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lunes, 28 de julio de 2008

Planet Dubi

Hace unos días, la periodista Sylvia Gómez presentó un impactante especial por Telemundo-Puerto Rico en el que discutió a fondo la alarmante situación de la energía eléctrica en nuestro país. Con los precios del petróleo disparándose por los cielos, y con una demanda local de electricidad que casi equipara con ciudades como Nueva York o Londres, es un problema que debería preocuparnos.

Aunque estamos a sólo cien días de las elecciones generales, este asunto no debería pasar inadvertido. La crisis es real: los abastos de petróleo se han reducido mientras que la demanda mundial es mayor, por lo que una baja en las tarifas del crudo en los próximos meses es casi imposible. Esta crisis energética, como sabemos, tiene un efecto dominó sobre todos los renglones de nuestra vida: la alimentación, el transporte y hasta la diversión. ¿Acaso no ha notado que ir al cine con su esposo/a ya no se resuelve con diez dólares?

Inquieto por la información que la colega periodista Gómez compartió en su especial televisivo, pensé en algunas opciones sensatas para resolver el problema. Sólo tuve que mirar alrededor para concluir que, como siempre, Puerto Rico lo hace mejor. Nuestra islita tiene ante sí la posibilidad real de resolver la crisis energética mundial (o, al menos, reducirla un poco). Contrario a las soluciones oficiales propuestas que incluyen, entre otras, la reutilización de los desperdicios sólidos y el desarrollo de parques eólicos, el secreto está en el dubi.

La proliferación de dubis per cápita en Puerto Rico es asombrosa. Una de cada cuatro mujeres que van a las oficinas médicas, dos de cada cinco que visitan el correo y tres de cada cuatro que acuden a la estación de gasolina lucen este ¿peinado? que utiliza, como elemento principal, unas hebillas metálicas largas en forma de presilla que, con cierto nivel de simetría, se colocan en fila alrededor de sus cabezas. El propósito de este inusual tocado es, de por sí, un ejercicio de conservación de energía, evitando el uso excesivo del secador de mano para mantener la cabellera lacia frente al cruel ataque de la humedad tropical.

Entonces, ¿por qué no aprovechar ese noble gesto femenino a favor del futuro?

Si cada hebilla metálica de un dubi promedio se conectara a un pequeño transformador de energía personal (que las señoras bien podrían cargar en su bolso o cartera), se acumularía suficiente electricidad como para encender un microondas o calentar una hornilla eléctrica. Por tanto, si la composición doméstica incluyera al menos tres mujeres que utilicen dubis dos veces al día, la energía acumulada y redirigida serviría para recargar las baterías de hasta cuatro celulares o mover un abanico eléctrico por seis horas.

Las hebillas del dubi, de igual manera, pudieran tener otros usos. ¿Qué tal si se les adaptara algún dispositivo para transformar la señal digital de la televisión a partir de febrero de 2009? Sería fabuloso: los televisores portátiles que tanta popularidad adquieren para la época de huracanes no caerían en desuso. Es más, pienso que el gobierno de los Estados Unidos debió consultar primero la posibilidad de utilizar los dubis boricuas como una fuente de conversión digital antes de emitir todas esas tarjetitas de descuento para comprar los dichosos convertidores.

Las soluciones para ahorrar energía en estos tiempos son harto conocidas: apagar luces que no estén en uso, desconectar los enseres en las noches y sustituir las bombillas incandescentes por las fluorescentes compactas. No obstante, insisto en que, si aprovechamos el reflejo de tantos dubis metálicos que circulan por aceras, calles, playas, correos, colmados, gasolineras, farmacias, panaderías, gimnasios y oficinas en nuestro país… Tendremos planeta para rato.

De paso, habría muchas mujeres felices de aportar, hebilla por hebilla, a la salvación de este planeta en crisis.