Quizás es una herida leve, pequeña, un rasguño sin importancia. Lo cierto es que ese pequeño raspajo en la piel es la primera seña. Ya sea por maltrato físico, abuso constante, faltas de respeto, indefinición de roles, por ahí se rasga esa primera herida que no sana, que crece y se pudre con el tiempo. Luego, para buscar el remedio, la víctima decide curarse a la tremenda. Alimentada por rencores, la mala sangre que emana de su herida vieja insufla el podrido vapor de sus venganzas.
Si se buscara la ayuda de la autoridad, el aspecto del rasguño puede complicarse. Acudir al Estado para que intervenga en una vieja rencilla supone lavar los trapos en casa ajena. Porque es allí, en el seno del hogar dañado, donde se cuece la rabia. Aún así, los implicados en el asunto del tajo inicial acatarían, bajo protesta, las disposiciones establecidas por la autoridad para zanjar las diferencias. Pero el hervor de esa sangre dañada continúa a fuego lento. El “si te cojo, te mato” se suspira por lo bajo, con la piquiña insistente de ese desquite rabiosamente deseado.
Ahí es que comienza el conteo regresivo para la desgracia.
De los resultados, pues, ya es de todos sabido. Fue con la llegada de los Santos Reyes que una familia terminó partida en dos, herida de muerte por una vieja rencilla. El padrastro no pudo perdonar al sobrino que se metió con la muchacha a quien crió como suya. Y defendió el honor, movido por esa mala sangre acumulada en sus costillas: sin miramiento alguno, se carga al aparente culpable, cosiéndolo a tiros. Al hermano y a la madre del tiroteado, que salen en su defensa, también se los lleva enredados. Para variar, el tiro de gracia termina en su sien, sabiéndose incapaz de enfrentar a la justicia.
Hoy nos despertamos con otra historia: el tío que recoge al sobrino, menor de edad, quien vive amancebado en su casa con una chiquilla adolescente, preñada de dos meses. El chamaco, al parecer, aprendió de la calle la ley que quiso imponer en su casa. Agredió a la joven embarazada a la tal vez hizo suya bajo promesas musicalizadas por el reggaetón que, pum-pum, te pide balas, pam-pam, que le den azote. Entonces, cuando el tío lo enfrenta, viéndole pegar a la chiquilla indefensa, no tiene por qué dar cuentas y, sin mediar palabra, lo cose a tiros con un arma ilegal, comprada en sabe Dios cuál punto. Quince. Suficientes para acallar el sermón de la montaña que le jode la paciencia. Después regresa, arrepentido, y vomita el veneno cruel de reconocer su falta, dominado por esa mala sangre que le hizo disparar, luego pensar las consecuencias.
Habría que preguntarse qué diablos hacen las autoridades que sueltan cupones y cheques, que proveen servicios de apoyo. Porque alguien debería saberlo: en algún lugar recóndito, oculto entre papeles de alguna oficina, se habrá reportado la antesala a estos derrames de sangre hedionda a venganzas, podrida por las viejas rencillas, dañada por el empujón, la burla, el maltrato, la inercia. Estoy seguro de que alguna empleada de pantuflas, que ahora estará redecorando el cubículo con corazoncitos rojos, tuvo ese expediente en las manos y, bah, qué como nunca volvieron a la cita, pasó a los inactivos. Precisamente, el corazón rojo de cartón barato es ahora un lamentable símbolo de un amor ausente, que lamentamos con ay benditos gastados, con mirar de lejos, con lucir la camiseta charra en el velorio y pegar la calcomanía-esquela en el cristal del carro.
Pero la mala sangre todavía seguirá ahí, latiendo en las venas ocultas de muchos hogares, esperando a que cualquier incidente pueda desatarla en riadas de furia. Circulará, espesa y oscura, cocinada a fuego lento, esperando a que la rabia sea suficiente para brotar de alguna herida abierta. Y desatará el “te mato” porque me gritas, porque apestas, porque estoy harto, porque un prieto no se acuesta con mi hija, porque eres maricón y no me gusta, porque sí, porque me da la gana. Aunque seas mi sangre, maldita sea.
Si es cierto que la sangre pesa más que el agua, nada de esto debería ocurrir. Nosotros, ciudadanos de a pie, boquiabiertos y maniatados, lo sabemos. Los demás, esos que nos mandan, parece que ni se enteran. Es como si flotaran a alturas insospechadas, donde esa sangre ajena no les salpica. “Lamentamos los hechos”, dicen, parcos. “Habrá que investigarlo”, comentan, de prisa. “Es el reflejo de muchos problemas”, concluyen y se dan vuelta.
Mientras tanto, la mala sangre sigue ahí, pesada, negra, escurriéndose por las venas abiertas de la tierra herida. Se escurre en los acueductos, los parques, las carreteras. Se chorrea por los servicarros y colma las bolsas del colmado. Se embarra en el pan caliente del desayuno y hasta resuena por las ondas radiales. Hierve, oscura y densa, calentando los sesos de quienes disparan y luego, tal vez, piensan.
¿Qué habrá que hacer para detenerla?