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viernes, 6 de abril de 2012

Santo


Generalmente, en estas fechas y a esta hora, mi computadora descansa.  Por voluntad propia, hace años he establecido el voto específico de una descontaminación cibernético-tecnológica durante el fin de semana santo.  En otras palabras, que me desconecto y me olvido de computadoras, celulares y cuanto aparato sirva para asomarme a la ventana de ese mundo loco que, aún sin mi presencia, sigue su carrera demencial.

No obstante, ante el llamado de un colega profesor en necesidad de unos datos específicos –el pobre tiene que aprovechar su viernes para ponerse al día—no me quedó de otra: prendí la maquinita y rompí la tradición.  Hacerlo me costó enterarme de informaciones que habrían quedado pendientes para después de la gloria: los chismes políticos –esos los ignoro--, el nuevo vídeo de JLo –interesantes guiños a su realidad actual—y el lamentable accidente automovilístico de tres chamaquitos justo cerca del sur donde reposo.  Según la noticia –que leí de reojo, admito—un muchacho de 19 años murió en el accidente producido por el impacto a un poste del tendido eléctrico.  Eso lo veía venir, hace rato.

Días antes, en mis visitas al colmado, me llamó la atención que, entre los refrescos y las papitas, un grupo de mozalbetes planificaban una compra apoteósica.  Toda suerte de efectos desechables, picaderas embolsadas, vasos por montones y mucha, mucha bebida alcohólica se amontonaban en un carro que todos llevaban y nadie conducía.  La edad promedio de los tres, a ojo, no llegaba a los veintiún años.  Por supuesto, ninguno se habría detenido a pensar en el futuro: vivían el feliz presente, roncando de machitos sabihondos que se aventuraban a esa moda impuesta de joder y a acampar en una playa, aprovechando las “santas” vacaciones.

Ya no debe sorprenderme: el respeto por la santidad de estos tiempos no es el mismo que, en mis tiempos jóvenes, me asustaba.  Recuerdo que, en mi casa, se nos inculcó el “temor de Dios” al punto del terror: éramos, mi hermanos y yo, víctimas de aquellos cuentos de la abuela en los que ocurrían toda suerte de desgracias si nos atrevíamos a violentar la solemnidad: “el que se baña en Viernes Santo se convierte en pescao”, “no se puede hablar duro, cortar ni martillar”, “se prohíben las malas palabras, los malos pensamientos y las peleas” –esto, a cuento de que, aún en medio del silencio, nos podíamos enredar a pescozones…  Yo qué sé.

Por supuesto, el aleccionamiento era constante: las películas del Jesús ensangrentado –que antes se pasaban sin anuncios por los canales locales—y de las vírgenes flotantes en grutas, muy parecidas a los rincones apartados del patio familiar, nos ponían los pelos de punta.  La solución: un “campamento de fin de semana” en el que todos –mis dos hermanos y yo—dormíamos juntos como una diversión de muchachería.  En realidad, al menos para mí, la experiencia servía para pasar aquella noche lúgubre en compañía, tratando de olvidar las imágenes del Cristo torturado, con los ojos virados en absoluto dolor, y dormir para que ya llegaran la gloria de la resurrección y la alegría del reencuentro con el muerto que volvió de la tumba.  Dios, qué historias.

Por supuesto, para armar el campamento “in-house”, la primera embelequera era Mami, quien nos enseñó a hacer la caseta montada sobre nuestras camas “twin”.  Magistralmente construida con colchas viejas, pinches de ropa y mucha imaginación, aquella cuevita de telas usadas se convertía en punto de juegos de mesa, chistes, lectura y conversación.  De hecho, muchas veces Papi y Mami se aventuraban a entrar con nosotros a la fantasía de muchachitos –no sé si por gusto o por vernos tan entretenidos.   Nuestro “camping” era seguro, feliz e inocente; nada que ver con los tres chamacos que observé, absorto, en el colmado.  Ni mucho menos con los tres que hoy se han convertido en la primera gran tragedia del fin de semana santo.

¿Dónde quedó el “santo” de esta ecuación?

Psss, eso ya no existe: aquellos chamacos del colmado se la montan con una janga a la playa, libres del profe que detestan y lejos de cualquier ejercicio religioso.  No digo que sean ateos –tampoco hay nada malo en serlo, caray—pero se van al mar en busca de una especie de “recogimiento”, auspiciado por Corona y Coors Light.  Lo que no me cabe en la mente es que los padres de esos chamacos son de mi edad y se criaron, como yo, viendo El manto sagrado y Los diez mandamientos, amedrentados por sus propios padres con la cantaleta de que hay que respetar el Viernes Santo.  ¿Cuándo fue que se desconectaron de esa influencia y decidieron ir a por la joda en la playa, en lugar de tomarse un tiempo para sí mismos y conectar con el suspiro de la voz divina?

Me atrevo a adivinar que todo ocurrió cuando los saturaron de ruidos y cosas: televisores encendidos como nanas perennes, jueguitos de vídeo como entretenciones absurdas, idolatrías a raperos que dictan el nuevo decálogo: Four-tracks, motoras, carros, botes, limusinas, mujeres, alfombras rojas, premios, fama, dinero…  Dinero que hoy –otra vez en el colmado—fluía a chorros desde las carteras de los clientes que compraban como si el mundo se fuera a acabar, precisamente, a la hora nona: camarones, rabos de langosta, sierra rebanada, filete de dorado, calamares, verduras y cerveza (mucha, demasiada).

¿Adónde se fue lo santo de este viernes?  Estará en medio de la velocidad, la jartera, la bebelata  y la indiferencia.  Reitero: cada quien que crea en lo que quiera y, si le va irse de culo por las cunetas, servirse la vida marina entera en un plato o exponerse al fuego solar en una playa, es su decisión y la respeto.  La libertad del ser humano estriba, precisamente, en escoger lo que mejor le place y disfrutarlo como mejor puede en sus circunstancias particulares.  Así que bienvenido sea.

Lo único que pido es un día, uno solo: cero aparatos, cero política, cero televisión basura, cero chisme, cero contacto con lo material.  Un solo día de asueto para descansar de la vorágine.  Uno solo.  Es más, no tiene ni que ser santo, vamos.

Es chévere hacerlo, de veras.  Escuchar, en el silencio, un susurro quieto, casi imperceptible.  Suena como una voz, muy dulce, que te habla con ternura.  No es esquizofrenia: eres tú mismo, reconociendo la paz que te habita.  Si quieres llámale “Dios”, “voz interna” –o “Wilson”, como en la película—, da igual.  Te ayudará a entender que el mundo no gira a tu alrededor.

Tan pronto termine estas líneas, prometo regresar al silencio que guardaba antes de romper, por necesidad, mi propia regla.  Por supuesto, ni se crean que volveré hecho un santo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Gargufo

Me imagino que, después de leer el título, ahí está rascándose la cabeza, preguntándose si me fumé algo de lo que le incautaron al Picu. Tranquilice su espíritu: gracias a mi amiguísimo Tony, hace unas semanas me enteré de que un par de nuevos personajes se integrarían a la “mitología ufológica puertorriqueña”. Bah, con toda la razón (y un poco más) pensará usted que suficientes maleantes, cochofles, bodrios e insulsas tenemos ya en nuestra fauna nacional como para inventarnos otros. Pues no me culpe a mí sino al propulsor de esta historia, un tal Reinaldo Ríos –a quien no me gustaría vincular con Osvaldo Ídem, el actor manisuelto.

Pues en gargufos pienso cuando leo las noticias sobre Jennifer López. Feliz, así dice que está ella, luego de celebrar por todo lo alto sus 42 años durante todo el fin de semana. Probablemente, cuando JLo se mira al espejo, seguro que ve a una mujer hermosa, adinerada, reconocida y, por supuesto, deseada por una buena parte de los hombres del mundo. Me atrevo a afirmar, sin embargo, que la contentura que le sale de las entrañas no solo tiene que ver con esas razones sino por otra, mucho más poderosa: tan pronto como se arreglen los asuntos legales, se habrá divorciado del espécimen que, según dicen los que saben, han avistado en los valles de Lajas.

¿Qué no me cree? Nada más mire la foto.

Sumergido entre el lluvioso clima veraniego que nos ha aguado los viajes baratos de pasadía al balneario, pensé que el mitológico gargufo compartido por Tony se había hundido en las pailas del olvido. Si analiza la foto, verá que esta criatura de las tinieblas tiene la misma cara de lagartijo chupao y colmillú, capaz de actuar con saña, celos y malas costumbres. No lo digo yo, sino la prensa: véase la larga lista de especulaciones que desparraman tinta mediática a troche y moche, implicando al susodicho con escándalos de marca mayor. Creo que, si le vieran aparecido por los descampados lajeños, hasta le espantaría las ganas de Indiana Jones al mismísimo Chemo Soto.

Entre tanto, nada parecería espantar del rostro de Roberto Alomar la sonrisa de satisfacción. Este domingo, después de olvidar incidentes que amenazaron con empañar el final de su prolífica carrera como “el mejor segunda base del mundo”, por fin fue exaltado al Salón de la Fama del Béisbol de Grandes Ligas. Claro, todos pensarían que su sonrisa de satisfacción responde solamente al logro que enorgullece a la comunidad deportiva internacional. Pues añádase a la noticia otro triunfo para el pelotero: divorciatus est de la Gargufa Bronceada.

¿Que exagero yo? Examine la prueba.

En este caso, hay que andarse con cuidado al realizar el análisis. En primer lugar, se trata de una variedad femenina de la especie, tan seductora y apetecible como un pollo asado de Amigo. Aún con la marcada diferencia que se observa entre esta y el espécimen anterior, hay que ver que su afilada dentadura les hermana. En el primer caso, es pura desgracia genética; en este, además, la mordida viene acompañada de un hambre particular por la buena vida y el protagonismo que ventea sus intimidades como pantaletas tendidas al viento. Sus talentos intelectuales (también) son particularmente cuestionados, aunque nadie duda de su habilidad para descolgarse de sus plásticas sinuosidades a los varones que le colaboran con jugosos aumentos a sus bienes gananciales.

Señor Ríos, de verdad, quisiera conversar con usted alguna vez. Nada más quisiera saber las razones que tuvo para crear semejantes personajes mitológicos. Con todo respeto, me atrevo a decirle que nada más con mirar a su alrededor tendría una idea clara y contundente de que, en efecto, los personajes extraños y descontrolados salen a montón por chavo.

¿Qué todavía lo duda? Mire a este ejemplar:

¿Alguien sabe por dónde es la salida?