lunes, 27 de octubre de 2008

Verde, que no te quiero

“It’s not easy being green.”
Kermit The Frog


No sé por qué siempre me mira con tan mala cara cuando me acerco. Para empezar, lo único que hago es cumplir con el deber ciudadano, consciente de que es importante reducir la contaminación por el uso excesivo del plástico. Pero no: tan pronto me acerco, ella monta la cara larga, odiosa y poco amable, como si la ofendiera o, mucho peor, como si no le gustara.

Resulta que, desde hace ya un tiempo, he adoptado la buena costumbre de llevar mis propias fundas reutilizables al colmado cuando hago la compra. En principio, debo admitir que las escogí por moda y porque me parecieron de lo más simpáticas. Sin embargo, a largo plazo sé que son parte de lo que, inevitablemente, tendremos que hacer si queremos vivir en un mundo más limpio.

El caso es que, desde que inicié la costumbre, me he encontrado con un sinfín de tropiezos, culturales en su mayoría. La primera vez que le dije a un “bagger” que no empacara mi compra en esas odiosas bolsas plásticas, me miró como si tuviera lepra. Acto seguido, el muchachito –flaco, con mechitas y unas extraordinarias cejas de María Félix—abandonó su puesto, y se puso a jugar con su celular en una esquinita. El pobre, se perdió la propina.

Otro día, me acerqué al terminal de pago, en uno de esos lugares donde la misma cajera empieza a girar un torno donde están ensartadas las benditas bolsas plásticas. “No, no se preocupe”, le dije cuando echó el primer artículo en una bolsa y ya tenía el segundo listo para echarlo en la segunda. Le aclaré, con mi sonrisa de Oh Gran Salvador de la Humanidad, que traía mis fundas. Ella respondió a mi entusiasmo con la gracia de un cartón vacío. Si le hubiera arrancado las uñas acrílicas con un alicate, no le habría dolido tanto mi indiferencia.

Aún con esos truenos, insistí en la práctica. Fui a otra tienda y, llegado el momento, recibí una reacción hasta ahora inusual: la muchacha de la caja se impresionó. “¿Dónde las compró, señor?” (Sí, ya me dicen “señor”, la pinta cuarentosa es inevitable.) Le expliqué que he comprado algunas en las tiendas que las ofrecen y otras me las han obsequiado. La cajera, cerciorándose de que nadie la escuchaba, me confesó. “Ojala y aquí trajeran eso…” Yo le digo, “Bueno, es cuestión de conciencia. Ustedes pueden hacer su parte, educando a los clientes, ofreciéndoles la alternativa…” No pude continuar: de pronto, la gerenta se acercó y ella continuó la transacción, como si nunca hubiera cruzado palabra conmigo. La supervisora en cuestión me miró bastante raro mientras yo echaba mis bártulos en aquellas fundas extrañas. Cuando abandoné el terminal, vi con el rabo del ojo que se acercó a la cajera.

Me imagino el interrogatorio:

“¿Y ese señor? ¿Por qué llevaba las compra en una bolsa tan rara?”

“No es una bolsa rara, misis… Es una bolsa de ésas, de las que se reusan…”

“Aquí no puede usarse eso. Tienes que ponerles muchas bolsas a los clientes. ¡Dobles!”

“Pero es que—

“Nada. Tienes que hacerlo. Acuérdate: es tu trabajo.”

Poco a poco, he impuesto el uso como una costumbre. Pero me ha tocado ésta, que siempre me monta cara cuando llego con mi carrito de compra y lo primero que suelto son las benditas bolsas de reuso. Las dejo sobre la banda negra del terminal, en actitud desafiante, anunciando que no habrá empaque apurado ni descubrimientos insólitos, como la vez que encontré un cepillo de dientes empacado en doble bolsa plástica. ¿En qué estaría pensando esa pobre muchacha? ¿Será que les exigen gastar una cantidad de bolsas por día, so pena de rebajarles el sueldo a medio dólar?

En fin, que ésta no me quiere porque soy un ciudadano verde. “Que no te quiero”, pensará la muy pesada cuando me ve así, tan ecológicamente amigable. Y yo le respondo con una sonrisa, si es que logro que me mire a los ojos. “Yo sé, es la falta de costumbre”, pienso mientras practico la compasión. “Si estuvieras en algún pueblillo más amable, de esos que hay por montones alrededor del mundo, comprenderías que ésta será la norma y no la excepción.” Pero no hay manera: ella sigue ahí, con cara de mala noche y peor día, empeñada en empujarme las bolsas que su empresa compra por cientos de millones, y que yo no volveré a usar porque ya no las necesito.

¿Llegaremos a la conciliación? Tal vez, cuando se dé cuenta de que tendrá que vestir, comer, calzar y arroparse con las bolsas, en un futuro no muy lejano. Entonces, cuando me vea llegar, toda pegajosa por el sudor que le produce el plástico pegado a su cuerpo, me sonreirá.

Digo, si es que puede.

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