Me he tomado el atrevimiento de robarle las palabras a mi queridísima Mirelsa, amiga y hermana de alguna otra vida. El plagio es justo y necesario, ya verán por qué.
¿Quién se siente preparado para perder a un hijo?
Es una pregunta de esas que pueden evocar temores ancestrales.
Algunos, los más racionales, argumentarán que la muerte es parte del
proceso evolutivo y que cuando cesan las funciones cerebrales, la
persona está, para todos los efectos, muerta, por lo que desconectarle
las máquinas es la única decisión que tiene sentido. Otros, los más
espirituales, aducirán que si el propósito de vida de una persona se
cumplió y un ser está listo para dejar atrás su cuerpo, no debemos ser
obstáculo en ese proceso, manteniendo artificialmente un cuerpo con
vida.
Karla Michelle, la joven que ha estado luchando por su
vida desde la madrugada en que comenzó el año, ha sacudido al pueblo
puertorriqueño. Personas de todas las denominaciones religiosas, y aún
personas no creyentes, se han desbordado en oraciones y buenos deseos
hacia ella y su familia. Hemos acompañado a esos padres en el tortuoso
proceso de la espera, regocijándonos con cada pequeñita victoria, y nos
hemos sentido devastados por la trágica noticia del repentino cese en su
actividad cerebral.
Como pueblo, hemos crecido. Hemos
depuesto las preocupaciones triviales del día a día por debates intensos
y productivos sobre la violencia que nos arropa. Nos hemos obligado a
hablar de la vida y de la muerte y de las decisiones difíciles que hay
que tomar a veces frente a situaciones realmente cruciales.
Y
en un momento crucial se encuentran los padres de esta jovencita. Están
a la espera de una confirmación desgarradora. El hilo del cual colgaban
todas sus esperanzas, se les desvanece entre las manos, sin darles
tiempo a procesar el desenlace. El ronquidito rítmico que produce el
ventilador les aviva una esperanza que, desde afuera, parece inútil,
pero que a ellos les aplaca un poco el dolor. La posibilidad de que el
espíritu de Karla haya abandonado ya el cuerpo y las máquinas solo estén
preservando la materia orgánica es una idea que no pueden, en este
momento procesar.
Desde afuera, las opiniones afloran por
ramilletes. Desde los que, junto a ellos, imploran por un milagro,
hasta los arrojados que juzgan un trance que, Dios mediante, no
conocerán nunca. Nuestra labor, en este momento, no debe ser la de
juzgar. Esos padres necesitan que sigamos acogiéndolos y arropándolos
con nuestras oraciones y buenos deseos. Necesitan espacio para procesar
lo que les ocurre. Después de todo... ¿Quién se siente preparado para
perder a un hijo?
Karla Michelle ha dejado su huella en este
pueblo. Ha logrado unir a los puertorriqueños en uno de los momentos de
mayor individualismo y desunión en su historia. En su corto paso por
este mundo, ha tocado muchas vidas, algunas con su linda sonrisa, en
tiempos más felices y otros desde su frío cubículo de intensivo. Cuando
sus padres estén preparados, tomarán la decisión que tengan que tomar y
es posible que esta joven alegre pueda seguir viviendo, dando vida a
otros que esperan por una segunda oportunidad.
¡Adelante, Karla, que sigues siendo luz para este pueblo!
Derechos reservados ©2012 Mirelsa Modestti
Hace
un rato, escuchando las motonetas odiosas de los vecinitos que joden
por la calle, daba gracias a Dios por no tener hijos, abrumado por el
maldito ruido con el que los pequeños cabrones violentaban la quietud mañanera. Ahora, leyendo esta reflexión sincera de mi querida amiga, me doy cuenta de que mi
agradecimiento al cielo tiene otras raíces, mucho más profundas. Aun cuando me disfrazo con cara de Herodes ante la
malcriadez y la tiranía de algunos niños --es la estupidez
de sus padres lo que de verdad me enfurece-- la realidad es que mi corazón
nunca, nunca estaría preparado para enfrentar una pena como esta.
Si
yo fuera el padre de Karla --ese hombre humilde con el que nos hemos
encariñado gracias a la cercanía que nos permiten las cámaras
indiscretas de los noticieros-- la bala incrustada en el tallo cerebral de mi pequeña ya
habría encontrado su origen. Me habría metido en los escondrijos donde habitan
esos imbéciles --desde el residencial hasta la urbanización de lujo; aquí no hay distinciones-- hasta
dar con el arma homicida. A su carifresco dueño, ese que anda por ahí roncando de macho con su pistola al cinto, lo habría agarrado por los cueros de la barriga y, sin mediar palabra, lo tiraba delante de las autoridades que se miran las narices mientras los muertos del 2012 ya comienzan a
apilarse en las cunetas. Entonces, me habría largado enseguida, antes de que se me calentaran las neuronas y se me enfriara el corazón: honestamente, no sé de lo que sería capaz.
Gracias, Mirelsa, por tus palabras, que nacen desde el vientre bendito que arrulló a tus hijos. No te pido perdón por robarlas porque las comparto en homenaje sincero a ti, que me permites
querer y respetar a tus hijos como si, en efecto, fueran de mi sangre.
También, las obsequio en sintonía espirititual y respeto profundo hacia aquellos que, en lugares más
discretos, han enfrentado el duro trance que hoy viven los padres de
Karla Michelle, una hija cuya vida breve para el mundo debe ser eterna,
siempre eterna, para la conciencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario