Hace un par de años, para esta misma fecha, participé en un adiestramiento liderado por un simpático señor de origen californiano. La actividad se extendió por todo un fin de semana en el que, como parte de los acuerdos, recibimos desayunos, almuerzos y meriendas provistas por la empresa que coordinó la actividad. Nos trataron como reyes: comimos bien, a tiempo y con entusiasmo, como buenos boricuas. Todo iba de lo más bien: las encargadas de atendernos se esmeraban porque todo quedara a la perfección. Entonces, en uno de los recesos, las chicas encargadas del servicio empezaron a recoger los desperdicios en bolsas que no las cargaba ni Santa Cló en el trineo. Entonces, el gringo (simpático hasta entonces), nos miró a todos con cara de mocho amolao hasta el cabo y dijo sin mucho adorno: “You guys are doing it so wrong. Why the hell aren’t you recycling all that waste? It’s a shame”.
Las chicas se miraron entre sí y, con la vergüenza hirviéndole en los cachetes. Entonces, disimulando un poco, empezaron a deshacer aquellos bolsones para rescatar, de entre la mierda, botellas y latas que antes nos habían satisfecho el apetito. Después de eso, el gringo no dio marcha atrás y continuó su rumbo hacia el salón de adiestramientos. Yo cargué con mi botellita de agua y, al llegar a casa, la zumbé en el candungo del reciclaje, como ya había hecho con todas las demás.
Recordé esa historia justo cuando leí, en el periódico de hoy, la nota sobre el desmadre que existe con los programas de reciclaje en Puerto Rico. Ciertamente, no me extraña: en este país-basura, somos pocos los que vivimos con la conciencia de reducir y reusar los desperdicios, pensando en las generaciones futuras.
Antes ya he hablado sobre esta política de excesos en el uso de bolsas plásticas: a pesar de que todos los supermercados venden las bolsas reusables –como parte del esfuerzo consumista—desalientan su uso cuando uno se presenta con ellas al terminal de pago. La cajera que maneja los víveres como si estuviera en la bolera, te mira con cara de “¿en serio?” cuando le pides que no te empaquen la compra en las antipáticas bolsitas. Entonces, el chamaco que empaca –si es que te ayuda—echará todos tus comestibles, fríos y calientes, junto con los limpiadores, convencido de que no le darás ni un peso de propina. Ay de ti si te quejas.
Por otra parte, siempre que me toca comer en algún espacio abierto dentro de un centro comercial, me hago la misma pregunta. ¿Cómo es posible que ninguno de los comercios principales haya establecido una política institucional contundente sobre el manejo de sus desperdicios? (Si lo hubiera, por favor, me encantaría saberlo.) En todas esas áreas de uso común, desde las más caras hasta las más exquisitas, se despachan servicios de comida en platos de “foam”, amén de las botellas de agua y refresco que circulan a troche y moche. Entonces, no tienes salvación si quieres ser un ciudadano responsable y, después de comer, solo te queda el zafacón para tirar lo que ya no puedes ingerir. Estás absolutamente jodido.
Hace mucho rato que, al parecer, se nos fue el norte en la intención de concienciar sobre la importancia de reducir el desperdicio. En algunos lugares nos colocan un cartelito para cumplir con la encomienda, “recicla por Puerto Rico” –o alguna otra sandez—pero les da lo mismo si zumbas en el mismo receptáculo todo lo que pudiera reutilizarse. “No hay tiempo”, me han dicho los empleados de mantenimiento –de empresas privadas, en su mayoría— cuando les he preguntado qué hacen con los desperdicios reciclables que encuentran a su paso. Me consta que trabajan como bestias para cubrir espacios que, humanamente, son difíciles de mantener limpios y en orden porque, generalmente, sus usuarios son unos cochinos que dejan botellas, papeles y vasos a medio tomar en cualquier esquina disponible. Así que arrasan con todas las basuras que encuentran a su paso y las ajocican en el mismo contenedor. Qué diablos, a ellos les pagan por limpiar, no por salvar el planeta.
En la nota publicada hoy, el ingeniero Elí Díaz Atienza, director ejecutivo de la Autoridad de Desperdicios Sólidos, enfatizó que “el el gobierno tiene la responsabilidad de disponer de la basura, pero la ciudadanía tiene el deber de cuidar el ambiente y colaborar con el reciclaje, que a fin de cuentas es para el bienestar común”. Por supuesto, todos están dispuestos a respaldar la idea de la reutilización de desperdicios, dispuesta por ley desde 1992, aunque la excusa que él y otros funcionarios esgrimen para la implantación efectiva de los programas de reciclaje es que su operación resulta muy costosa.
Es posible que tengan razón. Si seguimos como vamos, un día de estos tendremos que escarbar con los pies para encontrar algún pedazo de suelo limpio por donde podamos caminar en paz hasta el McDonald’s.
Habrá que andar con una pala en el baúl del carro.