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martes, 22 de julio de 2008

Yo, que te conozco

Me saluda con efusividad, beso incluido. Su cariño desbordante es sincero, y su entusiasmo contagioso me emociona. Asegura que vio las dos miniseries que escribí cada vez que las pusieron al aire. Cuando me descubrió en la prensa, hizo una fiesta; compraba el periódico todos los martes.

En ningún momento abandona la sonrisa. Y yo, entre el halago y el bochorno, sostengo un juego de sábanas que aún no me decido a comprar.

Me pregunta si todavía doy clases, y le digo que sí, que estoy entre dos universidades, dando la pelea. Aprovecha para pedirme orientación: su hijo mayor estudia mercadeo, aunque le encanta la música. La nena está en primer año, pero con el modelaje ha tenido buenas ofertas para irse al extranjero. El menor aún está en la secundaria y, según ella, “las novias” lo tienen loco.

Está orgullosa de sus muchachos, sin duda. Y yo, de reojo, miro el anaquel: ¿compraré las sábanas blancas o las amarillas?

Al fin, me brota un consejo: lo más importante es hacer lo que a uno le apasiona. En eso, ocurre la intervención divina: ella se percata de la hora –no ha parado de hablar en quince minutos—y se despide con otro gran abrazo. “Búscame en Facebook, para que sigamos en contacto”, me suplica, mientras se pierde entre la gente. Que sí, mujer, le digo, que me encantó saludarte.

Regreso al dilema de las sábanas, y la sonrisa se descuelga de mi cara en cámara lenta. Si tan sólo pudiera acordarme de su nombre.

No sé cuántas veces he vivido esta historia de terror. En cualquier sitio, alguien se cruza en mi camino y recita pedazos de mi humilde vida pública con entusiasmo desbordante. Me leen como periódico de barbería, y me recitan como el padrenuestro. Y yo ahí, con las orejas calientes, sonrío sin tener ni prostituta idea de quién demonios me quiere tanto.

“¿De dónde? ¡De dónde!”, me torturo en silencio, y el asunto sigue, entre preguntas que respondo en automático. Si la tierra me tragara en ese momento, sería tan feliz…

Por lo general, tengo buena memoria para los detalles. Trato, en lo posible, de almacenar en el disco duro caras, nombres y datos. Entonces, cuando menos lo espero, me ataca la amnesia total frente al Desconocido/a Amable que, por mala pata, siempre me agarra en algún trance tortuoso: la fila del banco, la ferretería, el colmado o, peor aún, la oficina del médico.

Allí, sentado en la sillita incómoda, con algún programa de Univisión como banda sonora, se produce el emotivo desencuentro.

“Digo, te ves más flaco y se te cayó el pelo, pero estás i-gua-li-to”, canta con gracia Mi Mejor Amigo de la Universidad, descubriéndome cuando levanto la nariz del libro que me acompaña. Rollizo y detestable, el susodicho asegura que somos “los más panas” y yo, que sí, cómo no. Entonces, decide compartirle al mundo entero –apenas tres gatos esperan en la sala—anécdotas que sólo a él le causan gracia. “¿Te acuerdas cuando nos copiábamos en la clase de historia?”, dice, palmoteándome el hombro por séptima vez. Con las orejas ardientes, reabro los expedientes inactivos del tiempo universitario: Historia de Puerto Rico, Historia de Cultura Occidental, Historia de España, Historia de Estados Unidos, Historia de América Latina, Historia del Caribe... Ay Dios, ¿por qué no estudié contabilidad?

En momentos como este, siempre me acuerdo de mi primer jefe, el dramaturgo Fausto Verdial. Cuando empecé a escribir para la televisión, tenía pocos años y muchas ganas. Un buen día, antes de iniciar nuestra sesión de trabajo, abrumé al pobre Fausto con mil y una preguntas sobre cómo triunfar en el mundo del espectáculo. Entre cigarrillos, me miró con sus ojos chispeantes, muy serio. “Usted a todo diga que sí, y después se las arregla”, sentenció, y estalló en carcajadas.

Como buen alumno, aplico la lección de mi ya fenecido mentor. Yo, que te conozco, claro que sí. Te saludo y te abrazo. Cómo no, qué buenos tiempos, ¿ah? De verdad que sí, que me alegra saludarte.

Y hago mutis por la izquierda, antes de que me descubran.