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domingo, 31 de agosto de 2008

Entre jefas te veas

Al son de cafés, el otro día unos amigos y yo tratamos de explicarnos por qué no se trabaja el Día del Trabajo. Entre chistes y reflexiones tontas, empezó el sabroso recuento de nuestra vida laboral. Cada uno aportó un puñado de anécdotas sobre malos ratos compartidos junto a sus compañeros/as de oficina. Sin embargo, al final tuve que admitir –no con mucho entusiasmo—que, entre todos mis panas, he padecido el mayor número de jefas terribles en la historia laboral puertorriqueña.

Por alguna razón, he tenido más jefas que jefes. Las he conocido de todos los tamaños, calibres y humores. Unas han sido muy correctas, enseñándome el valor del trabajo y la responsabilidad absoluta. Otras han resultado muy divertidas, al punto de balancear con precisión la dinámica del cumplimiento cabal con el orgullo de una labor comprometida. Sin embargo, hay otras de cuyo nombre y destino no quiero ni acordarme. Porque han sido malas. Muy malas.

De mis años más jóvenes, recuerdo con un disgusto especial a “Ramonita”. Era la propietaria de un negocio muy próspero donde trabajé a tiempo parcial para completar mi pobre salario como guionista novato. Aunque era una absoluta jíbara, “Ramonita” se las daba de gran señora, invitando a sus amigas a su local, mientras llamaba cada tres segundos a su asistente/esclavo/mandadero (o sea, yo) para alardear frente a ellas de su servidumbre. Cumplí para ella caprichitos tan impropios como su maquillaje exagerado que hoy me da vergüenza repetir. La odié tanto que, cuando dejé el trabajo, juré que nunca más pasaría por la calle donde ubicaba su negocio. Hasta el sol de hoy, he cumplido mi promesa.

En otra oficina y también a tiempo parcial, trabajé con “Leonora”. Cuarentona joven y tan fea como tan franca –así se describía la pobre animal—dominaba el arte de pajarear entre llamadas telefónicas, alardeando sobre las proezas académicas de sus hijitos malcriados. Mientras tanto, soltaba sobre mi escritorio ristras de papeles garabateados en una letra ilegible y llena de horrores ortográficos para que los interpretara y luego transcribiera a maquinilla. Por suerte, mi experiencia como guionista me salvaba: escribía con bastante rapidez, aunque esa habilidad no la impresionaba tanto como mi capacidad para hablar inglés. Tan pronto algún cobrador llamaba procurando a “Missus Leunourah Valleys” –o algo así—la muy infeliz decía “guán móumen, plis” y me espetaba el teléfono con cara de susto. Lo peor era que me hacía preguntas cada treinta segundos sobre los pormenores de la conversación, mientras yo intentaba descifrar palabras dichas en un fuerte acento británico que ni la mismísima Reina Isabel podía entender.

Con el tiempo y la experiencia, entré al mundo de la cátedra universitaria. En el seno de varias universidades, conocí mujeres de gran valía y capacidad, que me enseñaron a defenderme frente a la experiencia agridulce de la enseñanza post-secundaria. Pero la dicha fue tan breve como mis contratos universitarios, así que tuve que ingresar (no con mucho entusiasmo) al mundo del trabajo en el gobierno. Así pues, en una pequeña y oscura dependencia municipal, me encontré con “Dalila”, una excéntrica amante de la cultura que fumaba puros y garabateaba largos poemas de amor en libretas de papel amarillo.

Cuentera como ella sola, “Dalila” dedicaba sus horas laborables a contar historias de su niñez privilegiada. Fue acunada por las nanas más exquisitas, educada en los colegios más exclusivos, consentida y mimada como ninguna otra. También relataba las aventuras con sus amantes de turno: los hombres que, según ella, se la llevaban a la playa de noche, la hacían correr desnuda por campos desiertos y hasta le chupaban los deditos de los pies. Después de eso, empecé a escribir radionovelas. De algo me sirvió escuchar tanta porquería.

“Sagrario” fue mi última jefa. Católica-apostólica-romana y miembro bona fide del Partido Popular, aún ostenta sin disputas el título de La Jefa Más Terrible Que Existe Sobre La Faz De La Tierra Y Todos Sus Confines. Muy bien administrada en su carita de yo-no-fui, es posible que usted la vea en alguna revistilla, dando cara en las páginas sociales, sonriente y feliz junto a su santísimo esposo (que no dará ni una curva cuando muera, porque va derechito al cielo). En mi cuarentosa vida, aún no me he topado con una mujer me intimidara tanto. Pasaba la mano por mi escritorio para asegurarse que estuviera limpio, me respiraba en las orejas para revisar mis tareas y hasta cronometraba mis salidas al baño. Lo peor es que su saludito chispeante, “¡Hola, Jorge!” no concurría con la realidad de sus torturas demoníacas que me hacían llorar como una nena. En mi último día de trabajo, me regaló un rosario y prometió encargarme una misa por el bien de mi alma. ¿Estaría planificando mi muerte?

Esa tarde, al terminar la charla, mis amigos me tildaron de loco, misógino y cruel. Pero juro que no miento… Bueno, quizás exagero un poco, aunque la verdad no está muy lejana: entre jefas, me he visto al borde de la locura, debatiéndome entre ser asquerosamente rico o un criminal desalmado.

La realidad es que hoy día amo mi trabajo. Cada vez que me topo con mis jefes en la universidad, siempre les saludo con gusto, agradecido por ser parte de su equipo. En la televisión, mi jefa es la cura para todos mis males, porque me mata de risa con sus ocurrencias. No obstante, sé que hay muchos y muchas que todavía sufren los embates de jefes torturantes, crueles, mediocres…

Ahora entiendo por qué el Día del Trabajo es feriado: hay que ser solidarios con los menos afortunados. Peor les va si les ha tocado alguna de mis jefas.