Había planes de salir de compras, aún con la mañana húmeda y el calor incómodo. Desde temprano, el aura era de un entusiasmo tímido, pues con Mami uno siempre debe irse por la estrategia de no forzar nada. Los malos ratos, más que los años, han incidido sobre su disposición y no queda más que bailar al son que ella toque –por lo general, bastante despacio.
Llegamos al mediodía cuando ya estuvimos listos para tomar rumbo. Mami se había terminado de vestir y me pidió que le arreglara un poco la camisa. En el ínterin, sacó uno de sus chistes que, sinceramente, me arrancó una buena carcajada. A pesar de los malos momentos que ha vivido, a Mami le brotan las ocurrencias con una gracia extraordinaria. Tal vez el gusto por el cuento me viene por la vena materna, porque ella es cuentera de las genuinas.
Recojo llaves, me aseguro de que todo está cerrado y, por fin, nos disponemos a salir. Entonces, sucede algo tan fugaz como impredecible. Mi hermano está en el cuarto con ella, hablan de no sé qué, Mami le pide algo, y pacatún. Mi próximo recuerdo se me presenta en cámara lenta: escucho un par de gritos, me acerco por el pasillo y veo cómo el cuerpo frágil de Mami rebota contra la cama, choca contra la puerta del clóset y va a parar inevitablemente al suelo.
¿Y ahora qué uno hace?
Lo primero es verificar que esté consciente y que no haya sangre. Luego, hay que ver cómo la levanto del suelo, escurrida como está en un espacio que no es lo suficientemente ancho como para maniobrar. De inmediato noto que la mano izquierda está lastimada aunque, a simple vista, no hay señal evidente de fracturas. Así, como Dios nos ayuda, comienzo el proceso de colocarla nuevamente sobre sus pies, tragándome el corazón mientras aparento serenidad.
Como no tengo hijos, honestamente no imagino cómo será el asunto del lado inverso. Pero la sensación de impotencia y angustia que padecen los padres y las madres cuando ven caer a sus criaturas debe ser la misma. En este caso, la diferencia es que se trata de una mujer que ya no es tan joven y que, para colmo, es tu mamá. Y la verdad es que uno nunca está preparado para enfrentar la emergencia. Aún cuando llevo tres años escribiendo el guión para una revista televisiva de salud, en la que se han presentado incontables cápsulas sobre el manejo de accidentes domésticos, a la hora de los mameyes te tiemblan las rodillitas.
Salir del espanto, mantener la calma y reaccionar ante la circunstancia, finalmente, se logra cuando ves que ella se sostiene sobre sus pies y que, por gracia divina, no pierde el hilo de sus acciones. Por suerte, mi hermana está en la calle, reacciona rápido y consigue al médico de cabecera. La providencia divina es generosa: la oficina del doctor está vacía y llegamos en poco tiempo. Luego de los trámites de rigor, la pasan para darle los primeros auxilios. Ya sentada en la silla de espera, a Mami le ataca el llanto, producto de la impresión por la estrepitosa caída. (Ya he aprendido, con los años, que mi madre es de las que tarda en reaccionar a las emociones fuertes, así que no me sorprende en lo absoluto).
Al final de cuentas, el doctor ordena radiografías e inmoviliza la muñeca para evitar lastimaduras mayores. Una inyección de medicamento anti-inflamatorio se le administra y nos vamos a la oficina privada del radiólogo que, supuestamente, tiene horario extendido. El caso es que la oficina está más sola que una foto, porque el susodicho especialista sólo trabaja de lunes a viernes. Entonces, no queda más remedio que enfrentarse al desastre inhumano de una sala de emergencia durante los fines de semana. La sala de espera es inevitable pero, con la asesoría telefónica de mi médico y buen amigo Iván, logramos zafarnos de la vorágine de toses, llantos, ruidos, televisores y burocracias.
Y ahí está, en su camita. Mami yace con la mano inmóvil, tratando de quedarse dormida. Mientras escribo, sobrevivo al susto que ahora me sale a flote –soy de acción retardada para las emociones; de mi madre lo heredé. Regreso a la escena que todavía repaso con incredulidad: pacatún, pacatán; Mami ahora de pie, echando chistes; Mami ahora en el piso, indefensa. Y decido rebuscar: entre mis papeles, en la Internet, en todas partes, a ver dónde rayos encuentro el manual de instrucciones que me enseñe cómo enfrentar estos temas y crecer.
Esa parte, la de crecer, es la que duele con ganas. Mucho más que cualquier caída.