Mostrando entradas con la etiqueta visita de Obama a Puerto Rico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta visita de Obama a Puerto Rico. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de junio de 2011

Después

Nunca lo hubiera imaginado: la humilde ventana de mi cuarto bayamonés se convirtió en palco perfecto para mirar, con ingenuo asombro, cómo el inmenso avión del presidente Obama iniciaba su proceso técnico para aterrizar, minutos más tarde, en suelo boricua.

Foto: El Nuevo Día/Ramón "Tonito" Zayas

“El avión”, dije y, como un idiota, me reí. Jamás habría pensado que, a esta cuarentosa edad, imitaría al pequeño “Tattoo” de aquella tonta serie que me gustaba mirar cuando niño. Entonces, un presentimiento tan severo como un infarto me apretó el pecho: bienvenidos a la isla de la fantasía. Bastó mirar una hora de televisión –exactamente el tiempo de uno de aquellos olvidables episodios protagonizados por Ricardo Montalbán—para definir la extraña trama de este extraño e inolvidable día.

Foto: El Nuevo Día/Ramón "Tonito" Zayas

Tras la llegada largamente anunciada de aquel vuelo presidencial, una fila de gobernantes –absurdamente enchaquetados de oscuro—recibió al larguirucho presidente de orejas grandes y sonrisa perenne. El Mister President –Barack, para los panas—estrechó manos pegajosas de los más insignes jefes del gobierno boricua hasta llegar al abrazo cariñoso que se reservó para Marc Anthony –“invitado especial” que se cuela como las salchichas.

Entonces, llegó la hora del “camarazo”: los invitados a la ceremonia de recibo –breve, demasiado para muchos—sacaron toda suerte de cámaras y teléfonos para intentar una foto que, de seguro, captó réplicas de una misma imagen: brazos en alto, muchas cabezas y un regimiento de seguridad que no les perdía ni un acalorado suspiro.
Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory

El control remoto me sirvió de aliado para atestiguar la “histórica cobertura”. En la avenida Baldorioty, las cámaras apostadas en diversos puntos de la ruta captaron con asombro a una comitiva presidencial que llevaba al Presidente como lechón robao. En el Puente Dos Hermanos, los pocos curiosos que desafiaban el encabronado sol del mediodía siguieron el celaje de un batallón de automóviles que ni siquiera apreciaron la pintura fresca y la brea recién pegada. Frente al Capitolio, los militantes del “Statehood Now”, desplegando el furor vicioso de su apego nacional entre banderas pecosas y ritmos merengueros, se quedaban como novias de pueblo mientras el cortejo veloz les pasaba por las narices sin hacerles ni chispa de caso.

Ya en el Viejo San Juan, Margarita Aponte intentaba superar el récord de hablar más palabras por segundo –ostentado cómodamente por la Secre de la Familia—mientras desafiaba abiertamente las líneas de seguridad demarcadas por la Policía estatal, cuyos jefes inmediatos eran (¡cómo dudarlo!) los guarulas del Servicio Secreto. Un poco más arriba, entre las calles del Cristo y San Sebastián, los furiosos opositores de la anexión permanente reclamaban con voz potente su repudio a la visita del mandatario estadounidense. (Añádase, para mayor drama, una quema de bandera.)

Pero ahí no más empezaba a apretarse el conflicto.

Con la misma sonrisita monga, Obama se las empujó ídem a todos, curiosos, oficiales y noveleros. Luego de escurrirse por los pasadizos secretos de la ciudad amurallada, se metió en La Fortaleza para ser recibido oficialmente por el Gobernador y la Primera Dama, elegantemente vestida con un exquisito modelo couture de Frigidaire París. Al son de jóvenes violines, el Presidente hizo alarde de su excelente habilidad para saludar y sonreír sin tragarse el chicle. Hasta presumió de una destreza muy estadounidense: el “regifting” de una infame bola de baloncesto, autografiada por el héroe Barea, que los trillizos Fortuño-Vela le obsequiaron y recibieron de vuelta antes de que pudieran decir, "Fifty-one!". Así pues, el Presi se escurrió del tieso protocolo para realizar un “desvío inesperado”: compartir un sangüichito con Tito García Padilla, en un encuentro más prepara’o que pulsera de espiritista.

Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory

Y otra vez, como alma que lleva el diablo, Obama se escurrió hasta el Caribe Hilton. Entrando por las cocinas, siempre llevado en andas por sus fieles custodios, el Mahatma Obami se apersonó en los sendos servicios de adoración orquestados en su honor. Como buen párroco de su iglesia demócrata –saludito aquí, sonrisita allá— pasó el cepillo a la hora del ofertorio. Casi un millón y medio de dólares más tarde (y una hora antes de lo previsto) el magnánimo líder se montó en el avión y, de lejitos, nos dijo goodbye.

Foto: Google Images

Todos los que habían celebrado el antes, a la espera de esta “visita oficial”, se golpeaban el pecho con tarzanesca rabia: ahora es que es. Finalmente, un presidente de Estados Unidos –el primer negro, el Premio Nobel de la Paz, el amigo “cool” de Oprah—pisaría nuestras aceras por primera vez en cincuenta años, dignándose a visitar a la más antigua de sus colonias. Sin embargo, el largo después todavía se escurre de las bocas torcidas de muchos boricuas, como la gota rancia de aceite que lagrimea al morder el último bacalaíto. Con evidente desazón, amigos, enemigos e indiferentes observamos la bien orquestada burla que se diagramó en algún rincón de Casa Blanca.

Porque nadie podrá decirme que esto no es sino el resultado de un buen guion: llega el Presidente antes de tiempo, saluda sin ver, habla sin decir, visita sin molestar, come sin apetecer, recolecta sin pujar y se larga sin mirar atrás. Y “el avión, el avión” se va por donde mismo llega. El "Señor Roarke" y su inseparable “Tattoo”, amo y enano sonrientes, le despiden hasta la próxima aventura.
Foto: Google Images

La isla de la fantasía –la de la televisión—era un lugar absurdamente maravilloso, de conflictos resueltos y finales felices. La nuestra—que sufrimos a diario—no se explica, porque no hay manera. Antes, ya lo sabíamos.

Después de sentirlo en carne propia, es más duro de tragar que un medianoche frío.

Aunque sea de Kasalta.
Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory