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miércoles, 9 de julio de 2008

"Reunioncita"

Si algo bueno tenemos los boricuas es nuestro espíritu optimista, sobre todo en los momentos de dificultad. Este año, aunque los vientos de la crisis soplan con fuerza innegable, como buenos jíbaros de costumbre encampanamos la chiringa hacia los cielos del norte, según la tradición del “viajecito” veraniego.

Entonces, para quienes no tenemos la costumbre, el dinero o el ánimo, nos queda reinventar un hábito exclusivamente navideño: la “reunioncita” familiar. Con más frecuencia, amigos y amigas me comentan sobre esos “ratitos nice” pasados en compañía de sus seres queridos, en abierta sustitución al asueto estival tronchado por la recesión económica.

El asunto no me extraña. Sin embargo, a mi cuarentosa edad, todavía me sorprende cómo estos festines improvisados permiten que aflore nuestra más autóctona esencia nacional. Nada más haga la prueba: por un instante cierre los ojos y recree esta escena, que puede ocurrir en cualquier casa cerca de usted.

Vengan las cuatro o cinco sillas plásticas (“te traes las de tu casa, que las de aquí están espatarrás”), la mesa plegadiza (“la que Titi Sonia compró para la fiesta de Bebita y Ángel”; dile que yo se la cuido) y un “barbecue” (“a Pepín que traiga el de su casa, que es más moderno que esa plasta mohosa de aquí”). Ya se montó la escenografía. Entonces viene la repartición de los panes (“dile a Luz que somos como veinte, así que calcule cuánto arroz hay que cocinar”) y los peces (“compra el paquete grande de pechugas, otro de costillas y hamburgers y hot dogs pa’ los nenes”). Y así, entre botellones de Coca-Cola, galletas Ritz con pasta de guayaba y sangüichitos de mezcla, se cuadró el invento.

Parece fácil, pero no lo es. Siempre falta más grasa -pasteles, lechón, morcilla- para amortiguar los golpes de la incertidumbre. Porque uno entra, saluda, y se acomoda. Pero nunca sabe cómo terminará la historia.

Después de un par de cervecitas y los pasapalos de rigor, brota un deseo profundo de compartir detalles íntimos (“Migdalia y el marido están por divorciarse oooootra vez”), logros interesantes (“santo Dios, ese muchacho está cada día más goooorrrrrrrdo”) y ligeras indiscreciones (“nena, ¿y cuándo tú te piensas casar?). Es el peculiar telón de fondo para estos “ratitos”. Y si por casualidad se habla de nuestro deporte nacional –la política—hay variedad de opiniones, mil definiciones de lo que es… ¿verdad?

Ni lo sé, ni quiero averiguarlo.

Para empezar, el eufemismo diminuto ya no me convence. “Son un par de horitas” significa todo lo contrario: un rosario interminable de horas de asiento, mirándole la cara a tu prima Nelly, que siempre te daba cocotazos cuando chiquito (odiosa), o a tu tío Manolo, que siempre se rasca más abajo del ecuador antes de darte la mano (guácala). La carta del menú tampoco me seduce. “Vamos a comer unas cositas” sólo significa (a) comida grasienta, (b) azucarada, (c) salada y/o (d) todas las anteriores, en abierto desafío a la maldita acidez de la cuarta década. Finalmente, la imprecisión del objetivo no me arrastra: ¿qué es eso de “vernos las caras” o “pasar el rato”? ¿Un anticipo a la tortura?

No niego que, en honor a la verdad, estos juntes familiares tienen consecuencias saludables, sobre todo para la autoestima. Porque el “ratito nice” reconfirma verdades deliciosas: que el primo Samuel, aunque diez años más joven, está más gordo y más calvo que tú. Que la tía Estela sigue pensando que eres “el nene más lindo”, aunque ya no seas ni tan nene ni tan lindo. Y que el tío Moncho –aunque republicano recalcitrante—hace los mejores chistes de curas y monjas en todo el continente americano.

Aún así, a “la reunioncita” no me inviten, que ya me lo aprendí muy bien: la familia es una institución. Mental.