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lunes, 9 de enero de 2012

Silencio

Hace unos minutos, cumpliendo con las labores propias de mi género, salí a botar la basura. En el camino, pude avistar la luna esplendorosa, acercándose a su fase llena en medio de un cielo sin nubes. Solo escuché mis pasos aplastando las hojas secas sobre la acera y el estruendo metálico de la tapa que cubre el zafacón. Lo demás era silencio.

Si algo me gusta del “tiempo ordinario”, cuando se apagan las bombillitas y regresamos con desgano a la normalidad, es el agradable sonido de la quietud. En las noches frescas del invierno criollo, solo se escucha el crujir lejano de los insectos. En los días, una que otra voz aislada interrumpe la profundidad insondable, musicalizada solo por el viento del norte que mece las ramas. Por supuesto, quisiera quedarme aquí, pensando en nada mientras escucho que nada suena, pero no puedo: es muy poco el tiempo que resta del receso antes de regresar a la cotidiana realidad.

De hecho, ya esa realidad me golpea cuando –alejado voluntariamente del quehacer noticioso—leo dos titulares en la sección de entretenimiento de El Nuevo Día. Por un lado, se reseña que el cantante Manny Manuel –involucrado en un lamentable pero extraño accidente que, hasta donde sé, lo mantiene aún hospitalizado en Santurce—“no está obligado a declarar” sobre los hechos, según las autoridades. Por otro, el talentoso actor Amaury Nolasco –a través de su representante de prensa—prefirió “no emitir expresiones” sobre las líneas que, en su personaje en la comedia anglosajona Work It, acentuaron el odioso estereotipo del boricua truquero y narcotraficante. Dos silencios muy grandes, mucho más que el mismo que, hace unos minutos, me acogió tiernamente, de camino a la basura.

Cada uno tendrá sus razones para callar y se respetan. En el caso de Manuel, hablar serviría para acallar las mil y una teorías sobre su comportamiento. Sin embargo, gracias a la “extraordinaria” labor de sus representantes, le han cosido la boca junto con las heridas para que no diga más de lo que puede, solo por mantener una imagen que, a ojos vistas, ha quedado mucho más lacerada que su amable rostro. Nolasco, de igual forma, ha decidido ignorar el incidente que ha provocado rabietas a esos representantes boricuas –Vélazquez y Serrano, tan ochentosos—incluyendo al propio Comisionado Residente Pierluisi, ¡oh Dios de los Congresos!  De verdad no sé si la "sonrisita chula" de Amaury servirá para convencerlos de asistir, este año, a su torneo benéfico de golf: es increíble que, en un país con tan mala memoria, también hay muchos que suelen recordar las peores tonterías.

Juzgar a estos seres es, honestamente, perder tiempo y espacio que podría dedicar a mi propio silencio, el que ahora me ocupa. Escucho el teclear de mis dedos opacando el latir de mi corazón. Estoy vivo, en medio de un proceso crucial, haciéndome preguntas importantes y encontrando respuesta a otras mucho más contundentes. Eso es lo que me importa ahora, no la pose de tumba cerrada asumida por estos dos en medio de sus respectivas crisis. No obstante, escucharme en silencio me recuerda, precisamente, una verdad que pretendo recordar en esta fresquita noche de enero: nunca permitas que nadie hable por ti y, peor aún, que alguien te obligue a callar cuando–al menos, por respeto a ti mismo—deberías decir lo que sientes, aunque a otros no les convenga escuchar.

Silencio, amigo, sabes que te aprecio mucho, pero te advierto: si me mandas a callar estás jodido. Siempre, siempre boto la basura por las noches. Calladito, pero siempre mirando pa'l cielo a ver con qué me encuentro.

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