Regresé al “blog” después de varios meses de ocupaciones varias, y encontré una historia sin concluir. En mi reseña anterior describía, con absoluta desazón, las incidencias de la ceremonia de apertura de los XXII Juegos Centroamericanos y del Caribe en Mayagüez. Revolcar las yaguas viejas de ese histórico mal rato televisivo –y la posterior ceremonia de clausura, tan penosa como la de inauguración—no vale la pena.
Sin embargo, al repasar los incidentes de esta semana para desyerbar la maleza crecida entre mis palabras, descubro que la Divina Providencia me asiste. En medio de los absurdos de la cotidianeidad boricua, se planta un incidente que retoma el tema de los juegos: ahora le toca el turno al ajedrez, prohibido y rescatado en menos de 24 horas por los brillantes administradores del Departamento de Educación (DE).
Por si acaso usted ha sido hipnotizado por la exquisita actuación de Gabriela Spanic en Soy tu dueña, resumo: el miércoles en la tarde, la Unión Nacional de Educadores y Trabajadores de la Educación (UNETE), denunció que un tal Jorge Colón, quien aparentemente fungía como Director de Educación Física para el DE, había prohibido de manera definitiva los juegos de ajedrez en el entorno de la educación pública. La noticia se regó con asombrosa rapidez, así como las críticas absolutas generadas por la absurda idea. Entonces, el recién estrenado secretario del departamento, Jesús Rivera, no sólo negó la noticia, sino que desautorizó al tal Colón –a quien dijo ni siquiera conocer—y recalcó que ofrecerá becas y premios a quienes participen de los torneos y competencias relacionadas con este antiquísimo juego de estrategias.
Tan-tan, fin de la historia. Lo que dijo quien dijo –o lo que no dijo el que debía decirlo—y lo que se dijo después de lo que no se dijo desmadró a los alfiles, tumbó las torres y le dio jaque mate a la estupidez institucionalizada en un ping-pong absurdo que, al día de hoy, todavía no entiendo. ¿Sería que los miembros de la UNETE se desmandaron al revelar una información sin confirmar? ¿O tal vez sí era cierto el dato, pero Jesús El Magnífico lo desvaneció en el aire antes de que reventara aún más las hieles de la opinión pública?
Sólo ellos sabrán, igual que saben los que saben –y dicen lo que pueden—sobre el jueguito de esconder que mantiene el fulano llamado Alberto Velázquez Piñol, descubierto por El Nuevo Día como “el que verdaderamente manda en Educación”. El misterioso hombre de poca educación formal, cuyo salario sobrepasa un cuarto de millón de dólares, tiene cubierta de dos planes médicos y se la pasa viajando entre Nueva York y San Juan (con gastos pagados por el Banco Gubernamental de Fomento) se desplaza como el rey absoluto de la desfachatez gubernamental vigente –de manitas con el recién designado “súper asesor” Carlos Chardón. ¿Cómo es posible? Pregúntenle a los que mandan, a ver qué responden. Creo que todos están muy ocupados jugando a la gallinita ciega: ninguno ve nada malo en los salarios exorbitantes y los privilegios inconcebibles.
La historia de quita y pon que esta semana padeció el ajedrez escolar ya es agua pasada para la controversia pública. Aún así, me parecería propio retomar la visión de la educación física en las escuelas públicas. Entre los malos hábitos, la pobre alimentación y el desinterés general por la escuela, muchos futuros atletas andan por ahí, entusiasmados con sus iPods, sus consolas PSP o hasta con sus celulares. Enfrascados en sus pequeñas pantallas, los chamacos y las nenas –la idiotez electrónica no distingue géneros—se desconectan de su entorno, embobados por las imágenes brillantes, los soniditos capciosos y las tramas guerreras. ¿Cómo convencerlos de que, en lugar de estar ahí como tontos, despegaran las pesadas nalgas de sus asientos para moverse a una mejor vida, más activa y sana? Habría que despertarlos con entusiasmo, convenciéndoles de que la actividad física sí puede proveerles opciones adicionales a su desempeño, igual que el ajedrez sirve para desarrollar sus destrezas lógicas y estratégicas.
No es que ahora todos se conviertan en los futuros Bobby Fischer; habría que comenzar poco a poco a ganar la batalla de la inercia en la que muchos muchachos viven, embobados frente al reto electrónico en lugar de utilizar su creatividad innata. En ese caso, sería bueno rescatar aquellos juegos alegres que caracterizaron mis años infantiles: el arroz con leche que se quiere casar, el pase-mi-sin pase-mi-san o la doña Ana que no está aquí.
También podrían jugar el ponle la cola al burro. El único problema sería que, habiendo tantos por ahí sueltos, el juego se extendería demasiado. Peor aún si fuera una burra: entre la modelo empresaria que se divorcia frente a las cámaras y la senadora bombón que propone días de buenos tratos, ¿a quién escogerían?
Obvio: a la Loto. Juega, juega.