nos haya acercado para comentar (más bien, curiosear) sobre el infortunado suceso.
Sin embargo, lo que sí sé es que, luego de este asunto, algunos líderes del Partido Nuevo decidieron asumir una postura de “reivindicación” para con mi hermano, zarandeándolo como estandarte de las injusticias alegadamente cometidas por el candidato que busca la reelección. La aspirante a la alcaldía por los azules habló con mi madre para “contarle” las gestiones que había realizado –sin permiso alguno—para denunciar públicamente el alegado atropello contra mi hermano, montada en su alegado interés por ayudar a las personas con “necesidades especiales”.
Ese asunto me consta. He visto fotografías en las que mi hermano, rodeado del alto liderato municipal del partido azul, aparece con su típica sonrisa ausente, protagonizando un evento que, para su limitado razonamiento, es una corona de gloria.
Admito que el incidente me ha provocado repulsión. Si es cierto que el candidato rojo se expresó de forma denigrante, ya sea contra Carlos o cualquier persona que tenga un impedimento físico o mental, se trata de un ataque bajo, sucio e imperdonable. Pero igualmente es reprochable que, a fin de ganar simpatías, la candidata azul se aproveche de la circunstancia para crear un evento mediático que opere en su favor, sobre todo sin contar con la aprobación de mi madre, quien funge como tutora legal de todos los asuntos relacionados con mi hermano.
Además de repulsión, el tema me produce una gran tristeza. No por mí, ni por mi familia, ni mucho menos por Carlos, sino por lo que refleja este desgraciado incidente. En principio, es lamentable que, en aras de la lucha política, algunas personas se disparen maromas imbéciles con las que intentan disimular su ansiedad de poder. Me amarga la boca saber que la contienda política nacional se ejecute de una manera tan insulsa, vana y estúpida. También me incomoda saber que compañeros de los medios de comunicación, colegas de la profesión que ejerzo hace más de dos décadas, han repetido este chisme sin acercarse a los involucrados, obviando toda consideración a la ética periodística. Si esto nos ocurre a nosotros, ¿qué pasará con quienes no tienen la oportunidad de defenderse?
Sé que muchas personas admiran a Kit Carson por su talento como líder cívico y su desempeño a través de los medios de comunicación. No obstante, a pesar de sus indudables logros, en situaciones como ésta Carlos reacciona como un niño inocente. Su entendimiento no le da para comprender la seriedad de ciertos asuntos, ni se percata de que es utilizado para adelantar causas que a él no le competen. Como familia, nunca hemos detenido su desarrollo, aunque le hayamos advertido muchas veces que evite vínculos con la política, porque no creemos en la militancia activa ni mucho menos en seguir insignias o colores.
Por eso, no soy quien para intervenir con las decisiones de Carlos. A pesar de su condición, él ejerce su propio criterio para vivir como mejor le parece. Ha escogido una vida pública con la que pretende lograr un reconocimiento a su superación que, sin lugar a dudas, es motivo de esperanza para muchas personas, y de orgullo para nosotros. Sin embargo, esa determinación tiene otra consecuencia: el sufrimiento que toda mi familia enfrenta cada vez que sufre una decepción pública. Porque son muchas, muchas las veces que quienes han vitoreado a Kit Carson como un héroe, luego lo echan a un lado y lo denigran cuando no les sirve de nada. Así lo han hecho, a través del tiempo, los rojos y los azules, sin excepción.
Lo que sí puedo controlar es mi opinión sobre este asunto, y ejercer mi derecho al voto conforme a la sensación que me provoca este incidente. Así escogeré, según mi conciencia, al candidato o candidata que mejor represente la verdadera esperanza para el futuro de nuestro país.
El problema es que, hasta ahora, ninguno vale la pena.
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elecciones,
incidente político,
Kit Carson,
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