Mostrando entradas con la etiqueta auto averiado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta auto averiado. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de agosto de 2008

Queda'o

Te levantaste temprano, y hasta planchaste una camisa con anticipación para evitar apuros de última hora. Organizaste tus asuntos y, contra tu mal hábito de siempre, desayunaste sentado en la mesa. Mentalmente, repasas la agenda: ir aquí, pagar allá, comprar esto, arreglar lo otro. Todo está conformado en un orden preciso, al minuto, con la intención de terminar las tareas callejeras sin mayor inconveniente.

El día se anticipa caluroso. Después de cepillarte los dientes, le añades un poco más de perfume al ritual mañanero. Te cercioras de tener todos los documentos necesarios, ordenados con precisión meticulosa, para evitar contratiempos. Así pues, casi diez minutos antes de la hora programada, abres la puerta de tu casa, dispuesto a enfrentar al mundo. De salida, coincides con el vecino fantasmagórico que, por las prisas del diario, sólo te saluda de vez en cuando.

Como no eres fanático de los chismes mañaneros, te zumbas al tapón acompañado de una buena selección de música relajante programada en el iPod. Ednita, Ricky, Fonsi y alguna canción setentosa de tu tiempo adolescente te llevan tarareando hasta la primera parada: el laboratorio. Debes recoger los resultados del examen rutinario que el médico te ordenó y que, contrario a tus más jóvenes costumbres, realizaste con diligencia. Curioso, abres el sobre: colesterol, muy bien. Glucosa, excelente. Triglicéridos, en control. La felicidad no puede ser más completa.

Hasta que subes al auto de nuevo y lo enciendes. Un olor extraño te invade, repentino y punzante. Miras el panel, espantado: la aguja de la temperatura del motor sube con rapidez: el calentón es inminente. En cuestión de tres minutos, el riguroso plan del día perfecto se desmorona, inevitable, como un castillo de naipes frente al soplo del viento.

Antes de tener tiempo para pensarlo, estás queda’o.

La sensación de impotencia es tal que no se resuelve ni con todas las Viagra del mundo. Flotas sobre el aire, tratando de entender cuál tornillo se zafó en el mecanismo suizo del universo para que tu carro, junto con tu plan perfecto, terminara detenido en medio de una nada que no imaginabas. Fuera del confort del aire acondicionado, el bofetón del calor húmedo cancela de inmediato la dosis extra del perfume. Los automóviles apresurados que discurren como si nada por el expreso te sacan la lengua desde lejos. El zumbido intenso de la ciudad sustituye de mala gana el concierto improvisado en el carro.

“Pero, ¿por qué?”, te preguntas. Pues, porque tienes que probar la madurez. Se supone que, a estas edades, ya no disparas desde el cinto cuando te toca una desventura como ésta. Debes practicar el amor y la paciencia, aún cuando quieras empujar el maldito carro hasta el expreso para que un camión se lo lleve en claro. Y, para completar, debes entender que tu dibujo magistral del día perfecto no es más que un garabato pintado en el aire.

Ahora resulta que no estabas tan preparado como creías. No traes suficiente efectivo, necesitas ir al baño y, cuando al fin logras contacto con un ser humano en la compañía de seguros, ni siquiera recuerdas el número de la póliza. Menos mal que, en este país de actitudes y controversias, todavía queda gente amable. No falta el buen samaritano que, armado de un par de galones de agua y muy buenas intenciones, emite el diagnóstico preliminar para el desperfecto: una manga rota. Igualmente, varias personas te preguntan si estás bien, si necesitas ayuda. Y tú que sí, que no hay problema, aunque te sientas más solo que una foto.

Tras una breve eternidad en el celular, una chica de acento impreciso te atiende con la promesa de que, en quince minutos exactos, un empleado de la compañía de grúas adscrita al servicio de auto-rescate transportará tu carruaje averiado hasta el punto que se le indique. En el camino de regreso a casa, acompañado por el chofer del remolque, repasarás con ironía la preciosa agenda del día, destrozada por el imprevisto que te cambió los planes.

Cuando puedas, mírate en el espejo del remolque que te lleva junto con el coche averiado de regreso al punto de partida. Aunque de pronto no te parezca muy sincera, esboza una sonrisa y date una palmadita, bróder. Te la mereces.

Es que hoy aprendiste algo importante: estarás queda’o, pero no muerto. Mañana será otro día.