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lunes, 31 de diciembre de 2012

Final



“No es el final/voy a lograr sobreponerme/no, no me verás llorar…”

A la distancia, después de las doce, escribo.  Probablemente –ojalá me equivoque—algunas balas no se perdieron.  Para disipar los ruidos aún vivos del nuevo año, en mis oídos suena una vieja canción que ya ha cumplido veinte años, y que he querido escuchar esta noche.  “Tal vez/lo presintió mi corazón/o en tu mirada/vi tan claro el frío del adiós…”, comienza  a decirme Yolandita.  Lo que le sigue no me interesa: decido apagar la música y quedarme en calma.

En el silencio, escucho la voz inequívoca de mi ser interior: “esto es el principio”.

Quienes  reconocen la letra de esa canción tal vez imaginan que, aún borracho por el champán del brindis, me abruman las tristezas del bohemio y me ha atacao el mal de amores.  Nada que ver: sencillamente, no es fácil conjurar las palabras mágicas para finalizar el hechizo pero, cuando el encanto termina, deben decirse antes que prolongar el truco.  En algunos casos, decidir es instintivo; en otras instancias, cuesta más trabajo.  No obstante, en algún momento resulta inevitable.  Y, cómo no, también es necesario. 

Estoy seguro de mi capacidad para vivir en el presente, agradecido por cada experiencia.

¿Estaré en lo correcto?  ¿Debo pensarlo mejor?  ¿Me puedo arrepentir?  “Sí”, “no” y “tal vez” son las respuestas a esas preguntas.  De lo primero no dudo; de lo segundo, tampoco.  Lo tercero, es mejor ni pensarlo.  En estos días de profunda reflexión, concluyo que vivir en el “si yo hubiera” impide la capacidad para ver el “yo soy” que debemos declarar, afirmando cada bendición que recibimos: la vida, la salud, el trabajo, la familia, los amigos, los momentos buenos y los no tanto.


Dejar ir es la oportunidad para recibir todo lo bueno que, desde ya, se manifiesta.

Abro la ventana: además del frío intenso que se cuela con impertinencia, escucho la paz que poco a poco llega.  Los silencios de la noche se multiplican en esta recién nacida entrega de la vida –un nuevo año, nacido apenas hace unos minutos.  Es una página en blanco, llena de recovecos interesantes que aún no se revelan: presiento su intensidad y me inunda la alegría.  Cualquier duda que hubiera anticipado, cualquier titubeo absurdo que intentara seducirme se desvanece.  Regreso a mi lugar, aquí frente a la computadora y estoy más que convencido: ya sé dónde ubicar el punto final.

Aquí termina una hermosa historia y comienza otra –una nueva y maravillosa experiencia.

Gracias por la lectura, por las palabras, por las alegrías y los malos ratos.  Gracias por las conversaciones, por los silencios, por las carcajadas y los suspiros.  Gracias por la hermosura, por las bendiciones, por los besos y los abrazos.  Gracias por la presencia, por la constancia, por la paciencia y la esperanza.  A todos y todas –amigos/as, conocidos/as, lectores/as—agradezco la complicidad.

Esta es mi última entrega en Dos por veinte –nos volvemos a ver, en otro lugar, cuando regrese.