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lunes, 23 de junio de 2008

"Hola, Betty"

Aquí estoy, acostado y boquiabierto. A mi lado, Janet –joven, guapa, amable—levanta instrumentos que, a simple vista, deben ser inofensivos. Sin embargo, desde la silla del dentista me parecen amenazas contundentes, decisivas. Janet conversa un poco, adivinando el recelo que crispa mis dedos sobre la gorra que sostengo entre mis manos ociosas. Como es obvio, sólo puedo asentir, y quizás mascullar algunos jjjms y jjajjjms mientras ella se adueña de mis dientes.

Tan pronto revelé el asunto, comenzó la ronda de preguntas. ¿Por qué? Pues porque tengo la mordida virada, y un colmillo que, según su trayectoria, me brotará por el labio inferior. ¿Y para qué? Para evitar males mayores que se corregirían con puentes, implantes y sabe Dios cuántas complicaciones más costosas. ¿No te habrán cogido de bobo? Puede ser: quizás podía vivir con la mordida desalineada y el colmillo brotado.

Aún así, acogí la sentencia inevitable: por los próximos veinticuatro meses, emularé a Betty Suárez. El lejano recuerdo de las bocas metálicas que rodearon mi adolescencia me sobrecogió. Claro, ahora el asunto es diferente. En mis años mozos, los proveedores de aquellos niños y niñas decidían sobre su futuro dental y, de paso, apoyaban el proceso como un símbolo inequívoco de status frente a los demás compañeritos de la escuela pública. Hoy, a los cuarenta, no parece tan maravilloso, sobre todo cuando soy yo quien asume y paga (bastante) por el experimento.

Eso pensaba en la sala de espera, aguardando mi turno con calma. Traté de canalizar el miedo adolescente por la serenidad cuarentosa. El ambiente alrededor, sin embargo, no era muy favorable. Desparramados sobre los tres sofás del salón, había tres chicas y dos varones; todos largos, flacos y soñolientos. Recostaban sus sonrisas de alambre sobre los brazos de sus madres, con el aburrimiento a flor de piel. Las pobres mujeres miraban un televisor suspendido en el aire, soportando el cacareo fastidioso de Despierta América. ¿Sabrán estos muchachos que ese programa tiene más años de los que ellos suponen?

Garabateé algunas líneas, dispuesto a documentar cada etapa de esta experiencia. ¿Qué pasará cuando quiera comer? ¿Me sangrará la boca? ¿Cómo hablaré en mi salón de clases? ¿Será que alguna vez podré besar a alguien? Miré de nuevo a los chiquillos cansados: algunos masticaban chicle en sustitución de la primera comida del día; otros babeaban la manga de sus progenitoras. “Moriré de angustia”, pensé, mirando aquellas caras. Cerré los ojos, arrullado por la voz imbécil de Fernando Arau. Quise olvidar, olvidar…

Era la época de la camisa blanca y el pantalón gris; me sobraban pelo, barros y libras. Esperaba la hora exacta para refugiarme en los discos de Donna Summer y los Bee Gees. Pero tenía hambre, así que caminé hasta el comedor. Servían espaguetis con carne molida, habichuelas tiernas, galletas de soda con mantequilla de maní, ciruelas y leche con chocolate. Sin pensarlo, me harté como bestia y regresé al vestíbulo de la escuela. Entonces, quise hablar con mis amigos, pero todos apuntaron hacia mí, burlones. Mis dientes alambrados repetían una asquerosa muestra del almuerzo en el comedor. Lloroso y humillado, corrí hasta la ferretería y tomé una sierra eléctrica. Rrrrrrruuuuuiiiiiiiffffffffff... Sangre. Miedo. Vergüenza…

“Hambre”, dice Janet, mientras teje y desteje sobre mi boca abierta. El estruendo de sus tripas vacías me desconcierta. “Y tú te dormiste”, me reprocha con una sonrisa dulce, anunciándome un receso breve.

Camino al baño. Enciendo la luz y me miro en el espejo. Nada ha cambiado: tengo los mismos ojos, la misma nariz, la misma calva.

“Hola, Betty”, me digo en un suspiro.

Y sonrío grande, para admirar mis “braces”.