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domingo, 31 de enero de 2010

Ay, las fotos...

Esta mañana, en la primera plana del periódico, observé en actitud de profundo estudio el rostro del malhechor. Joven y atractivo, con la mirada perdida, el médico arrepentido parecía buscar el punto exacto en el tiempo, cuando decidió hacer el mágico clic que convirtió su ingenuo ensayo fotográfico en su peor pesadilla.

A pocos minutos de que este asunto convirtiera la explosión de Caribbean Petroleum Company en un triste petardo, le comenté a un colega escritor que el escándalo de las dichosas fotos demuestra (otra vez) el gran poder de las redes sociales. En este caso, la conducta reprobable de algunos médicos –interpretada, juzgada y condenada por su aparente actitud de fiesta y celebración—desató el inmediato código azul ante la plana mayor del Colegio de Médicos Cirujanos de Puerto Rico. Y no era para menos: había que asumir la afrenta, salvaguardar la integridad de esta clase profesional y alertar a sus protagonistas de las posibles sanciones que recibirían por este acto que comenzó, según su autor, con un sincero deseo de compartir lo vivido durante la misión de ayuda a los sobrevivientes de la tragedia haitiana. Sobra decir que, para el joven galeno, será una experiencia inolvidable.

Ahora bien, hay otro aspecto de este marullo mediático que me preocupa mucho más. Tras leer la confesión arrepentida del joven médico, me topo con otra noticia que revela un ángulo interesante, algo menos escandaloso –al parecer para los periódicos locales. El hecho de que la noticia se difundiera como pólvora obedeció al editorial redactado y compartido a través de Facebook por una periodista de nombre Dianne Cabán Arce, una total desconocida para mí.

Lo que se comenta en una nota publicada en El Nuevo Día es que la periodista, al parecer, había tenido amores con uno de los médicos que aparecen en las dichosas fotos. Según la nota, la relación entre ellos no terminó de buen grado. Entonces la señora, amparada en el ejercicio justo de su profesión de informar, se armó de palabras contundentes y denunció lo que hoy ya es noticia vieja.

Pero a mí no me cuadra la historia. El joven médico ha pedido perdón al país y al mundo. Ella, por su parte, se muestra esquiva, al parecer muy cautelosa en sus declaraciones sobre el tema. Al médico culpable lo han convertido en el peor de los hombres por su imprudencia. ¿Y qué pasará con ella? ¿Acaso la medirían con la misma vara si se probara que, en efecto, hubo una intención de despecho tras su denuncia mediática?

No sería la primera vez que esto ocurre. De hecho, recordé que algunos de mis estudiantes de Comunicación Básica me habían comentado en clase que tanto Facebook como MySpace servían para actos de desquite contra ex parejas y amistades. Yo, que a veces vivo en el país de los tontos, me quedé de piedra con sus anécdotas. Alertado por ese recuerdo, decidí investigar, y quedé más que bruto con varios hallazgos espeluznantes:

1. Un par de grupos de Facebook dedicados a planificar actos de venganza.

2. Un hermano enojado que descubrió ante el mundo la “listita caliente” de su hermanita insoportable y, para colmo, bastante… “ligerita”.

3. Un caso de compensación requerida a un joven que propagó fotos de su ex novia en un álbum de Facebook, al que llamó “Bitch”.

4. Un compositor británico que se encontró de frente con su pareja, cuando ella se reveló como la “amante” a la que él enamoró a través de Facebook.

5. Un artículo de un “blog”, ampliamente detallado con instrucciones sobre cómo urdir un plan de venganza cibernética.

Si la historia de Cabán Arce es cierta, me parece que este asunto desvela otras circunstancias más complicadas. ¿Dónde termina el deber del comunicador responsable y empieza la venganza del ser humano herido en su honor? ¿Cómo podemos confiar en que la revelación de noticias impactantes sea real y seria, y no un berrinche?

Quisiera saber qué piensan mis colegas al respecto. Sería interesante analizar si, en la medida en que se ha culpado al responsable de colgar las fotos con un castigo que lo atormenta, también se piensa en las consecuencias de la supuesta acción de la dama tras la brutal denuncia. No es cuestión de tomar bandos, sino de pensar si las malditas fotos, más allá de ser graves por sí mismas, también inciden en una maldad oculta, por estar cargadas de una actitud vengativa que nunca debió trascender al conocimiento público.

Esto me acuerda el día en que conocí a la ex primera dama Maga Nevárez. Junto a un grupo de amigos de entonces, estaba descaradamente colado en una fiesta. Al ver a la señora, las personas con las que yo andaba gritaron de emoción y se pusieron en fila para saludarla. Ella, muy amable, accedió mientras yo la observaba, de lejitos: era delgada, parecía simpática y llevaba demasiado maquillaje. Entonces, mi bandada de hoy ex amigos le pidieron que si, por favor, se podía tomar una foto con ellos, a lo que la doña accedió muy sonriente.

Como no me interesaba retratarme, me ofrecí de fotógrafo voluntario mientras todo el mundo, emocionado y feliz, asumía poses. Entonces ella, en un gesto inusual, les quitó los tragos a todos mis amigos, uno por uno, colocándolos sobre una mesa fuera del alcance del lente.

“Uno nunca se retrata con tragos en la mano”, sentenció la señora, muy seria. “Porque nunca sabes adónde van a caer esas fotos ni quién las va a utilizar.”

Vaya por Dios: jamás pensé que estaría de acuerdo con la esposa de Pedro Rosselló.