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domingo, 24 de agosto de 2008

Criaturas bárbaras

Entre moribundas fichadas por la policía, muertos velados de pie y nuevas intervenciones de los federales contra funcionarios del gobierno, esta semana pasada tuvimos suficiente cuota de morbo. Plantados frente al espejo de la cruda realidad boricua, no me extraña concluir que este país está bastante loco o, al menos, así parece.

Dentro de todo este barullo folclórico nacional, un soplo refrescante nos sacó del comentario ácido, el chiste fácil y la preocupación por la salud mental colectiva. Este jueves pasado, los periódicos locales nos informaron con mucha bulla que el cantante/superhéroe Ricky Martin se ha convertido en padre de gemelos.

¿Qué de bueno tiene la noticia? Bastante, si consideramos el fatídico esplendor de lo presente. Se supone que, como decían antes, los niños traen el pan debajo del brazo; es decir, alegría, prosperidad y bien. Me parece esperanzador que así sea, y lo celebro. Sin embargo, lo curioso del asunto es que no se trata de una paternidad “normal”. Aquí no se ha visto la clásica imagen de la pobre mujer preñada, con la nariz hecha un pimiento y las piernas como jamones, que aguanta las charrerías del “baby shower” mientras suspira por comer pepinillos agrios. Tampoco hemos visto al hombre orgulloso de pasar el apellido aunque con cara de perrito perdido, llevando un cargador lleno de tules y una de esas horribles bolsas de pañales con caritas de Winnie The Pooh.

Ricky es un padre moderno, custom-made. Soltero, maduro y en pleno uso de sus facultades, se fue a un banco de óvulos para seleccionar el donativo de una dama de buen ver, sin antecedentes penales ni enfermedades mentales hereditarias. Entonces, con esos óvulos donados, se trasladó a otro lugar para completar la fertilización, implantándose los tiernos embriones en el vientre de una madre subrogada. Tan-tán, fin de la historia.

O, al menos, eso creíamos.

La ristra de comentarios ha sido imparable. Creo que, en mis cuarenta y pocos, jamás había escuchado tal cantidad de chistes, reclamos, insinuaciones y análisis sobre la transacción que Ricky ha realizado para adjudicarse una paternidad más que deseada. Para mí, el asunto está más que terminado: lo que quiera hacer con su vida y sus espermas me importa torta, si es para su bien y su felicidad. En este caso, lo que Natura non da, la biología lo presta –bueno, en realidad, lo compra—con algunos miles de dólares que, en el caso del superstar boricua, son simple menudo.

Justo cuando iba a pasar la página y seguir la vida de costumbre, pensé en el futuro. Y decidí que no quiero quedarme solo. El ejemplo de Ricky me ha enseñado que, aún siendo famoso –él, no yo, por desgracia—puedo asumir la paternidad que antes renegué con todas mis fuerzas, contrariado por los gritos, rabietas y berrinches de muchachos consentidos y malcriados en centros comerciales, filas, oficinas, iglesias, supermercados y otros lugares de reunión pública. Tal vez ahora, en este tiempo cuarentoso, puedo enfrentarme a este reto con la misma tranquilidad con que Ricky lo asumió.

El único asunto en que difiero del feliz proceso de mi cuate boricua es que no pienso mantener tanto secreteo sobre la madre de mis hijas –serán dos nenas, ya se ha establecido. Para este encargo, escogí a una mujer que cada noche, antes de dormir, me provoca un estupor particular, cargado de sensualidad, alegría y asombro. Ella les dará a mis hijas una guapura bien construida, tanto como la imagen que de ella trasciende por la pantalla televisiva. No podía ser de otra manera: la madre de mis hijas es famosa, más que reconocida por dos grandes dotes: la belleza y el desenfado.

Desde la tierna infancia, mis pequeñas mostrarán una peculiar habilidad para leer el teleprompter con cierta pausa estudiada que parece casi accidental, como un olvido o una torpeza inadvertida. Siempre estarán bien sentaditas, muy derechitas, con las piernas cruzadas y los labios a punto del beso, tan exactas y hermosas como su mamá.

Señores, ya está decidido: Bárbara Bermudo, la presentadora de Primer Impacto, será la madre de mis criaturas. Bárbaras, como su mamá. Y no me quiten la fe, que los milagros existen.

¿O se compran? Tendré que preguntarle a Ricky.