Mostrando entradas con la etiqueta José. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de noviembre de 2008

¿Y pa' qué?

Cuando José llega a su casa, siempre me pregunto lo mismo. Es que no lo entiendo: a duras penas se lo veía por el entorno cuando era soltero y un poco más joven. Todavía lo recuerdo: ese muchacho bocón era uno de los que siempre tenía algún invento para celebrar, y compartía con el barrio entero sus andanzas: la llegada del ruidoso grupete que venía a rescatarlo para ir a la playa, el reperpero de los panitas que le tocaban bocina frente a la casa para llevárselos al cine, las risitas de las muchachas que le llamaban con voz melosa para sonsacarlo con alguna invitación a cualquier festejo…

Una de las pocas veces que hemos hablado en los últimos años, lo recuerdo muy bien, me lo dijo sin mucho rodeo: “Estoy loco por casarme para irme de casa… Ya no aguanto las manías de Mami, que siempre se la pasa dándome órdenes.” No recuerdo exactamente qué le contesté, pero sí me consta que le mencioné que le llegaría el tiempo en que, como todo el que busca su horizonte, alzaría vuelo para hacer nido en otra parte. Y así ocurrió, de repente: un buen día se escucharon alborotos en el barrio y pasó frente a la casa en escandalosa comitiva –como buena boda jíbara boricua, aunque vivamos en urbanización.

José pasaba de treinta años cuando decidió casarse. Después de la boda, casi ni se le veía por sus antiguas calles luego de que, por fin, se había liberado del yugo materno. En unas navidades, me lo encontré justo cuando se estacionaba para visitar a su vieja, la misma de la que había renegado antes. Ahora venía acompañado de su esposa y, por supuesto, nos ofrecimos el saludo festivo de rigor. Se le veía feliz, satisfecho. Mi profecía, al parecer, se había cumplido.

Hasta que la mujer salió preñada.

De pronto, el muchacho comenzó a visitar la casa de su madre con más frecuencia. A veces, al levantarme para recoger el periódico, me topaba con su carro estacionado justo en frente del portón de mi casa. Bueno, pensé yo, será que ahora trabaja más cerca, presumí. Honestamente, no era mi asunto, así que lo dejé pasar, concentrado en asuntos más importantes.

Pero las visitas se hicieron cada vez más frecuentes. Eran más las veces que lo veía en casa de su mamá, a veces solo, a veces con su esposa que –según la costumbre oriental— le seguía los pasos a distancia, en vez de caminar a su lado. El progreso del embarazo se hizo evidente y, de igual forma, las visitas de José a su antiguo hogar aumentaron casi a diario. Incluso hasta creí que, por alguna extraña razón, había regresado a vivir al lugar que tanto añoró abandonar.

Hoy día, ya convertido en padre de un varoncito que apenas tendrá unos dos meses, le veo a diario. Carga con una mudanza cada vez que desembarca en la casa de su madre: el coche inmenso, el corral inverosímil, bultos, maletas, biberones y no sé cuántos tereques infantiles. Su mujer ya no viaja al lado suyo en el automóvil: siempre va montada atrás, al lado del niño recién nacido. Por cierto, cuando llegan, es él quien se encarga de bajar al niño y entrar a la casa a recibir los parabienes de su madre (la misma rezongona de antes) mientras la recién parida esposa carga como puede el cargamento que él, tan considerado y amable, ha depositado sobre la acera.

No es la primera vez que observo este fenómeno. El caso de José es uno de muchos que conozco y que, inexplicablemente, se multiplica alrededor con una frecuencia inusual: de repente, cuando están jóvenes y llenos de vida, claman por una libertad que, tan pronto consiguen, parecen revocar a la primera de cambio. Entonces, regresan al nido recién abandonado, todavía caliente, a guarecerse debajo de las alas de sus madres que les reciben para cuidarles los críos a la menor provocación.

¿Y pa’ qué tanta prisa en casarse? ¿Pa’ qué tantas ganas de ser independientes si, cuando de verdad lo son, no pueden despegarse del fondillo de sus padres? Que alguien me lo explique, porque yo todavía no lo entiendo.

Quizás deba preguntarle a José que, para variar, hoy está de nuevo en casa de su mamá-niñera.