Tienes razón, querido amigo JE: los
artistas no están hechos de otra sustancia.
Son humanos, igual que nosotros –nacen, crecen, se casan, se divorcian, tienen
hijos, éxitos y fracasos. Se
enferman. Y mueren. Sorprenderse y llorar su muerte parecería un
ejercicio fútil, hasta ridículo.
Para morir, nacimos, y es muy cierto. Nadie permanece suspendido en la eternidad, trascendiendo
fronteras de la historia como si cruzara una calle tranquila. Sin embargo, cuando se muere gente como Donna
Summer, es imposible evitar que con su espíritu también se vaya un poquito de
tu alma.
Era el verano de 1975 cuando escuché por
primera vez los gemidos cuasi pornográficos de aquella muchacha negra oriunda de
Boston, repentinamente encumbrada a la fama en los Estados Unidos con su Love to Love You, Baby. Recién nacía la música “disco” –la que
aprendería a bailar en mi casa, siendo yo demasiado joven como para imaginarme
siquiera en una discoteca—y LaDonna Adrian Gaines transformó su apellido alemán
de casada en Summer para ingresar con estrépito al mercado musical anglosajón, convirtiéndose
en un fenómeno de incuestionable popularidad.
De pronto, aquella voz melosa y sensual se apoderó de mis neuronas
vírgenes, quizás por causa de algún presentimiento histórico: acompañada del
incansable boom-boom de los tambores
discotequeros, su música se convertiría en la banda sonora de mi adolescencia.
Si supieras, JE. Tan reciente como este sábado, pasé a mi iPod
unas noventa canciones de la “reina del disco”, remezcladas como versiones de
música bailable. Escuchar aquellos acordes
revivió el recuerdo de un pasado agridulce, lleno de ingenuidades,
transgresiones, entusiasmos y descubrimientos en mi rítmico andar hacia la
adultez. A pesar de que aquella “música
del demonio” –que Summer invocaba con sus quejidos orgásmicos—significó el
preludio de una era estrambótica y autodestructiva, en mi universo no cabía el
temor por su influencia. Resguardado del
maléfico influjo de las noches discotequeras (que descubriría luego, ya
moribundas, en la década de los ochenta), me concentré en aprender esas canciones
y disfrutarlas con alegría inocente.
Sólo porque quería bailar y ser feliz.
Así fue que, por dos días consecutivos, la
música de Donna me acompañó a todas partes.
Llegando al trabajo con el pegajoso estruendo de Our Love y Lucky –dos de los
cortes más exquisitos de su disco Bad
Girls (1979)—grité con ganas: “Carajo, ¡estas canciones tienen más de treinta años y suenan tan sabrosas como el primer
día!”. El martes hasta me dormí, con
los audífonos incrustados en las orejas, escuchando el mágico boom-boom que siempre adornó esa voz inconfundible.
Quién me iba a decir que hoy haría lo
mismo, sollozando por su partida. Porque
sí, JE, su muerte me apretó el corazón hasta llorarla como si hubiera sido mi
familia.
Porque lo fue. Donna Summer abrazó mis alegrías y secó mis lágrimas
de niño inocente, de adolescente feliz, de adulto ilusionado. Me hizo bailar ilusiones y descargar mis
energías con una canción en los labios, como una de esas tías embelequeras que siempre
te siguen la corriente.
Antes te dije, mi querido amigo, que nadie
permanece suspendido en el tiempo. Estaba
equivocado: el recuerdo de esa mujer grandiosa quedará por siempre grabado en
mi memoria y en la de quienes vivimos, crecimos y amamos con su música. Siempre dulce, como el saborcito rico de una
dona recién glaseada. Siempre alegre,
como el acalorado ritmo de una bulla veraniega.
