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martes, 25 de noviembre de 2008

De nada

Como ha ocurrido en muchos hogares de nuestro país, desde temprano en la vida me aleccionaron a participar del ritual festivo del último jueves de noviembre. Por más pobres que fuéramos, en mi casa siempre había un modesto pavito asado para degustar, cual peregrinos criollos del mítico “Mayflower” reubicados en una casa de cemento. Sin embargo, en esta era cuarentosa, mi percepción del asunto ha cambiado considerablemente: en realidad, me importa torta comer o no comer del ave simbólica, cuya tradición inicia el jolgorio navideño nacional. Es más, cuando miro las tristes aves apiladas en las neveras del colmado, padeciendo el suplicio de la congelación, sigo de largo sin que me asalte un terrible cargo de conciencia.

Lo que sí no he podido olvidar es sentir agradecimiento por todo lo bueno que he vivido durante estas cuatro décadas. Para empezar, todavía estoy de pie y en una sola pieza, según me dijo un querido compañero profesor el otro día que nos cruzamos en el pasillo. También, como fue mi decreto desde que inicié mi carrera profesional, he podido hacer lo que me gusta (y para colmo, me pagan por ello). Para completar, tengo el amor de la familia, los amigos y amigas… En verdad, soy un hombre afortunado.

Aún así, reconozco que todavía hay personas que no pueden reconocer estas verdades en su vida. Atontados por el opíparo banquete en su versión criolla del pavochón relleno con mofongo y otras minucias criollas que, entre puritanos y aborígenes, resultarían aberrantes, es muy común que el meollo de la celebración se diluya como esa extraña salsa marrón con la que se adereza la reseca pechuga. Antes, cuando el “ritualis pavum” formaba parte de mi vida, no fueron pocas las veces en las que la oración de gracias pasaba por alto o, sencillamente, se despachaba con un padrenuestro apura’o y vamo’ a caerle encima al animal antes de que se enfríe. Entonces, sumidos en el estado comatoso post-hartera, probablemente alguien menciona la bendita política o lo cara que está la vida y, de inmediato, el relleno brota por las orejas mientras el corrillo de boricuas sobrealimentados repite la fastidiosa letanía: “qué malo está este país”.

No se puede negar la realidad, ni tapar el sol con un dedo. Con las complicadas circunstancias en las que nos ha tocado vivir durante esta época, hay que buscar la manera de enfrentarse a la realidad con agradecimiento por todo lo que tenemos. Son muchos los defectos que tiene este país, pero al menos no estamos en medio del Congo, con una guerra en las costillas, o en Haití, tratando de sobrevivir después de tantos desastres atmosféricos. Pero nos gusta vivir la telenovela: no bien se mastica el último pedazo de cuero y se traga el buche final de la cerveza, caemos en la vorágine del pesimismo. Por supuesto, el tiempo no está como para regodeos y muchas personas viven a diario sin saber cómo le harán para respirar con el agua hasta el cuello y una marea que no da tregua…

Por eso, pienso que este asunto del comer pavo es un mero accesorio del que se puede prescindir. Cuando sé que hay personas que no tienen para completar el mes, que viven con el temor de que les quiten sus carros o sus casas porque todavía no recuperan el empleo perdido, admito que me repugna el pavo, el relleno y el asombroso despilfarro de comida. Claro, tampoco puedo decir que, como ya no me interesa el pavo, el mundo debe privarse de esta cena: si es de su gusto hacerlo y a conciencia de la oportunidad para compartir en armonía, bienvenido sea.

Lo que sí me gustaría recalcar es la importancia de una simple respuesta que, aunque cuesta poco, tiene un gran valor. No sé si es por la prisa con la que vivimos o porque se ha perdido la costumbre, pero en los últimos meses he notado que la gente ya no responde al simple “gracias” con el acostumbrado “de nada” que tanto me machacaron cuando era chiquito. Quiero pensar que es una distracción y no una nueva costumbre: por lo general, el boricua es característico por el “buen provecho” y el “que salgan pronto” en los restaurantes y las oficinas médicas.

Así que este año, si puede, haga el ejercicio. Además de dar gracias por lo bueno, lo malo y lo regular, también diga “de nada” y “a la orden”. Asegúrese de no perder la costumbre del agradecimiento que es, como bien dice el refrán, costumbre de bien nacidos. Y también diga “de nada” cuando alguien le agradece un favor, un gesto, una palabra bonita. Porque, si bien es importante agradecer la bendición recibida, reconocer que la buena voluntad nace como un gesto sincero que no cuesta nada nos embucha de alegría. Mucho más que todos los pavos del mundo.

¡Feliz Día de Acción de Gracias!