Mientras escribo estas líneas, a Doña Julia le ha llegado una visita inesperada. Los mariachis han venido para cantarle una serenata por su cumpleaños.
Pero no se vaya a usted a creer que se trata del mariachi típico, con los galantes caballeros usando el traje de charro que despliegan con gracia el sonido auténtico de su música autóctona. Nada que ver. Ésta es una versión absolutamente distinta: una guagua tipo “van”, de ésas que se utilizan en las caravanas políticas, se ha estacionado frente a su casa. Entonces, se ha encendido un enorme equipo de sonido que ha comenzado a disparar un sainete de melodías a todo volumen, a plenas dos de la tarde.
En la “serenata”, al parecer, todo se vale: desde el tradicional sonido de Las Mañanitas hasta el Feliz Navidad de Tito El Bambino, sin descontar el “saludito cariñoso” de un locutor invisible que, contenido en el interior de la guagua, se encarga de llevar el cronómetro. Porque el alboroto se ha alquilado con medida justa: una hora de música sin interrupciones, con melodías alusivas a la ocasión “especialmente para doña Julia” –según dice el locutor. No pude ver la cara de la doñita pero imagino que, al recibir tan amable regalo musical, habrá sonreído con agradecimiento al gesto de su familia. De seguro, disimularía un poco su desazón ante el ruido ensordecedor, mientras sus hijos y nietos la abrazan con los ojos llorosos.
No es la primera vez que escucho este inusual servicio de “Mariachi-On-Wheels” –o algo así, según dice el letrero que, estratégicamente, se anuncia a ambos lados del vehículo. Hace unos meses, me desperté con el estruendo de la misma serenata pregrabada –a horas en las que muchos de nosotros, noctámbulos perdidos, todavía estamos a oscuras. Por supuesto, con el ruido de la serenata impropia me adelanté al Día de las Madres y, con mucho cariño, envíe recuerdos cálidos a varias progenitoras (la del dueño de la guagua, la de la cumpleañera y la del que contrató el servicio).
Esta charrería –la de la guagua con serenatas pregrabadas—se une al coro de estupideces que, por obra de la repetición, se insertan de forma consistente en la vida urbana. Otras expresiones de esta índole incluyen:
• Las esquelas portátiles – Ya sea en camisetas blancas, pegatinas o calcomanías, estas manifestaciones siguen el mismo modelo. Por lo general, se recrea la cara de un muerto –casi siempre llevando una gorra— glorificada en una foto de muy mala resolución. El apodo del difunto se resalta en letras grandes, acompañadas del manoseado lema “Siempre te recordaremos”. Son un bello sustituto, sin dudas más duradero, que las cintas que adornan las coronas fúnebres, escritas con escarcha. Finísimo.
• Las cantatas de sobremesa – Casi siempre presentadas en come-y-vetes con aspiraciones de restaurante, son una variante imbécil de la serenata pregrabada. En este caso, los meseros y meseras del local, convocados de mala gana, desfilan en una trulla infame, vienen a la mesa de la víctima armando un escándalo insoportable, y culminan la “sorpresa” vociferando corillos cumpleañeros de mala muerte. Inolvidable.
• Los cruza calles empalagosos – Proliferan mayormente en la fiesta charra del San Valentín, aunque igual se cuelgan de postes y fachadas en otras efemérides, como día de las madres y en navidad. A veces van muy mal escritos -“biemvenido a casa” , leía uno que vi hace poco, desplegado para recibir a un soldado. Casi siempre se descuelgan de dos maneras: cuando se rajan por sí mismos con el paso del tiempo o cuando algún camión de la AEE se los lleva en claro.
• Los mensajitos de texto plagiados – “Kiero regalarte mi cariño, así que envíame tú tamaño para que no te valla a quedar grande, TQM!!!”. Esta joya de la literatura postmoderna me llegó en medio de las felicitaciones navideñas, como un recordatorio amable de una amiga bien intencionada. Y no es que no lo aprecie; por Dios. Nada más pienso que, si has de decirme cuánto me quieres, sería mejor expresarlo sin malos copietes, por el amor de Cristo.
• Los cargadores de bebé “pimpiaos” – De esto no tengo más que la referencia de la observación a distancia, pero igual me sorprende la rapidez con la que se ha multiplicado. De pronto, un asientillo protector de bebé se convierte en un canasto extraño cubierto de borlas, encajes y cintas que se lleva a todas partes – el centro comercial, la cita médica, el supermercado. Si yo fuera un recién nacido y me cargaran en uno de esos aparatos, me bajo gateando y llamo a un taxi.
• Los mensajes “PowerPoint” de cadena – Admito que leo algunos de ellos y me parecen interesantes. Pero no sé a quién diablos se le ocurrió que era buena idea configurar estas presentaciones de motivación con la voz gangosa de Céline Dion como acompañante. ¿Será que la muy infeliz ha firmado un acuerdo con Microsoft para que sólo se utilicen sus canciones? No más faltaba.
Estoy seguro de que este breve catálogo de charrerías ampliará su oferta en un futuro cercano. Sólo espero que la pobre doña Julia no tenga que sufrirlas. Sería demasiado para ella, la pobre.
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