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jueves, 17 de mayo de 2012

Summer


Tienes razón, querido amigo JE: los artistas no están hechos de otra sustancia.  Son humanos, igual que nosotros –nacen, crecen, se casan, se divorcian, tienen hijos, éxitos y fracasos.  Se enferman.  Y mueren.  Sorprenderse y llorar su muerte parecería un ejercicio fútil, hasta ridículo.

Para morir, nacimos, y es muy cierto.  Nadie permanece suspendido en la eternidad, trascendiendo fronteras de la historia como si cruzara una calle tranquila.  Sin embargo, cuando se muere gente como Donna Summer, es imposible evitar que con su espíritu también se vaya un poquito de tu alma.

Era el verano de 1975 cuando escuché por primera vez los gemidos cuasi pornográficos de aquella muchacha negra oriunda de Boston, repentinamente encumbrada a la fama en los Estados Unidos con su Love to Love You, Baby.  Recién nacía la música “disco” –la que aprendería a bailar en mi casa, siendo yo demasiado joven como para imaginarme siquiera en una discoteca—y LaDonna Adrian Gaines transformó su apellido alemán de casada en Summer para ingresar con estrépito al mercado musical anglosajón, convirtiéndose en un fenómeno de incuestionable popularidad.  De pronto, aquella voz melosa y sensual se apoderó de mis neuronas vírgenes, quizás por causa de algún presentimiento histórico: acompañada del incansable boom-boom de los tambores discotequeros, su música se convertiría en la banda sonora de mi adolescencia.

Si supieras, JE.  Tan reciente como este sábado, pasé a mi iPod unas noventa canciones de la “reina del disco”, remezcladas como versiones de música bailable.  Escuchar aquellos acordes revivió el recuerdo de un pasado agridulce, lleno de ingenuidades, transgresiones, entusiasmos y descubrimientos en mi rítmico andar hacia la adultez.  A pesar de que aquella “música del demonio” –que Summer invocaba con sus quejidos orgásmicos—significó el preludio de una era estrambótica y autodestructiva, en mi universo no cabía el temor por su influencia.  Resguardado del maléfico influjo de las noches discotequeras (que descubriría luego, ya moribundas, en la década de los ochenta), me concentré en aprender esas canciones y disfrutarlas con alegría inocente.  Sólo porque quería bailar y ser feliz.

Así fue que, por dos días consecutivos, la música de Donna me acompañó a todas partes.  Llegando al trabajo con el pegajoso estruendo de Our Love y Lucky –dos de los cortes más exquisitos de su disco Bad Girls (1979)—grité con ganas: “Carajo, ¡estas canciones tienen más de treinta años y suenan tan sabrosas como el primer día!”.  El martes hasta me dormí, con los audífonos incrustados en las orejas, escuchando el mágico boom-boom que siempre adornó esa voz inconfundible.

Quién me iba a decir que hoy haría lo mismo, sollozando por su partida.  Porque sí, JE, su muerte me apretó el corazón hasta llorarla como si hubiera sido mi familia. 

Porque lo fue.  Donna Summer abrazó mis alegrías y secó mis lágrimas de niño inocente, de adolescente feliz, de adulto ilusionado.  Me hizo bailar ilusiones y descargar mis energías con una canción en los labios, como una de esas tías embelequeras que siempre te siguen la corriente.

Antes te dije, mi querido amigo, que nadie permanece suspendido en el tiempo.  Estaba equivocado: el recuerdo de esa mujer grandiosa quedará por siempre grabado en mi memoria y en la de quienes vivimos, crecimos y amamos con su música.  Siempre dulce, como el saborcito rico de una dona recién glaseada.  Siempre alegre, como el acalorado ritmo de una bulla veraniega.


viernes, 13 de enero de 2012

Karla

Me he tomado el atrevimiento de robarle las palabras a mi queridísima Mirelsa, amiga y hermana de alguna otra vida.  El plagio es justo y necesario, ya verán por qué.
¿Quién se siente preparado para perder a un hijo?

Es una pregunta de esas que pueden evocar temores ancestrales. Algunos, los más racionales, argumentarán que la muerte es parte del proceso evolutivo y que cuando cesan las funciones cerebrales, la persona está, para todos los efectos, muerta, por lo que desconectarle las máquinas es la única decisión que tiene sentido. Otros, los más espirituales, aducirán que si el propósito de vida de una persona se cumplió y un ser está listo para dejar atrás su cuerpo, no debemos ser obstáculo en ese proceso, manteniendo artificialmente un cuerpo con vida.
Karla Michelle, la joven que ha estado luchando por su vida desde la madrugada en que comenzó el año, ha sacudido al pueblo puertorriqueño. Personas de todas las denominaciones religiosas, y aún personas no creyentes, se han desbordado en oraciones y buenos deseos hacia ella y su familia. Hemos acompañado a esos padres en el tortuoso proceso de la espera, regocijándonos con cada pequeñita victoria, y nos hemos sentido devastados por la trágica noticia del repentino cese en su actividad cerebral.

Como pueblo, hemos crecido. Hemos depuesto las preocupaciones triviales del día a día por debates intensos y productivos sobre la violencia que nos arropa. Nos hemos obligado a hablar de la vida y de la muerte y de las decisiones difíciles que hay que tomar a veces frente a situaciones realmente cruciales.

Y en un momento crucial se encuentran los padres de esta jovencita. Están a la espera de una confirmación desgarradora. El hilo del cual colgaban todas sus esperanzas, se les desvanece entre las manos, sin darles tiempo a procesar el desenlace. El ronquidito rítmico que produce el ventilador les aviva una esperanza que, desde afuera, parece inútil, pero que a ellos les aplaca un poco el dolor. La posibilidad de que el espíritu de Karla haya abandonado ya el cuerpo y las máquinas solo estén preservando la materia orgánica es una idea que no pueden, en este momento procesar.

Desde afuera, las opiniones afloran por ramilletes. Desde los que, junto a ellos, imploran por un milagro, hasta los arrojados que juzgan un trance que, Dios mediante, no conocerán nunca. Nuestra labor, en este momento, no debe ser la de juzgar. Esos padres necesitan que sigamos acogiéndolos y arropándolos con nuestras oraciones y buenos deseos. Necesitan espacio para procesar lo que les ocurre. Después de todo... ¿Quién se siente preparado para perder a un hijo?

Karla Michelle ha dejado su huella en este pueblo. Ha logrado unir a los puertorriqueños en uno de los momentos de mayor individualismo y desunión en su historia. En su corto paso por este mundo, ha tocado muchas vidas, algunas con su linda sonrisa, en tiempos más felices y otros desde su frío cubículo de intensivo. Cuando sus padres estén preparados, tomarán la decisión que tengan que tomar y es posible que esta joven alegre pueda seguir viviendo, dando vida a otros que esperan por una segunda oportunidad.

¡Adelante, Karla, que sigues siendo luz para este pueblo!
Derechos reservados ©2012 Mirelsa Modestti 
Hace un rato, escuchando las motonetas odiosas de los vecinitos que joden por la calle, daba gracias a Dios por no tener hijos, abrumado por el maldito ruido con el que los pequeños cabrones violentaban la quietud mañanera.  Ahora, leyendo esta reflexión sincera de mi querida amiga, me doy cuenta de que mi agradecimiento al cielo tiene otras raíces, mucho más profundas.  Aun cuando me disfrazo con cara de Herodes ante la malcriadez y la tiranía de algunos niños --es la estupidez de sus padres lo que de verdad me enfurece-- la realidad es que mi corazón nunca, nunca estaría preparado para enfrentar una pena como esta.  
Si yo fuera el padre de Karla --ese hombre humilde con el que nos hemos encariñado gracias a la cercanía que nos permiten las cámaras indiscretas de los noticieros-- la bala incrustada en el tallo cerebral de mi pequeña ya habría encontrado su origen.  Me habría metido en los escondrijos donde habitan esos imbéciles --desde el residencial hasta la urbanización de lujo; aquí no hay distinciones-- hasta dar con el arma homicida.  A su carifresco dueño, ese que anda por ahí roncando de macho con su pistola al cinto, lo habría agarrado por los cueros de la barriga y, sin mediar palabra, lo tiraba delante de las autoridades que se miran las narices mientras los muertos del 2012 ya comienzan a apilarse en las cunetas.  Entonces, me habría largado enseguida, antes de que se me calentaran las neuronas y se me enfriara el corazón: honestamente, no sé de lo que sería capaz.
Gracias, Mirelsa, por tus palabras, que nacen desde el vientre bendito que arrulló a tus hijos.  No te pido perdón por robarlas porque las comparto en homenaje sincero a ti, que me permites querer y respetar a tus hijos como si, en efecto, fueran de mi sangre.  También, las obsequio en sintonía espirititual y respeto profundo hacia aquellos que, en lugares más discretos, han enfrentado el duro trance que hoy viven los padres de Karla Michelle, una hija cuya vida breve para el mundo debe ser eterna, siempre eterna, para la conciencia.