Cuando llegó, se sentó justo frente a mí sin siquiera notar mi presencia. Busqué su mirada para saludarla, extrañado de que, justo el día antes, no estuviera en mi salón de clases. Entonces, noté que su intención no fue ignorarme: en sus ojos se dibujaba una ausencia inocente, como la de un perrito perdido en la avenida. Traía los hombros enrojecidos y las mejillas encendidas: nada más de mirar su inmensa mochila y un humilde bultito a punto de desbordarse, supe que venía de lejos y con bastante peso encima.
La llamé por su nombre y volvió al mundo, sorprendida. Reaccionó con una sonrisa, abochornada por no haberme saludado antes. Con tono humilde, se disculpó por su ausencia de ayer. Le pregunté cómo se encontraba y, aunque me aclaró con vehemencia que todo estaba en orden, admitió que tenía “algunos problemas familiares”. Como es obvio, no quise indagar, pero ella enfatizó que estaba preocupada por sus ausencias, pues no quería perjudicar su desempeño del semestre en curso. No me sorprendió el comentario cuando recordé que ha sobresalido en las dos pruebas presentadas hasta ahora, en las que demostró un excelente dominio de la materia y una particular habilidad para redactar con coherencia y precisión.
Regresé al espacio donde otra estudiante culminaba un trabajo de reposición para mi clase y, movido por el instinto, la llamé para que me acompañara. Se sentó con elegancia, sin perder la sonrisa que, ahora más de cerca, definí como una mueca que intentaba malamente disimular la tristeza. Poco fue lo que tuve que hacer para que, de pronto, revelara el propósito de su visita a la facultad: necesitaba orientación porque había tenido que abandonar su casa en busca de protección. Su padre, al parecer sumido en el abismo de una enfermedad mental sin tratamiento, se había adueñado de la casa que ella compartía junto a su mamá y su hermana mayor, convirtiéndose en un peligro inminente.
Acostumbrado a escuchar historias estudiantiles manoseadas con el toque melodramático para ganar tiempo y consideración, quise mantener la cara de palo. Pero algo me alejó de mi costumbre: cuando me habló de sus circunstancias, percibí el esfuerzo sobrehumano que hacía para no perder la calma ni el control, ahogando la emoción que, por momentos, le quebraba la voz.
Y habló. Mucho.
Me contó de su lucha por sobrevivir a la esquizofrenia de su padre, mientras ella y su hermana intentaban concienciar a la madre sumida en el desánimo y la impotencia que, con este último incidente, comienza a perder con lentitud para decidir a favor de su seguridad. Me confió su temor de no perder todo lo que ha logrado en sus estudios, los que ha mantenido con excelentes calificaciones a pesar de las circunstancias difíciles. Entonces, por un instante, sus ojos abandonaron la tristeza al pensar en sus planes futuros, aunque admitió que “ya se las arreglaría” para costear sus estudios graduados.
Mi referencia de ella era la de una estudiante que se hace sentir en el contexto del salón, por sus opiniones articuladas y su deseo de aprender. Pero hoy la conocí como una joven valiente que lucha con ganas, desesperadamente, deseosa de encontrar su norte en medio de un abismo del que, con trabajo, ha logrado librarse. Y, aunque no quise, la vi como a una hija que, si fuera mía, me enorgullecería hasta reventar de sólo de verla así, tan decidida para enfrentar el mundo, cargando en su mochila sueños y esperanzas que se resiste a perder.
Cuando salí de la oficina y la dejé sentadita, abrazada a su gran mochila, no tuve el valor de mirarla. Sabía que las lágrimas me traicionarían al verla así, tan sola pero tan valiente. Sé que otras manos se hicieron cargo, ayudándola en la marcha que ella continuará, aún con el enorme peso que carga sobre sus hombros enrojecidos.
Sólo le pido a Dios que nunca pierda el norte.