lunes, 11 de junio de 2012

Wanabí


Mira, mira, mira, pendejito, ni te creas que te voy a dar la pauta. 

Si te dedico unos minutos de atención es porque, en mi oración a Dios por ti –según la reclamaste—se me iluminó la mente para que te dijera un par de cosas.  Tal vez las habrás escuchado antes de boca de esa que ahora es tu némesis –esa, la tetoncita hija del expolítico que nos contaminó los sentidos con su insulsa presencia.  Por supuesto, ni tú ni ella escuchan, porque así son ustedes: salen medio segundo frente a una cámara y piensan que la vida les sale gratis y en alta definición.

Pues estás bien equivocao, bróder.  El espíritu compasivo se me irá a las pailas y tal vez tenga que regresar, en la próxima vida, a pagar por este karma.  Pero con esta no me voy a quedar: te lo digo en seis oraciones muy sencillas para que te quede bien clarito.  No. Me. Importa. Tu. Fóquin. Vida. 

Admito que muchos de nosotros tenemos la culpa de que tú y tus cuates continúen multiplicándose como los gremlins.  En lugar del agua que necesitaban aquellas criaturas demoníacas en la película ochentosa, ustedes se reproducen al vapor del twiterío y el reposteo, alimentando sus venas con el espíritu vacuo de esas ondas virtuales que los coronan de hazañas, convirtiéndolos en héroes de la era facebookiana.  En realidad, tú y tus amigos imbéciles deberían entender que, si de algo hemos pecado, es de burlarnos descaradamente de sus estupideces.  No me abochorna admitirlo: me ha fascinado observar cómo tú y los otros (y otras) acuden a cada cita mediática con puntualidad, redimiendo sus complejos mientras bailan como monifatos al son montuno de una fama ridícula que les roba la clave a sus neuronas masticadas.

¿Que venden periódicos y suben audiencia?  Pues claro: probado está.  Desde la institucionalización de ese fenómeno comayesco convertido en el Ángelus cotidiano, cada tarde ustedes son el kétchup que adereza la comida del ave nacional boricua.  Así, atosigados a fuerza como tostones duros por quienes les ríen la gracia, se acomodan en el estómago de quien digiere fácil ese chismorreo de medio pelo con el que ustedes, oh grandiosos estúpidos, se convierten en “artistas”.

Tú, por ejemplo, no has grabado ni un eructo en un estudio.  Hiciste un soberano ridículo cuando el año pasado te escogieron en esas audiciones –seguramente porque la producción del programa sabía que ídem sería tu participación.  Entonces, ¿a cuenta de qué te endilgan, en los titulares de tus proezas, ese título de “cantante”?  Por favor, mi ilustre pendejuelo, si estás en los medios es porque tu absurdo ridículo entretiene.  No debería ser –igual me avergüenza ver cómo te dedican espacios en periódicos, revistas y programas—pero así es este negocio.  Tenemos que mirarlo tal como nos lo pintan.

Hazte un favor, muchachito: recógete a buen vivir.  Búscate una profesión honrada, útil y pagadera.  Si quieres cantar –como yo también lo quise cuando tenía veinte años, cómo no—que sea en la ducha o en el carro.  Aprovecha ahora que todavía estás a tiempo; ni la droga que te metes ni tus devaneos con las idiotas que te solapan te ganarán fortuna.  Al contrario, cada vez que abres esa bocota, te hundes más en la mierda que hablas y que terminará por tragarte vivo.

Si no me quieres creer, allá tú, pero cumplo con decírtelo.  Eres un absoluto wanabí.  Lamentablemente, de ahí no pasarás.

Foto: Archivo-Policía de Puerto Rico