Me mira con actitud desenfadada. Cuando la veo, me intimida un poco, pero no es necesario dejarle la acera. Percibo su piel ajada, con demasiado maquillaje para su edad –debe pasar de los sesenta, cuando menos. Pero a ella le importa torta: se siente fabulosa.
A pocos pasos de distancia, prefiero la cordialidad a la grosería. Aunque no la conozca, puedo corresponder a esa sonrisa que, con pocos dientes, me regala con desbordante entusiasmo. Es que está decidida: quiere cruzarse en mi camino aunque yo la esquive como pueda, con urgencia de regresar a la universidad antes de mi primera clase.
“¿Qué hora tú tienes, m’ijo?”, pregunta. Su voz suena ronca, profunda, como la de una fumadora empedernida. Miro mi reloj y le respondo tan amable como la prisa me permite: “Once menos veinte.” Ladea la cabeza, asumiendo una pose coquetona, casi infantil. “Graciassssssssssss”, me dice, arrastrando la ese final con un silbido de serpiente que, lejos de asustarme, me hace reír por dentro.
Continúo con paso firme, aunque siento los ojos pequeñitos de la mujer siguiéndome mientras avanzo. Ni siquiera la recordaría si no fuera por lo que me espeta ahora, justo cuando estoy a punto de subirme al carro y olvidarla.
“’Tásssssssssss bieeen bueno.” Y lo subraya. “Bien, bien bueno, papi.”
Nobleza obliga: es preciso hacer lo que se supone cuando a uno le plantan semejante piropo a las once del día. Como puedo, trato de sonreír con poco alambre para no desilusionarla en su gentil apreciación de mi persona, aunque no creo que a ella le importe demasiado. Me ha mirado, me ha tasado y ya ha emitido un veredicto que no pienso discutir: soy Mister Universo puro y pinto en persona, dando pasarela por las calles de Santurce.
“¿Eso fue a mí?”, le pregunto, para asegurarme. La muy sinvergüenza echa una carcajada malévola, y me siento estúpido: lo que es obvio no se pregunta. “Pues claro que fue a ti, condena’o”, insiste con actitud de mujer desdeñada. Van cinco segundos, y ya me insulta con la dulzura propia del juego amoroso.
“¿A quién más iba a ser?”, me pregunta, con pocos dientes, pero muy segura.
“Pues yo no sé, por aquí pasa mucha gente”, le contesto, todavía incrédulo por el recién adquirido título de belleza masculina universal que me estoy empezando a creer.
“Mucha gente sí,” masculla con un dejo desconfiado, mientras el bullicio del Santurce en reconstrucción nos atolondra. “Pero aquí nadie habla. To’ el mundo sigue, apura’o”—
Y se calla. Me pega por el flanco de la culpabilidad, lo admito. El problema es que no puedo dilatarme en romances: se supone que a las once debo estar, bello y fragante cual Mister Universo que soy, para darle cara a mis nuevos pupilos del curso de redacción.
“¿Tú siempre vienes por aquí?”, le pregunto, en plan curioso. Ella esquiva la mirada mientras ajusta un poco sus ropas raídas por el tiempo. Percibo algo de incomodidad en su rostro; no está acostumbrada a las charlas extensas. Por lo general, quienes la miran –si es que la miran—pasan de largo, ignorando el manoseado vasito de cartón con el que pide limosna. Tal vez no estaba preparada para que yo reaccionara con tanto interés a su gesta humanitaria. Porque hay que ver que la muy lista me ha hecho el día con su artimaña seductora.
“¿Y tú no tenías prisa?”, me reprocha con aire de mujer hastiada. Llevamos cinco minutos de novios y ya me está echando de su vida. Comprendo que no debo atosigarla: poco a poco haremos nuestro mundo, ella y yo, en este pequeño espacio de la ciudad que nos abruma: a ella, porque nadie la tiene en cuenta, y a mí, porque de pronto, con su treta malévola, me ha convertido en el Papi-Papi Chulo.
Rebusco en el bolsillo y me le acerco. Ya no me importan los alambres cuando le sonrío. Ella me regala sus pocos dientes en una sonrisa más dulce y más sincera que la de antes. Musita un “gracias” que se enreda con mi prisa, y aprieto el paso: son casi las once menos cuarto.
Ya casi para subirme al carro, reconozco nuevamente el ronco sonido de su voz. “’Tásssssssssssbienbueeeenooooooooo”, dice con ganas. No puedo evitar una sonrisa: la muy tramposa usa el mismo truco con todos para conseguirse la moneda. Y le funciona. Por lo menos yo me lo creí, aunque fuera por un ratito antes de irme a clases.
(Adiós caray, yo también soy hijo de Dios.)