domingo, 28 de octubre de 2012

Caravana



Esta tarde, después de sufrir un encuentro cercano del tercer tipo con una caravana política, sentí miedo.  El partido no importa ahora; lo que sí no puedo obviar es el frío que me ha causado este mar de gente extraña, apoderada del espacio público, desafiando todas las leyes –incluyendo la de gravedad, la del sentido común, la del decoro y hasta la del buen vestir.

Caravana política en Puerto Rico.


Todavía ni entiendo cómo fue que me ocurrió.  La estación de gasolina era mi última parada para completar la rutina de mandados domingueros.  De pronto, llega este gentío ruidoso que alardea fuerza y desfachatez.  Presumiendo superioridad con el acelerado bestial de sus motoras, “four-tracks”, jeeps, convertibles, carromatos y demás vehículos afines, nadie se mide: ni las damas, que andan con medio cuerpo afuera de los cristales, exhibiendo los tatuajes de sus bajos fondos, ni los caballeros, que se ubican frente a todo y a todos en absoluto plan troglodita.  Los niños y adolescentes tampoco se excluyen de la fórmula: siguen el juego de sus mayores, igualmente desafiando los peligros de un vehículo en movimiento como si nada, contagiados por el espíritu que les alimentan porque –apuesto mi sueldo—ni siquiera saben por qué carajo están ahí.  A todos les seduce la bulla, el revolú, la joda.  Muy pocos, quizá ninguno, piensa en las consecuencias del ejercicio electoral que enfrentaremos de aquí a unos días.

Todos y todas ondean banderas –del color que sea; ya les digo, el partido no viene al caso.  Gritonean por encima de la música ensordecedora, se adueñan del canto y allí estás, en medio de ellos, preguntándote cómo fue que caíste en la trampa, si lo único que querías era resolver un problema y seguir con tu vida.  Y no es que seas indiferente al asunto político, pero igual resulta incómodo que tengas que rasparte sus malas costumbres, padecer sus descortesías y sentirte literalmente amenazado por su destemplada imposición. 

En medio de todo, ahí estoy yo, tratando de liberarme del asunto.  Con mucho cuidado –sé que, en estos días, no puede uno confiarse—le pido al amable señor que me impone el “four-track” frente a mi carro que si puede moverse un poco para dejarme paso.  De mala gana me hace una seña como para que avance a moverme, mientras su mujer me mira con mala cara, blandiendo una enorme bandera colgada de un grueso palo: por supuesto, tanto ella, el marido y el palo me cagan del susto así que huyo del lugar a toda prisa.  Sigo por mi rumbo, acelerando el carro cuanto más puedo para alejarme, pero es inútil: en el camino me doy cuenta de que no han perdonado poste, verja, árbol o valla para colgar las caretas de sus líderes.  Todos ellos me acompañan, en caravana, hasta la misma puerta de mi casa.

Pregunto: ¿qué miden, a fin de cuentas, estos desórdenes permitidos como “ejercicio de libre expresión”?  Si los carros no votan, tampoco las motoras, mucho menos los niños ni los postes, de verdad no les encuentro la gracia.  Entonces, ¿por qué tenemos que sufrir su amenaza?

Sé que preguntar es inútil: de un lado y de otro me dirán que es parte de la tradición y que se necesitan para avivar el entusiasmo electoral.  Otros piensan que es un ejercicio de liberación y que pudieran compararse con el eufórico desorden de un carnaval.  Pues, de acuerdo: a todos que se pasen con los carros por encima y se despachurren por sus candidatos favoritos, si es que el sacrificio les parece propio. 

Pero que no me quiten el derecho a mi silencio y mi paz, carajo.  Hasta ahí llegamos.

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