Mira, mira, mira, pendejito, ni te creas
que te voy a dar la pauta.
Si te dedico unos minutos de atención es
porque, en mi oración a Dios por ti –según la reclamaste—se me iluminó la mente
para que te dijera un par de cosas. Tal
vez las habrás escuchado antes de boca de esa que ahora es tu némesis –esa, la
tetoncita hija del expolítico que nos contaminó los sentidos con su insulsa
presencia. Por supuesto, ni tú ni ella
escuchan, porque así son ustedes: salen medio segundo frente a una cámara y
piensan que la vida les sale gratis y en alta definición.
Pues estás bien equivocao, bróder. El espíritu compasivo se me irá a las pailas
y tal vez tenga que regresar, en la próxima vida, a pagar por este karma. Pero con esta no me voy a quedar: te lo digo
en seis oraciones muy sencillas para que te quede bien clarito. No. Me.
Importa. Tu. Fóquin. Vida.
Admito que muchos de nosotros tenemos la
culpa de que tú y tus cuates continúen multiplicándose como los gremlins. En lugar del agua que necesitaban aquellas
criaturas demoníacas en la película ochentosa, ustedes se reproducen al vapor
del twiterío y el reposteo, alimentando sus venas con el
espíritu vacuo de esas ondas virtuales que los coronan de hazañas,
convirtiéndolos en héroes de la era facebookiana. En realidad, tú y tus amigos imbéciles
deberían entender que, si de algo hemos pecado, es de burlarnos descaradamente
de sus estupideces. No me abochorna admitirlo:
me ha fascinado observar cómo tú y los otros (y otras) acuden a cada cita
mediática con puntualidad, redimiendo sus complejos mientras bailan como
monifatos al son montuno de una fama ridícula que les roba la clave a sus neuronas
masticadas.
¿Que venden periódicos y suben audiencia? Pues claro: probado está. Desde la institucionalización de ese fenómeno
comayesco convertido en el Ángelus
cotidiano, cada tarde ustedes son el kétchup que adereza la comida del ave
nacional boricua. Así, atosigados a
fuerza como tostones duros por quienes les ríen la gracia, se acomodan en el
estómago de quien digiere fácil ese chismorreo de medio pelo con el que
ustedes, oh grandiosos estúpidos, se convierten en “artistas”.
Tú, por ejemplo, no has grabado ni un
eructo en un estudio. Hiciste un
soberano ridículo cuando el año pasado te escogieron en esas audiciones –seguramente
porque la producción del programa sabía que ídem sería tu participación. Entonces, ¿a cuenta de qué te endilgan, en
los titulares de tus proezas, ese título de “cantante”? Por favor, mi ilustre pendejuelo, si estás en
los medios es porque tu absurdo ridículo entretiene. No debería ser –igual me avergüenza ver cómo
te dedican espacios en periódicos, revistas y programas—pero así es este negocio. Tenemos que mirarlo tal como nos lo pintan.
Hazte un favor, muchachito: recógete a buen
vivir. Búscate una profesión honrada,
útil y pagadera. Si quieres cantar –como
yo también lo quise cuando tenía veinte años, cómo no—que sea en la ducha o en
el carro. Aprovecha ahora que todavía
estás a tiempo; ni la droga que te metes ni tus devaneos con las idiotas que te
solapan te ganarán fortuna. Al
contrario, cada vez que abres esa bocota, te hundes más en la mierda que hablas
y que terminará por tragarte vivo.
Si no me quieres creer, allá tú, pero
cumplo con decírtelo. Eres un absoluto
wanabí. Lamentablemente, de ahí no
pasarás.
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| Foto: Archivo-Policía de Puerto Rico |
