Como si no hubiéramos tenido suficiente: ahora Britney Spears dice que quiere ser congelada cuando muera.
El "nuevo empeño" de esta celebridad es, oh sorpresa, un caprichito de nena curiosa. Dice la noticia que, en lugar de disfrutar las vacaciones en Disneylandia junto a sus (pobrecitos) hijos, la famosa idiota se la pasó averiguando sobre la criogenia. No sé, tal vez fue que el calor en el parque temático se le subió por la entrepierna desnuda y, de pronto, decidió convertirse en limber.
Las excentricidades de estas figuras del mundo público sobrepasan mi humilde entendimiento. Yo no sé si es que el dinero les confiere licencia para hacer lo que les da la gana –en presencia de los medios, claro está—o es que, verdaderamente, se les trastoca la azotea con tanta porquería que se comen, se fuman y se meten en sus ratos de ocio. El que pidan toallas verde esmeralda, agua de un manantial chino y orquídeas negras para adornar sus camerinos me parece estúpido e innecesario, pero ridiculeces como las de La Spears me pegan en la cara y me dejan dando vueltas.
Pero lo peor de la noticia no es el caprichito de la nena, sino la imbecilidad de su ilustre padre. Imagínese que este diálogo ocurre justo en frente del cadáver congelado de Walt Disney. Es más, póngale voces: la de ella es imbécil y molestosa (acompañada por el chamusqueo insufrible de un baboso chicle); la de él es pesada y sentenciosa, como la de un guardián aburrido.
Britney: (mirando el cadáver de Disney) Ay papi, eso es tan cool—
Papá: Pues claro, está congelado.
Britney: Duh, no es eso… Es que yo quiero—
Papá: No empieces--
Britney: (a punto de berrinche) ¿Pero por quéeeeeee?
Papá: Okey. Si no cuesta más de trescientos cincuenta mil—
Britney: (contentísima) ¿En serio? Papá, te amo.
Papá: Sí, okey, vámonos. Aquí apesta a muerto.
Así van por el mundo ellos, padres e hijos, unidos por el denominador común de la estupidez. Claro, el hombre le ríe todas las gracias, encomendado como está a administrar lo que queda de una fortuna que La Spears ha despilfarrado comprando Cheetos y Coca-Cola. Uno podría pensar que se trata de la engorrosa mezcla entre el exceso de recursos y la falta de inteligencia. Sin embargo, cuando uno lee la historia del niño gordo de Indonesia, entonces sí que se desata la locura.
¿Qué cómo me dices tú a mí que una pila de mierda de muchacho de dos años forma un berrinche porque no le dan de fumar?
Pues sí, señor. Allá en Carajolandia –provincia indonesia de la que nadie sabía—un muchachito de culeros llamado Ardi Rizal se vanagloria de su habilidad para hacer circulitos de humo. Mientras citan estadísticas del alto por ciento de niños fumadores en ese país, el padre de la criatura (en conferencia de prensa) admite que “no ve nada de malo” en el vicio de su hijo, que empezó a fumar a los dieciocho meses. Mientras tanto los periodistas, fascinados por la bizarra novedad, apuntan sus cámaras hacia el regordete muchachito. Algo así sería el asunto:
Periodista: (al Papá Indonesio) Cuénteme, ¿cómo es que va la historia?
Papá Indonesio: (mientras saca una cajetilla de Marlboro) Mire no más.
Niño Gordo: (desesperado, saltando de euforia) Papá, quero fuma, quero fuma, QUERO FUMAAAA—
Papá Indonesio: (haciéndose el fuerte) ¡Fumar, no! Eso es malo.
Niño Gordo: (con berrinche) ¡Uuuaaaa! ¡Yo quero! ¡Yo quero! ¡YOOOO QUEEEEROOOOO FUMAAAAA!
Papá Indonesio: (al periodista, mientras le enciende el cigarrillo al nene) ¿Usted ve? Es que le dan rabietas.
Amparados por la difusión masiva, tanto el caprichito de Britney como el fumazo del chamaquito obeso se convierten en eventos infames que sólo aportan a desbordar el tazón del morbo. De pronto, ambos eventos son la comidilla de comentaristas, ocupando tiempo mediático que pudiera muy bien utilizarse para el análisis de asuntos más contundentes. Claro, me dirán los sensatos, hay espacio para todo, y tienes la opción de elegir. Aún cuando esto sea cierto, ¿en qué cabeza cabe perder el tiempo en tanta necedad? ¿Cómo cambia mi vida leyendo estos desatinos del mundo?
Pues sí, cambia y mucho. Nada más pienso en cómo será la versión boricua de estas historias necias. Tal vez, mientras escribo estas líneas, algún chamaco del punto estará hablando con Marín Funeral Home para arreglar sus exequias, en caso de que le cosan el cuerpo a tiros. Su último deseo será dormir hasta la eternidad, recostado sobre un mullido lecho de mantecados Payco.
Ah, y botando humo, para colmo.