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lunes, 4 de agosto de 2008

Volver

De repente parecen multiplicarse como los “gremlins”: las reuniones de las clases graduadas son, indudablemente, una epidemia propagada por la incuestionable popularidad de las nuevas redes sociales de comunicación. Basta con crear un par de grupos en Facebook, y listo: estamos todos juntos, más unidos que nunca, revolviéndonos como perritos contentos en las cenizas del pasado.

En lo personal, lo que ocurre en esas fiestas melosas, llenas de fotos viejas glorificadas por la tecnología actual, me parece absolutamente patético. Y mucho peor es el sentimiento de nostalgia, reinventado con la perspectiva tontona de una edad más contundente. ¿Será posible que realmente alguien desee rodearse de la gente que no le caía bien en aquellos años? ¿Será divertido destapar un pasado lleno de acné, hombreras, pelos mojados y canciones de Menudo?

Gracias a Dios, no me ha tocado acudir a ninguno de esos martirios. Quizás sea porque los graduados de mi época perdieron el interés, o no tienen tiempo para derrocharse en tales cursilerías. Pues qué bueno: esa época de mi vida está absolutamente terminada y clausurada. No me interesa, punto. Sin embargo, hoy fue uno de esos días en los que te toca, por fuerza, revivir un momento crucial de otros años oscuros, y no hay Dios Supremo que te salve. Entonces, volver al pasado significa revivir experiencias que quedaron suspendidas en el limbo eterno de la incertidumbre.

Rebuscando entre papeles, di con aquella carta que recibí hace unos quince años. En aquel momento, producía ideas para la televisión local boricua que me dejaban prestigio y un salario respetable. Vivía cómodamente en el mundo de la gratificación instantánea: comprar mucho, comer bien y no pensar en nada. Era feliz (o al menos, eso creía) cuando se me presentó la oportunidad: solicitar una beca que me llevaría al mágico mundo de Disney y su recién inaugurado imperio mediático que, para aquellos años, todavía caminaba con paso torpe. Ante la posibilidad, experimenté dos emociones muy distintas: el amor y el miedo. Amaba lo que hacía, y hacía lo que amaba. Pero la posibilidad de hacer más y de amar más mi vocación, en lugar de seducirme, me atemorizó por completo. ¿Qué voy a hacer por allá? ¿Qué pasará con mi familia? ¿Dónde voy a vivir? ¿Será bueno para mí? ¿Será bueno? ¿Será verdad? ¿Será posible?

Igual que ocurría con los personajes de mis radionovelas, ante el dilema opté por una salida melodramática: la parálisis absoluta. Decidí bajar los brazos y no hacer absolutamente nada, dejando que La Oportunidad Gloriosa se marchara sola y sin mirar atrás. Total, quién sabe, tal vez nunca me habrían llamado, me dije mientras guardaba la carta en algún rincón oscuro del tiempo. Es demasiado bueno para mí, concluí y me olvidé.

Hasta hoy, que rebusqué en el sitio equivocado. Y tuve que regresar, con brutal rapidez, a aquel momento perdido. Ahora con más tiempo y, ¡oh, Salomón!, la sabiduría del Tiempo Cuarentoso.

No sé si pueda compararse con la famosa película que, según expertos en el tema, se proyecta en la pantalla del yo consciente justo antes de quemar el último cartucho. Pero, sin duda, es un golpe que sacude fuerte: encontrarte, quince años más tarde, con lo que pudo haber sido y no fue. Peor aún, con lo que no fue porque no lo hiciste. Porque, aunque lo deseabas con todo el corazón, dejaste que el miedo te atrapara. Y no levantaste un dedo para evitarlo.

¿Qué se hace en estos casos? Muy sencillo. Reflexionas un instante, releyendo aquellas líneas: “usted ha sido escogido para participar de una oportunidad…” Intentas responder mil preguntas que quedaron sin respuesta, para escribirle el final a una historia que no terminó por tu propia voluntad. Posiblemente, con un dejo de conformidad, reconoces que eras inmaduro, botarate y simplón, y fue mejor que no aceptaras. Y concluyes que, de ocurrir ahora, dejarías los zapatos abandonados sobre la acera del conformismo, y saldrías corriendo como un loco para subirte al tren de la oportunidad. Sin maleta, y sin mirar atrás.

Igual que debe ocurrir con esos terribles años de la escuela, es mejor olvidar. En este caso, a pesar del golpe, ha sido bueno volver. No para sufrir, ni para reprochar. Sino para aprender.