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domingo, 30 de noviembre de 2008

Mrs. Winter

Primer acto: la novia “famosa” anuncia con bombos y platillos su fastuosa boda en Puerto Rico, con los suyos, enamorada y feliz. Segundo acto: la novia aprovecha la zafra mediática para contar los pormenores de su “día más feliz”, hablando como una cotorra a cuanta cámara y grabadora se le cruce por delante. Tercer acto: la novia pasa en una caravana impenetrable y estrictamente vigilada, dejando a los suyos con tres palmos de narices.

¿Cómo se llama la obra? “Otra más que hace lo mismo.”

Si no fuera porque se convirtió en portada del periódico, la boda me valdría un pepino. Para mí, los casorios, sean famosos o simples, resultan un absoluto desperdicio. Con tanta necesidad que hay en el mundo, me parece un insulto gastarse miles largos en un jaleo de cuatro días para que la gente diga “ay, qué bonito quedó todo” mientras se roban los centros de mesa… Conmigo no se ganan ni un peso: el que quiera pescado, que vaya al río y se moje las patas.

No obstante, vivimos en el país de las contradicciones y, frente a los eventos de grandes proporciones, actuamos de dos maneras muy específicas: con gran indiferencia o con sobrada prontitud. En la indiferencia viven quienes se libran por completo de las realidades circundantes a fuerza de tarjetazos, ya sea con un viajecito a Disney o en un crucero. Si el país se hunde, después que tenga la barriga llena y el crédito para embrollarme, lo demás es cuento. Pero, cuando se da la prontitud, nos brota la roncha de la curiosidad después de la picadura infame de nuestra ave zancuda nacional: el “ave rigua’o”. Y ahí estamos como el miércoles, en el mismo medio, con el ojo pelado ante la novelería, el chismorreo y la bazofia.

En el caso que hoy nos compete, el asunto me ha provocado molestia desde el comienzo. Primero, porque la “famosa novia” no es una de mis criaturas favoritas. Las dos veces que he coincido con ella en algún espacio público –en aquel tiempo, todavía era una ex reina de belleza “wannabe”—siempre me pareció que era demasiado chiquita, con una nariz demasiado perfecta para su cara demasiado extraña. Aunque reconozco que ha ganado notoriedad gracias a sus hazañas hollywoodenses, me fastidia el despilfarro de tinta y papel para dedicarle la primera plana a su ceremonia nupcial como si fuera la gran hazaña. Para colmo, reseñan el “día feliz” con una foto que, a ojos vistas, se adivina que fue tomada desde Cataño, en abierto desprecio a la prensa boricua que antes sirvió de fotuto a sus ilusiones.

Y no es que sangre por la herida, soñando con haber sido uno de los invitados, pues no soy de hervir en las aguas de una fiesta ajena. Lo que sí me disgusta es que siempre que se produce un evento de esta extraña naturaleza en Puerto Rico, caemos como las moscas en la misma trampa. La gente famosa que vendrá, ¡oh qué maravilla! Los detalles de la suntuosa decoración, ¡oh qué espectacular! El sabroso despliegue de confites para agasajar a los privilegiados, ¡oh qué delicia!… Y allá te van los curiosos, en fila india, ansiosos de protagonizar de forma vicaria algún episodio de Objetivo Fama.

Cuando los metiches de orilla acuden a la cita, lo hacen con la ilusión de que esta vez será distinto: la novia o el novio famoso se bajará de su cómoda limosina y se retratará con las señoras de camiseta, los muchachos de gorra y las chicas de dubi, besará a los bebés en sus cochecitos, levantando los dedos en V de “vaya bróder” Así acuden los ingenuos e ingenuas, camaritas digitales en la mano, a apostarse en los predios con la ilusión de que su sueño se cumpla. Pero sólo les quedarán, si acaso, las fotos del decepcionante encuentro: el auto que huye a toda prisa, la seguridad que se interpone, y una novia boba que saluda de lejitos… Y ojos que te vieron ir, con veinte guarulas al lado. Nada, que se conformarán con el chisme y, por supuesto, arrancarán algún listón de cinta –aunque sea la que usan los policías para demarcar las escenas criminales—para colgarla como un trofeo en el espejo del tocador.

Ellos, los pobres asomados por la acera del olvido, no me causan tanta lástima, sino ella, la protagonista de la obra que les conté al principio. Después que armo el chiringuito para casarse en su “islita”, bendecida por “Papito Dios” (¡oh, qué cliché!), sólo se limita a asomar su rostro y sacar la linda manita diciéndoles a toda la recua de periodistas, presenta’os y demás criaturas afines, “los quiero”…

La culpa no es de ella, pobrecita. Culpables somos nosotros, que sólo le estorbamos en el camino y después le compramos la revista donde publicarán todas las fotos.