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domingo, 2 de noviembre de 2008

Ninguno

Esta semana, el ejercicio de mi columna cibernética responde a un encargo particular de mi mamá. Ella me ha pedido que reaccione, en nombre de nuestra familia, a una serie de incidentes en los que mi hermano Carlos (mejor conocido como “Kit Carson”) estuvo involucrado y que se relacionan de forma directa con la campaña política. No puedo desatender el pedido de Mami, porque obedece al deseo sincero de aclarar nuestra postura con relación a este tema que, les prometo, no volveré a tocar.

Hace unos días, alegadamente, alguna persona del Partido Popular se dirigió a mi hermano con epítetos denigrantes, llamándole “anormal” (o algo así, según lo que he escuchado). Tal como suele ocurrir en los infiernos grandes, la noticia se corrió como la pólvora y, ya convertida en chisme, estaba en boca de todos. Cuando me enteré, la situación había trascendido al punto de haberse discutido en foros públicos, incluyendo programas radiales de gran audiencia.

Como no estaba aquí, no puedo señalar a nadie, aunque más de una persona se nos haya acercado para comentar (más bien, curiosear) sobre el infortunado suceso.

Sin embargo, lo que sí sé es que, luego de este asunto, algunos líderes del Partido Nuevo decidieron asumir una postura de “reivindicación” para con mi hermano, zarandeándolo como estandarte de las injusticias alegadamente cometidas por el candidato que busca la reelección. La aspirante a la alcaldía por los azules habló con mi madre para “contarle” las gestiones que había realizado –sin permiso alguno—para denunciar públicamente el alegado atropello contra mi hermano, montada en su alegado interés por ayudar a las personas con “necesidades especiales”.

Ese asunto me consta. He visto fotografías en las que mi hermano, rodeado del alto liderato municipal del partido azul, aparece con su típica sonrisa ausente, protagonizando un evento que, para su limitado razonamiento, es una corona de gloria.

Admito que el incidente me ha provocado repulsión. Si es cierto que el candidato rojo se expresó de forma denigrante, ya sea contra Carlos o cualquier persona que tenga un impedimento físico o mental, se trata de un ataque bajo, sucio e imperdonable. Pero igualmente es reprochable que, a fin de ganar simpatías, la candidata azul se aproveche de la circunstancia para crear un evento mediático que opere en su favor, sobre todo sin contar con la aprobación de mi madre, quien funge como tutora legal de todos los asuntos relacionados con mi hermano.

Además de repulsión, el tema me produce una gran tristeza. No por mí, ni por mi familia, ni mucho menos por Carlos, sino por lo que refleja este desgraciado incidente. En principio, es lamentable que, en aras de la lucha política, algunas personas se disparen maromas imbéciles con las que intentan disimular su ansiedad de poder. Me amarga la boca saber que la contienda política nacional se ejecute de una manera tan insulsa, vana y estúpida. También me incomoda saber que compañeros de los medios de comunicación, colegas de la profesión que ejerzo hace más de dos décadas, han repetido este chisme sin acercarse a los involucrados, obviando toda consideración a la ética periodística. Si esto nos ocurre a nosotros, ¿qué pasará con quienes no tienen la oportunidad de defenderse?

Sé que muchas personas admiran a Kit Carson por su talento como líder cívico y su desempeño a través de los medios de comunicación. No obstante, a pesar de sus indudables logros, en situaciones como ésta Carlos reacciona como un niño inocente. Su entendimiento no le da para comprender la seriedad de ciertos asuntos, ni se percata de que es utilizado para adelantar causas que a él no le competen. Como familia, nunca hemos detenido su desarrollo, aunque le hayamos advertido muchas veces que evite vínculos con la política, porque no creemos en la militancia activa ni mucho menos en seguir insignias o colores.

Por eso, no soy quien para intervenir con las decisiones de Carlos. A pesar de su condición, él ejerce su propio criterio para vivir como mejor le parece. Ha escogido una vida pública con la que pretende lograr un reconocimiento a su superación que, sin lugar a dudas, es motivo de esperanza para muchas personas, y de orgullo para nosotros. Sin embargo, esa determinación tiene otra consecuencia: el sufrimiento que toda mi familia enfrenta cada vez que sufre una decepción pública. Porque son muchas, muchas las veces que quienes han vitoreado a Kit Carson como un héroe, luego lo echan a un lado y lo denigran cuando no les sirve de nada. Así lo han hecho, a través del tiempo, los rojos y los azules, sin excepción.

Lo que sí puedo controlar es mi opinión sobre este asunto, y ejercer mi derecho al voto conforme a la sensación que me provoca este incidente. Así escogeré, según mi conciencia, al candidato o candidata que mejor represente la verdadera esperanza para el futuro de nuestro país.

El problema es que, hasta ahora, ninguno vale la pena.