A Mercedes Rodríguez López, por la inspiración de sus palabras.
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| José Enrique Gómez Saladín (1980-2012) - Foto suministrada © Primera Hora |
Pienso, por un momento, que yo podría ser tú. Eso no es cierto, Quique: tú podrías ser
cualquiera de nosotros.
Recuerdo todas las veces que he salido a
las tantas, cansado y muerto del hambre, a comprar algo de comer en un
servicarro. O, ajorao por el día eterno,
al supermercado para comprar el pan y el jugo del desayuno. O,
cansao y adolorido, a Walgreens a comprar Tylenol para calmarme el dolor de
cabeza. O al cine. O a Plaza.
O al sitio de los yogures. Da
igual. Lo que importa es que yo también
estoy en la calle, expuesto a que, sin saberlo, alguien haya decidido que hoy es
el día y me caiga arriba. Cuando me
saque de ruta y decida por mí, tome mi dinero, mi carro, mis sacrificios, mis
problemas y mis dudas, habrá resuelto su vida con lo que pueda sacar de mi
bolsillo para tener lo que quiere y no puede –o puede, pero no quiere tenerlo
como yo, trabajando con cojones, para vivir con lo poco y echar pa’lante.
Pienso, por un momento, que con los
seiscientos pesos que te sacaron, esos chamacos creyeron que serían más felices. Eso no es cierto, Quique: nadie compra la
felicidad pagando con tarjeta ajena.
Repaso los tuits –conocidos y ajenos, rabiosos
y tristes. Releo los comentarios –repetidos
y retomados, quejumbrosos o indignados. Reacciono, resiento y rechiflo: aclamo el fin
de la injusticia, la mirada misericordiosa del Universo, la acción inmediata de
quienes nos gobiernan. O de los que
comentan por la radio. O de los que
informan al país. Da igual. Lo que importa es no callarse ante tu muerte,
ni la de esos muchachos en Ponce, ni la que ocurrió en Loíza, ni la de Lorenzo,
ni la de Yexeira, ni la de nadie que haya perdido la vida a manos de quien
nunca debió arrebatársela. Ni siquiera
la de Macho y su acompañante –con todo y que no se me quita el bochorno ajeno que
me provocó la pompa excesiva de sus funerales ni la cafrería de su ilustre familia.
Pienso, por un momento que, igual que
hicieron con Macho, deberían hacer contigo: velar tu cadáver en un lugar
prominente. Eso no es cierto, Quique: un
gran velorio no te devolverá a los que hoy te lloran.
Recobro la conciencia y me doy cuenta de
que, con escribir, ni siquiera actúo. Solamente
denuncio mi preocupación, destilo mi coraje, lloro mi pena y asumo mi vergüenza
frente a los seres que comparten conmigo estas líneas. O simplemente me guillo de escribir del tema,
porque es necesario. O levanto la mano
con furia, gritando un “basta ya” que no recibe respuesta. O inicio un movimiento solidario. Da igual.
Pienso, por un momento, que sí da
igual. Eso no es cierto, Quique: nunca
dará igual tu muerte, porque no fue justa.
Ninguna lo es. Y tenemos que
denunciarla y condenarla y perseguirla y joderla y arrinconarla hasta el mismísimo lugar donde nació tu vida: en el seno de un hogar
maltrecho, del que una vez salieron los que te arrancaron del mundo a
destiempo. Averiguar qué hay, por qué
fue, qué pasó, qué faltó, qué no se dijo, qué se perdió. Ahí es que están las respuestas. Tenemos que hacerlo si queremos
comprender. Y resolver. Y actuar.
Y vivir. Sin miedo.
Descansa, Quique. Te abrazo y te miro, con tu sonrisa
franca. Yo soy tú. Tú eres todos. Morimos contigo, pero igual renaceremos. En
paz.
