O sea, les explico: las secretarias tienen semana. También, las enfermeras, las especialistas de belleza, los bomberos y los policías. Los empleados públicos reciben hasta premiaciones. Yo me conformo con soplar una velita el día de mi cumpleaños y tan-tán, se acabó el evento. Nadie tiene razón para celebrarme.
Tras mirar de reojo los prominentes arreglos florales y luego de escuchar los extensos cuentos de divertidos almuerzos y regalos a tutiplén, con un buche de saliva amarga me trago un par de granitos de envidia. Por supuesto, a ninguno de mis colegas y amigos –sean empleados públicos, madres o asistentes de oficina— les diré que se introduzcan sus reconocimientos por algún orificio corporal. Después de todo, muchos de ellos y ellas se lo tienen bien ganado y no tienen por qué sufrir mis amarguras.
Antes, por lo menos, la Semana Educativa compensaba esos vacíos existenciales (y, por supuesto, mis ansias de reconocimiento público). Al menos, siendo yo maestro, alguien se acordaba de felicitarme en otro día que no fuera mi cumpleaños. Sin embargo, gracias a la brillante idea del ex Secretario de Educación Carlos Chardón, esta magnánima celebración se ha trasladado a la tercera semana de mayo, por virtud de la ley 78 de 2009. Dicha ley sentencia, en su párrafo inicial, lo siguiente:
“Para enmendar las Secciones 1 y 3 de la Ley Núm. 141 de 20 de julio de 1979, según enmendada, a los fines de disponer que la ‘Semana de la Educación’ se celebre a partir del tercer lunes del mes de mayo de cada año; integrar dentro de la ‘Semana de la Educación’, la celebración del ‘Día de los Empleados de Comedores Escolares’, haciéndolos parte esencial de dicha festividad; y para otros fines relacionados”.
Hasta los empleados de comedores escolares reciben un merecido reconocimiento “por su valiosa aportación como parte esencial del proceso educativo”, según la ley. ¿Y yo? Que me joda solo, caminando por los pasillos vacíos de una universidad sin estudiantes tras haber concluido, una semana antes, el año académico.
Pues no. No me da la santa gana de pasar inadvertido.
Para eso propongo que se instituya el “Día de los demás”, una especie de zafacón celebratorio en el que caeríamos todos los que no somos padres, madres, tíos o tías. Incluiría además a los que no tenemos préstamos –estudiantiles, bancarios ni hipotecarios—ni deudas con el gobierno. También agruparía a los que trabajamos mucho, aunque siempre a tarea parcial o por contratos de servicio profesional, sin plan médico o bono navideño.
Tras ser excluidos de una sociedad que nos penaliza solo por carecer de la validación que nos ofrecería el estado civil, la solidez financiera o la estabilidad laboral, merecemos nuestro ratito de gloria. Por años, hemos sido fantasmas sociales a pesar de haber aportado con nuestra presencia (y nuestros regalos) a la alegría de muchas bodas, “baby showers”, fiestas de aniversario, bautismos, cumpleaños, divorcios y otras celebraciones afines.
Hemos escuchado con solidaridad y entereza a miles de quejumbrosos amargados por la vida institucionalizada, sin que sus tantos problemas nos pertenezcan. Hemos comprado cafés a los compañeros del trabajo, llevado sopas a los parientes enfermos, abrazado a personas desconocidas en funerales y escuchado conversaciones impropias en las filas de los bancos. Hemos sostenido las carteras de las amigas que van al vestidor o aspirado las basuras que el pana ha acumulado en las alfombras de su carro.
En ese santo día, los demás recibiríamos el justo reconocimiento por todo lo que nos ha tocado aguantar así, callados e invisibles, sin que exista una tarjeta Hallmark que reconozca nuestra presencia.
Coño, que ahora me baño con el confeti mientras me tomo una cerveza. A nombre mío, por supuesto.