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domingo, 26 de octubre de 2008

Anna, querida

Siempre por estas fechas te recuerdo, y es inevitable: se acerca la conmemoración de tu natalicio. La nostalgia de aquellas tardes que pasamos juntos en la vieja casona de la avenida McLeary se me anuda en la garganta: todavía, después de tantos años de tu partida, te extraño mucho. Pero tenías que irte al próximo plano, seguramente a inventar alguna pasarela de nubes para que las criaturas celestes conocieran la experiencia que tanto disfrutaste hacer en tu vida terrena.

Sin embargo, con todo y lo que todavía te recuerdo, ha sido bueno que te fueras. No me imagino cómo podrías vivir en este mundo lleno de cambios que se te hizo difícil soportar. Tal vez por eso decidiste que tu mente vagara por mundos extraños, ajena a la realidad que enfrentaste con la soledad, la pobreza, la incertidumbre… Fueron años muy duros los de tu ocaso: lo sé, porque estuve allí, tratando de que tu vida continuara como si nada, como en aquellos años cuando eras “la creadora de reinas”…

Era el mes de agosto de 1995. Aquella noche íbamos a casa de Millie para discutir algún asunto relacionado con la producción. En aquel vertedero ambulante que Omar llamaba carro, nos montamos todos: Eggie, Benny, Félix, Javier y yo, apiñados, hablando a la misma vez, tratando de sobrevivir mientras Omar manejaba hasta Bayamón como un demente. De pronto, el muy infeliz se sacó un CD de no sé dónde y comenzó aquel corito que todos, al mismo tiempo, cantamos como una canción de escuela: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción/pues hoy yo represento aquí/a mi pueblo, mi país…”

Ése es el saludo que nuestra Myrthy –tuya y mía, y de todos los que la amamos—me dejó en el correo de voz hace un par de días, y me hizo recordarte. No sólo a ti, sino a aquellos tiempos cuando, más pobres e ingenuos, jugábamos a producir uno de los eventos televisivos más recordados de nuestra historia moderna. Eran largos, ridículos e insoportables aquellos concursos que tú y Eddie se inventaban. Aún así, nos provocaban una sensación ingenua que ahora se diluye en naderías.

Anoche, mientras observaba la grabación de la infame producción del canal 4 –donde, por muchísimos años, se pasaba tu evento—no pude evitar el recuerdo de la única vez que te vi llorar… Fue aquel día, en el Centro de Bellas Artes de Guaynabo, mientras intentábamos producir el evento después de que te quitaran la franquicia nacional para ir a Miss Universo. Ese día en particular –uno de los diez previos a la gran gala final—a uno de los muchachos se le zafó el comentario malicioso que alguien dijo sobre ti y la forma en que, supuestamente, te aprovechabas de las “niñas” que participaban en tu competencia.

Nunca supe si eso fue o no cierto y, la verdad, no me interesa. Lo que sí recuerdo es que, luego de haberte conocido así, tan fuerte y tan atrevida, tan señora de señoras, tu llanto profundo me desconcertó. “No puedo más”, decías entre sollozos, quitándote por primera vez el sombrero de las dos de la tarde que escondía las canas sin retocar.

Esa tarde nunca se me olvida. Verte lastimada por las insolencias del chisme televisivo local, institucionalizado en la cena de las seis de la tarde, fue el principio del final.

Sin embargo, sé que nunca te fuiste del todo: Myrthy –nuestra, tuya y mía—me contó que una de las últimas veces que te visitó en el asilo, te llevó a pasear por el jardín. Ya casi no reconocías a nadie, y ella te iba a ver, siempre tan fiel y tan divina. Entonces, se sentó contigo y, después de arreglarte un poco, te cantó como quien arrulla a un niño: “Me siento muy feliz”… Tus ojitos, ya casi apagados, se encendieron y balbuceaste el verso siguiente: “me embarga la emoción”…

Perdóname la insensatez de escribirte esta carta que no leerás, porque ya eres espíritu. Pero no puedo evitar el recordarte: son muchos los que han invocado tu nombre en estos días, luego del desastre televisivo que anoche vi con gran vergüenza ajena. Porque todavía, a estas horas, la gente invoca, en nombre de la insensatez y la mediocridad, tu nombre: Anna Santisteban, la que sí sabía, la que hace falta, la que, según ellos, estará revolcándose en la tumba…

Pero yo sé que no: sabe Dios en qué dimensión universal sigues coronando reinas, tan única e irrepetible como siempre.