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martes, 4 de diciembre de 2012

Quique


A Mercedes Rodríguez López, por la inspiración de sus palabras.

José Enrique Gómez Saladín (1980-2012) - Foto suministrada © Primera Hora
Miro tu foto, sonriente y vestido de etiqueta, posteada repetidamente en Facebook con la esperanza de que aparecieras, donde fuera, quizás lastimado pero aún con vida.  Entonces, la realidad me explota en la cara: con la confesión de un imberbe y el hallazgo de un cuerpo, la esperanza es inútil –igual que esa vieja canción.  Otra vez miro tu foto, que eternizó uno de tus momentos felices, en esa fiesta–quizás fue tu propia boda o una actividad social donde regalaste a todos tu sonrisa franca. 
 
Pienso, por un momento, que yo podría ser tú.  Eso no es cierto, Quique: tú podrías ser cualquiera de nosotros.

Recuerdo todas las veces que he salido a las tantas, cansado y muerto del hambre, a comprar algo de comer en un servicarro.  O, ajorao por el día eterno, al supermercado para comprar el pan y el jugo del desayuno.   O, cansao y adolorido, a Walgreens a comprar Tylenol para calmarme el dolor de cabeza.  O al cine.  O a Plaza.  O al sitio de los yogures.  Da igual.  Lo que importa es que yo también estoy en la calle, expuesto a que, sin saberlo, alguien haya decidido que hoy es el día y me caiga arriba.  Cuando me saque de ruta y decida por mí, tome mi dinero, mi carro, mis sacrificios, mis problemas y mis dudas, habrá resuelto su vida con lo que pueda sacar de mi bolsillo para tener lo que quiere y no puede –o puede, pero no quiere tenerlo como yo, trabajando con cojones, para vivir con lo poco y echar pa’lante.

Pienso, por un momento, que con los seiscientos pesos que te sacaron, esos chamacos creyeron que serían más felices.  Eso no es cierto, Quique: nadie compra la felicidad pagando con tarjeta ajena.

Repaso los tuits –conocidos y ajenos, rabiosos y tristes.  Releo los comentarios –repetidos y retomados, quejumbrosos o indignados.   Reacciono, resiento y rechiflo: aclamo el fin de la injusticia, la mirada misericordiosa del Universo, la acción inmediata de quienes nos gobiernan.  O de los que comentan por la radio.  O de los que informan al país.  Da igual.  Lo que importa es no callarse ante tu muerte, ni la de esos muchachos en Ponce, ni la que ocurrió en Loíza, ni la de Lorenzo, ni la de Yexeira, ni la de nadie que haya perdido la vida a manos de quien nunca debió arrebatársela.  Ni siquiera la de Macho y su acompañante –con todo y que no se me quita el bochorno ajeno que me provocó la pompa excesiva de sus funerales ni la cafrería de su ilustre familia.

Pienso, por un momento que, igual que hicieron con Macho, deberían hacer contigo: velar tu cadáver en un lugar prominente.  Eso no es cierto, Quique: un gran velorio no te devolverá a los que hoy te lloran.

Recobro la conciencia y me doy cuenta de que, con escribir, ni siquiera actúo.  Solamente denuncio mi preocupación, destilo mi coraje, lloro mi pena y asumo mi vergüenza frente a los seres que comparten conmigo estas líneas.  O simplemente me guillo de escribir del tema, porque es necesario.  O levanto la mano con furia, gritando un “basta ya” que no recibe respuesta.  O inicio un movimiento solidario.  Da igual.

Pienso, por un momento, que sí da igual.  Eso no es cierto, Quique: nunca dará igual tu muerte, porque no fue justa.  Ninguna lo es.  Y tenemos que denunciarla y condenarla y perseguirla y joderla y arrinconarla hasta el mismísimo lugar donde nació tu vida: en el seno de un hogar maltrecho, del que una vez salieron los que te arrancaron del mundo a destiempo.  Averiguar qué hay, por qué fue, qué pasó, qué faltó, qué no se dijo, qué se perdió.  Ahí es que están las respuestas.  Tenemos que hacerlo si queremos comprender.  Y resolver.  Y actuar.  Y vivir.  Sin miedo.

Descansa, Quique.  Te abrazo y te miro, con tu sonrisa franca.  Yo soy tú.  Tú eres todos.  Morimos contigo, pero igual renaceremos.  En paz.