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martes, 13 de marzo de 2012

Roto


Lo evité cuanto pude, pero esto ya rebasó mi límite.

Quise obviar todas las controversias políticas del fin de semana.  Que si Rivera Schatz le dijo a los del Museo de Arte de Ponce que ningunos chavos les iba a aprobar.  Que si la nieta de Ferré se encabronó y, en una carta abierta, hasta resucitó al abuelo.  Que si Iglesias resultó ser el mago de las finanzas que multiplica sus bienes con empresas irregulares sin explicación precisa.  Que si García Padilla anduvo por Seattle comprando “regalitos” para su esposa.  Que si La González se gastó mil cuatrocientos pesos en donas glaseadas para sus achichincles...

L a vergüenza, ajena y privada, por los asuntos descarados y públicos, me abofeteó el rostro demasiadas veces.  Hasta sentí que, en algún momento, había sido injusto con esa Señora Modelo y Empresaria –la Mujer y Madre Perfecta—que he criticado tantas veces: hasta ella me parecía más coherente.

Esta tarde, mientras repaso las noticias para proseguir con mis asuntos, otro bofetón me desprendió la quijada: la flamante senadora Kimmey Raschke, tan bonita y tan rubia ella, ha anunciado que el salón de conferencias del primer piso del Senado llevará el nombre de José Joaquín “Yiye” Ávila.

Foto: Primera Hora/Teresa Canino

Me cago en la madre que me vuelva a parir.


Con la mano en el corazón, lo afirmo: evitaría leer los medios locales si no fuera porque, en el ejercicio responsable de mis obligaciones académicas, la conexión con el panorama noticioso local es justa y necesaria.  No obstante, cada día abro las páginas de esos periódicos con resquemor y miedo: ¿qué nueva barbaridad se les ocurrirá a estos políticos para mantenerse en la discusión pública?

Engancharle el nombre de un gritón que insulta a las mujeres y que "libera" a homosexuales para construir un imperio de cretinos que siguen sus prédicas absurdas es, sencillamente, el colmo.  ¿Con qué méritos se le adjudica esta "distinción"?  La senadora Raschke, tan delicada y bien arregladita ella, responde sin titubeos: “Yiye es un puertorriqueño que representa los valores de nuestra tierra.  Ha logrado trascendencia internacional con su labor y el Senado de Puerto Rico se enorgullece en reconocerlo por su gestión a lo largo de toda su vida”.


Entonces, la robusta González menciona, en otro lugar, el roto.  Sí, el de esas donas que obsequia.  Ese por el que, según ella,se irán el PPD junto con García Padilla en las elecciones de noviembre

Nada más estamos en marzo, y a estas bajuras ha llegado el debate público.  Sin el menor reparo, estos seres que nos gobiernan –los arrimaos, los insultos y los buscones, las tontas, las estacas y las lambías—nos han pasado a todos a través del oscuro agujero por el que transitan sus inmundicias.  Mientras tanto, ellos y ellas esperan que, riéndoles los chistes, acudamos a la justa eleccionaria lambiéndonos los deos embarra'os de Krispy Kreme.

Foto y arte: Noticreo.com
Lo sé: tengo que buscar del cielo para que me llegue una gracia que ahora mismo no encuentro.  A que me voy a ese salón de conferencias a meditar profundamente.  

Quizás, mientras leo a Cate Long, hasta piense en el roto.

lunes, 9 de enero de 2012

Silencio

Hace unos minutos, cumpliendo con las labores propias de mi género, salí a botar la basura. En el camino, pude avistar la luna esplendorosa, acercándose a su fase llena en medio de un cielo sin nubes. Solo escuché mis pasos aplastando las hojas secas sobre la acera y el estruendo metálico de la tapa que cubre el zafacón. Lo demás era silencio.

Si algo me gusta del “tiempo ordinario”, cuando se apagan las bombillitas y regresamos con desgano a la normalidad, es el agradable sonido de la quietud. En las noches frescas del invierno criollo, solo se escucha el crujir lejano de los insectos. En los días, una que otra voz aislada interrumpe la profundidad insondable, musicalizada solo por el viento del norte que mece las ramas. Por supuesto, quisiera quedarme aquí, pensando en nada mientras escucho que nada suena, pero no puedo: es muy poco el tiempo que resta del receso antes de regresar a la cotidiana realidad.

De hecho, ya esa realidad me golpea cuando –alejado voluntariamente del quehacer noticioso—leo dos titulares en la sección de entretenimiento de El Nuevo Día. Por un lado, se reseña que el cantante Manny Manuel –involucrado en un lamentable pero extraño accidente que, hasta donde sé, lo mantiene aún hospitalizado en Santurce—“no está obligado a declarar” sobre los hechos, según las autoridades. Por otro, el talentoso actor Amaury Nolasco –a través de su representante de prensa—prefirió “no emitir expresiones” sobre las líneas que, en su personaje en la comedia anglosajona Work It, acentuaron el odioso estereotipo del boricua truquero y narcotraficante. Dos silencios muy grandes, mucho más que el mismo que, hace unos minutos, me acogió tiernamente, de camino a la basura.

Cada uno tendrá sus razones para callar y se respetan. En el caso de Manuel, hablar serviría para acallar las mil y una teorías sobre su comportamiento. Sin embargo, gracias a la “extraordinaria” labor de sus representantes, le han cosido la boca junto con las heridas para que no diga más de lo que puede, solo por mantener una imagen que, a ojos vistas, ha quedado mucho más lacerada que su amable rostro. Nolasco, de igual forma, ha decidido ignorar el incidente que ha provocado rabietas a esos representantes boricuas –Vélazquez y Serrano, tan ochentosos—incluyendo al propio Comisionado Residente Pierluisi, ¡oh Dios de los Congresos!  De verdad no sé si la "sonrisita chula" de Amaury servirá para convencerlos de asistir, este año, a su torneo benéfico de golf: es increíble que, en un país con tan mala memoria, también hay muchos que suelen recordar las peores tonterías.

Juzgar a estos seres es, honestamente, perder tiempo y espacio que podría dedicar a mi propio silencio, el que ahora me ocupa. Escucho el teclear de mis dedos opacando el latir de mi corazón. Estoy vivo, en medio de un proceso crucial, haciéndome preguntas importantes y encontrando respuesta a otras mucho más contundentes. Eso es lo que me importa ahora, no la pose de tumba cerrada asumida por estos dos en medio de sus respectivas crisis. No obstante, escucharme en silencio me recuerda, precisamente, una verdad que pretendo recordar en esta fresquita noche de enero: nunca permitas que nadie hable por ti y, peor aún, que alguien te obligue a callar cuando–al menos, por respeto a ti mismo—deberías decir lo que sientes, aunque a otros no les convenga escuchar.

Silencio, amigo, sabes que te aprecio mucho, pero te advierto: si me mandas a callar estás jodido. Siempre, siempre boto la basura por las noches. Calladito, pero siempre mirando pa'l cielo a ver con qué me encuentro.

Derechos reservados © 2012

sábado, 31 de diciembre de 2011

Despedida

Todavía no conozco a nadie que disfrute las despedidas: ese momento de desapego en el que nos alejamos de algo –o alguien—arraigado a nuestro corazón duele con cojones. El que diga lo contrario, miente con descaro y necedad absoluta. Sin embargo, decirle adiós a este año es un momento jubiloso para mí.

No puedo tapar el cielo con la mano: este año estuvo absurdamente cabrón. Resumirlo es inútil; no sé ni para qué los noticieros y los periódicos decidieron repasar los eventos que todos queremos olvidar. Sin embargo, en lo personal, debo ser justo: a pesar de todos los malos ratos –que sí fueron malos pero solo fueron ratos—debo admitir que fueron muchas las ganancias. Aprendí lecciones importantes de buenos maestros y maestras que, en su momento, cruzaron por mi ruta para señalarme lo correcto. Comprendí, una vez más, que vivir en familia es un experimento arriesgado para crecer en experiencia, en sabiduría y en paciencia. También supe que los buenos amigos y amigas siempre son y están, sin importar el grado de distancia que nos vincula.

En este año he sido feliz y, cómo no, me he sentido como mierda. He aplaudido a gente maravillosa que me ha emocionado con sus logros –no todos son famosos; hay personas que, pasando inadvertidos, son mucho más grandes que un nombre resonante o una cara conocida. También he abucheado a imbéciles que no merecen ni un segundo de tiempo y energía –aún así, he aprendido a reconocer en sus estupideces lo que no quiero para mí: la mediocridad, la insensatez, la imprudencia.

He abrazado y he reído. Me he encabronado y he llorado. En síntesis, he sido humano: hijo, hermano, amigo, colega, maestro, estudiante, ciudadano. He podido hacer más con lo que tengo y he multiplicado lo que me falta para compartirlo. He entendido que hay momentos, tanto extraordinarios como olvidables, que nunca durarán para siempre: si algo aprendí de ellos es recordar cuán necesario es vivirlos para que nadie te los cuente.

¿Y qué hago con este 2011 que ya se muere? Decirle adiós, por supuesto.

Mientras los minutos avanzan hacia su final inevitable, estoy decidido a ser lo mejor que puedo y a olvidar lo que no me hace falta. Quiero –de verdad que sí—creer que este país tan confuso y desperdigado en que vivo tomará las riendas de su voluntad y, sobreponiéndose a los imbéciles, caminará por rumbos de progreso. Sé que hay personas de gran valor, tan dispuestos como yo a trabajar todos los días para disfrutar de la armonía, la paz y la grandeza que se producen cuando empujamos hacia el mismo lado. Es difícil, sobre todo cuando reconozco que –según hay gente maravillosa—también persiste la mediocridad, la estupidez y la intolerancia. Hay que vivir con eso y, mejor aún, hay que superarlo. Dejar que reine sin enfrentarlo es tan terrible como ignorarlo, así que ni siquiera es una opción permitir que subsista con nuestra indiferencia.

En mi interior, a este nuevo año le tengo muchos deseos. Desde ya empiezo a conocer más gente auténtica que me hace reír con su ingenio y me emociona con su riqueza de alma. Me empeño en saborear la alegría de mis palabras, bien dichas y escritas, sin temor a vomitar por mi propia inconsistencia. Asumo el peso de la armadura para enfrentar a los monstruos, grandes y chiquitos, porque no les tengo miedo. Bendigo a los seres nobles que me acogen en su regazo y agradezco a los que me patean con su idiotez. Toco a la puerta del bien para que me permita entrar, descalzo y sin prisas.

A ti, 2012 que ya te asomas, te reclamo sin vergüenza alguna: para mí quiero lo mejor, porque me lo merezco. Para los míos, quiero eso y más, porque es lo propio. Para mi país, también quiero lo mismo multiplicado al máximo, porque es lo justo. Para el mundo, igual quiero lo mismo y más porque, coño, ya es hora.

A ti, 2011 que ya te largas, te digo adiós y gracias: espero que nunca te repitas, excepto en lo bueno que, aunque parezca poco, nos dejas.

Salud, paz, éxito, amor y alegría. Felicidades a todos y todas.