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domingo, 30 de enero de 2011

Lectura

En su excelente columna de hoy domingo, la escritora Mayra Montero habla sobre la lectura y yo me río. No de ella, por supuesto, pero sí de algo que, en su maravilloso cinismo, resalta como una verdad contundente: decir que no se lee (o no se tiene el gusto por leer) resulta equivalente a admitir que a alguien no le gusta bañarse.

Por lo visto, estamos ante una generación de soberbios cochinos.

A ver, les cuento. En esta semana pasada, las clases arrancaron con la fuerza correspondiente y, como es mi costumbre, realizo mis acostumbrados censos en cada salón, particularmente en aquellos que están llenos –a capacidad—de futuros comunicadores. La mayoría son muchachos y chicas que, de entrada, te miran con una extraña de curiosidad y desdén a la que uno termina por acostumbrarse sin remedio: las nuevas generaciones no se sorprenden con mucho. Por tanto, como dice mi querida Mayra –no la Montero, sino mi amiga y colega profesora de francés—ahí es que tenemos que convertirnos en encantadores de serpientes para que el pupitre con ojos que tenemos delante olvide la laptop o el iPhone, transformándose en un ser viviente que quiera escuchar (y aprender) cómo se vincula el pregón del comerciante antiguo con el status de Facebook.

En fin, que uno pregunta y pregunta: cuántos vienen en carro (una tercera parte, para mi sorpresa), cuántos vienen en tren (el resto del grupo, maravilloso). Cuántos miran los noticieros (cinco manos tímidas), cuántos oyen la radio (menos manos, tan pocas que ni las cuento). Cuántos saben quién es Cyd Marie Fleming (una mano solitaria) y cuántos han visto En el lente del ojo público (cruces de miradas como si hubiera mencionado un programa de los años setenta).

Entonces, ahí viene la pregunta mágica: ¿cuántos leen el periódico?

Rien du tout, diría mi amiga Mayra. Ni una manita, ni siquiera por cooperar.

¿Las excusas? Bah, no las hay. Sencillamente, el texto escrito en papel es una aberración. Claro, cuando les menciono que el periódico se puede ver en el celular o en su computadora, el cantar es distinto. Pero ese gusto sabroso de abrir el diario, oler su tinta mezclándose con el café matutino y descubrir todo lo que se desdobla con cada pase de página… De eso nada, monada.

Si no hay voluntad, pues vamos a la obligación: asignado por el profesor, en la próxima clase los futuros comunicadores deberían capturar (de la manera que sea) cinco noticias locales y cinco internacionales, para compartirlas con sus compañeros. La información recopilada servirá como un extraordinario GPS colectivo para ubicarnos el contexto actual. “La próxima clase será un desastre”, pensé yo, recordando la poca motivación por la lectura.

Para mi sorpresa, no fue tanto: los chicos y chicas se pusieron pa’ su número y respondieron con interés al ejercicio con resultados que no me sorprendieron en lo absoluto.

¿Cuáles fueron, para ellos y ellas, las noticias más impactantes? “Cientos rodaron como Susan”. “Penélope ya es mamá”. “Pendientes a a los resultados de las pruebas de dopaje”, “Enrique Iglesias viene a Puerto Rico”, “Maripily le dice ‘petardo’ a Brenda”… Claro, siempre hubo algunos que mencionaron el caso de la mujer que cayó desde 23 pisos en Argentina sobre la capota de un taxi, las revueltas en Egipto por causa del régimen de Mubarak y, obviamente, la huelga de la UPR.

Nuevamente pregunté: ¿cuántos leyeron? Pocas manos arriba. Casi todos –por no decir la mayoría—se quedaron en el titular. En realidad, dicen para excusarse, lo que importa es estar enterados de lo que pasa y seguir camino a actividades más edificantes como ver a las Kardashians, janguear con los panas en San Juan, chatear o textear. De hecho, bromearon algunos cuando se comentó el temblorcito de tierra que sacudió a Sabana Grande, se debería establecer como parte del protocolo ante las emergencias sísmicas, “actualizar tu Facebook”. Vaya por Dios.

Despachado el tema, me volteé hacia la pizarra para escribir un nuevo tema. Entonces, una voz solitaria se alzó en medio del corro inquieto. “Profe, yo no leo porque las noticias me deprimen.”

“Y por eso tampoco te bañas,”, pensé yo, mordiéndome la lengua a tal grado que, en vez de sangrar profusamente, sintonicé con el pensamiento de Mayra –la Montero, no mi querida colega.

Para que quede claro, mis futuros colegas: Edipo mató a su padre, se casó con su madre y, consternado por la ceguera de su propia ignorancia, se sacó los ojos. No me digan ustedes que eso es peor que la matanza a fuego del loco de Florida (el pueblo, no el estado al que viajan ustedes para ir a Disney World). Ya sé, nadie quiere saber de esas historias, ni siquiera yo. Pero existen desde que el mundo es mundo y nos toca leerlas, estudiarlas, entenderlas, si es que queremos ser buenos en nuestro oficio y que, como la Montero, no nos tilden de cochinos.

La lectura es esencial para aprender, comprender y actuar conforme a unos principios que se fundamentan en el pensamiento lógico, el análisis crítico y la reflexión profunda. Si de verdad quieren sobrevivir en este negocio, es necesario leer todo lo que se pueda, incluyendo las instrucciones.

Miren no más qué le pasó a la pobrecita senadora Evelyn Vázquez, solo por no leer la etiqueta.